Carlos D. Pérez
Del
horror al acto o el amor por Claudia Cardinale
Cosas que suceden, cuando del acto se trata, acto de escritura en
este caso: Suelo no tener inconveniente en sentarme a escribir si
las ideas están confusas, difusas o carezco de ellas; entonces
la deriva por las líneas que evolucionan de palabra en palabra,
de frase en frase formando variados dibujos es relativamente
fácil, hasta que el tema anuncia su aparición y lo caótico
muestra para bien o para mal- su dirección y su blanco,
pero ya es tarde para que actúe inhibitoriamente porque el
texto, poema o prosa, ha evolucionado. Esta vez es distinto, creo
saber qué quiero decir ¡oh, el problema de las
creencias!- pero me falta escribirlo y allí la dificultad. En
fin, ya hemos entrado en tema:
el acto.
En medio de esto encuentro la coartada perfecta, apelar a una
observación clínica y que ella, como al descuido, comience a
pronunciar en su balbuceo lo que en mí estaría tan dispuesto
como ahogado: Luis es un paciente difícil... Lo sé, todos lo
son, pero Luis se lleva las palmas. Afirma haber avanzado en su
análisis, no sólo él lo dice, también su mujer y algunos
amigos que presumen de conocerlo; dice que se lo dicen y yo
perplejo, porque si de avances se trata recuerdo la vez que para
ilustrar su modalidad de acción me comentase:
-Mire, doctor, si yo tuviera que ir hasta el cuadro ése, colgado a los pies del diván, saldría por la puerta del consultorio, bajaría la escalera, saldría a la calle, pondría una escalera en la vereda, subiría hasta la ventana, entraría y recién entonces llegaría al cuadro.
-El problema pensé en voz
alta- es que la ventana está enrejada.
-Bueno, si vamos a detenernos en
detalles...
Porque Luis además de vueltero goza
de un especial sentido del humor sin el cual, sospecho, la vida
se le habría vuelto insoportable. Algunas de las mejores
sesiones han transcurrido con el siguiente método (que no
aconsejo, tan sólo dejo constancia para cebar a los amigos de la
doxa): Luis se recuesta, de inmediato sale por la puerta del
consultorio y mientras busca la escalera para ascender por fuera
yo leo lo que tengo entre manos, hasta que a los veinte o treinta
minutos me llega alguna noticia de que está midiendo la
consistencia de las rejas, entonces cierro el libro y comienzo a
prestar atención a sus abarrotadas ocurrencias.
Devoto de Claudia Cardinale -ya que
tiene edad como para haberla frecuentado en su cenit como amante
del cine italiano-, Luis conoció un día a Lía Natale y la
relativa homofonía fue suficiente para que el flechazo resultara
instantáneo. La cortejó con paciencia y esmero, nadie como él
para darle vueltas. Le llora la vista al tigre cuando la
presa está cerca me dijo un día, con lacrimógeno fervor.
Pero a la vez siguiente todo fue desconsuelo. La tenía para él,
por fin había logrado desvestirla con su anhelo -metáforas
aparte, aclaró circunspecto- y al momento de consumar el acto el
compañero se había negado a vencer la ley de gravedad; todo
resultó fláccido y de lechosa inutilidad. Eyaculatio
praecox, doctor, exclamó no exento de
cultura latina, porque a cualquier cosa renuncia menos a la
lengua de Virgilio, mientras él resultó un pobre Dante, pobre
por el fallido encuentro con la Beatriz que era Claudia que era
Lía, y más pobre aún por no saber escribir ninguna Divina
Comedia. Al pasar acoto que parte de su
análisis ha consistido en poner en evidencia que algunos
acontecimientos de apariencia trágica podían convertirse en
tragicómicos.
Tampoco hubiera pretendido escribir
tamaña obra, se apresura a comentar; sólo después de algunos
rodeos por las vecindades del consultorio llega a decir que su
fantasía suele detenerse en menudencias: Cuando en el subte
algún apurado pasajero se debate a codazos con la gente para
entrar al vagón antes que las puertas tijera cierren sus filos
por un momento no interpretemos-, él se imagina
dirigiéndose al exhausto triunfante para abrazarlo, sincera e
irónicamente conmovido. Porque de estas pequeñas cosas
está llena la lucha cotidiana afirma con convicción y no
poca sabiduría- y nadie sabe reconocerlas. Claro que
Claudia Cardinale no es cotidiana, ni viaja en la línea B, ni
resulta conquistable como Lía y menos como el vagón atestado de
gente del subte. En fin, detalles en los que él no había
reparado hasta el momento del análisis.
El caso es que Luis quisiera escribir
-ideas no le faltan-, pero debiera hacerlo como García Márquez,
o jugar al fútbol destreza sí le falta- pero debiera
hacerlo como Bochini o ser un ajedrecista del talento de
Capablanca. De más está decir que no escribe ni como Asís, no
patea la pelota ni como Palermo en los penales ni pasa de ganarle
a la tía solterona a veces- en el juego ciencia.
Luis tiene un problema como yo,
como usted y como los demás también- con el acto, sólo que en
su caso resulta particularmente evidente-como en el mío,
en el de usted y en el de los demás también- pero no nos damos
cuenta hasta que un maldito analista lo pone en evidencia, porque
para ejercer el análisis hay que ser, como las mujeres, capaz de
pensar el mal, pero esto es harina de otro costado, o del
mismo... en fin no vamos a hablar de las mujeres que no son
Claudia Cardinale... No obstante, permítanme preguntar, en
consonancia con mi paciente (los años que lleva este análisis
me han contagiado): ¿Vale la pena apasionarse por una mujer que
no sea Claudia? ¿Cómo amar a una esa- mujer si no se es
Fellini o Visconti para modelarla como ellos supieron en 8
y ½ Il
Gatopardo? ¿Es acaso la magnífica Claudia
una invocación masculina? ¡Dios mío! Perdón, ¡Claudia mía!
Sospecho que en esa dimensión todos los engendrados varones,
alcancemos mayor o menor goce con la Lía de turno, en alguna
medida nos llamamos Luis. Pero hete aquí que no siempre nos
ataca la impotencia o la eyaculatio praecox
o una de esas vergonzosas formas del desaliento viril. Y pobre de
quien se acostara con una Claudia real porque debiera
corresponderse, siéndolo y sin serlo, con la de la pantalla.
Se ama a lo que posee el
mérito que falta al yo para alcanzar el ideal es una
definición que Freud acuñó, fácil de leer pero difícil de
entender, en Introducción del narcisismo. Porque de la mano del Maestro se
dice que todo amor es narcisista, ya que la objetalidad
narcisista, el ideal, el ideal del yo, el yo ideal, etc. etc.
Total, si Claudia es un ideal inalcanzable apostrofamos el anhelo
y a otra cosa; con un marco teórico de mordiente, cada cual
habla según le va en la feria de las vanidades (alguna razón ha
de haber tenido Freud para que lo vano sea el núcleo de lo
vanidoso).El caso es que el bueno de Luis escucha las interpretaciones, y a
pesar o a favor de su afilado espíritu crítico sabe quedarse
con aquellas que sacuden su procrastinación, la del no
dejes para mañana lo que pudieras hacer pasado mañana. No
obstante, cuando está en trance de concretar alguna situación
con Lía (sus devaneos han ido arborizándose hasta la dimensión
de bosque), me propone darle unas vueltas más al tema antes de
actuar, porque aún hay algunas cosas que no tiene del todo
claras. En vano le sugiero (interpretativamente, claro está) que
mejor actúa primero y vueltea después; lo comprende, promete
definirse con un acto de riesgo y a la sesión siguiente confiesa
vanamente, tras las rejas de la ventana, que ha pospuesto el acto
para el pasado de mañana...
Ya sé que Lía no es Claudia reflexiona-, mucho menos Clau, Clo o Cleo
de cinco a siete (la asociación es para
conocedores de la nouvelle vague).
No obstante, no obstante... Por eso, Luis, por eso.
Sí, me digo, lo digo aquí, estamos ante el dilema del acto, acto de amor en este caso, que implica
el desafío de afrontar una porción de lo real que se despoja de
sus atributos fantaseados.
Quizá no todo acto sea de amor (esto queda pendiente de elucidación), pero con el acto de amor
desembocamos en un dilema, no cabe duda. ¿Podría ser que acto y
amor sean antinómicos? ¿Qué dijo Freud del amor?
Repasemos el segundo capítulo de Introducción
del narcisismo: Freud distingue dos caminos
posibles en la orientación de la libido hacia el objeto, cuyos
vectores son la libido narcisista yoica- y la objetal -que
procede por apuntalamiento, según los modelos de la madre
nutricia o el padre protector-. Infiere en el amor del hombre a
la mujer lo característico del apuntalamiento, dada la
sobrestimación erótica del objeto, pero ello dejaría ver que
ese enamoramiento proviene del narcisismo originario, en tanto la
mujer, en el regodeo de su hermosura delata la posición
narcisista, amándose a sí misma de modo parejo al desvelo
masculino por ella. En esa línea ubica a los felinos, a los
criminales célebres y a los humoristas, un conjunto surreal para
el que halla un común denominador: La congruencia
narcisista con que saben alejar de sí todo cuanto pueda
empequeñecer su yo. Luego de manifestarse ajeno a toda
tendenciosidad, declara que ciertas mujeres también pueden
alcanzar alta estima del objeto sexual... amando de modo
masculino. Es decir, para Freud toda sobrestimación objetal de
la libido lleva la marca a fuego del narcisismo, y si no la
hubiera, a la manera de la belleza femenina, los felinos, los
grandes criminales o los humoristas, se debería a que impasibles
se mantienen en el ojo del remolino narcisista.
En vez de hablar de libido objetal o yoica habría que mentar, directamente, el narcisismo, dirigido
hacia el objeto o hacia uno mismo, según sean las posiciones,
masculina o femenina. Freud es categórico al establecer que toda
sobrestimación sexual del objeto es tanto una idealización como
un estigma narcisista. Pero entonces, ¿qué
sería simplemente estimar el objeto? La ausencia de libido en su ponderación. Algo aquí no funciona,
porque si el narcisismo se nos presenta de tal manera no hay
margen para variables y la cuestión del amor, de la libido, del
objeto, del sujeto quedan presos del monotema, tanto como Luis de
Claudia. Como un Rey Midas, Freud convierte en narcisismo todo lo
que toca en relación al amor y uno puede preguntarse, en
definitiva, en qué consiste ese narcisismo que satura la escena,
a riesgo de que esa omnipresencia lo haga desaparecer. Toda
desmesura lleva en sí el germen de su autocancelación,
escribiría Freud tiempo después. Del otro lado, cabe preguntarse
qué cosa no sería narcisista en la disposición libidinal hacia
el objeto, dónde hallar lo que sin sumar para completar el Uno
es un resto o, dicho de otro modo, lo que excediendo,
extralimitándose nos abisma a otra cosa, la cosa.
¿Si se tratara de un momento sintomático en la teorización de Freud? Su honestidad
intelectual lo lleva a no esconder la estrategia de su juego
teórico. Veamos: En tanto la ilusión narcisista concierne a la
plenitud sin falla, el concepto de castración nos ubica ante su
reverso. Al comenzar el tercer capítulo lo precisa en estos
términos: Las perturbaciones a que está expuesto el
narcisismo originario del niño, las reacciones con que se
defiende de ellas y las vías por las cuales es esforzado al
hacerlo, he ahí unos temas que yo querría dejar en suspenso
como un importante material todavía a la espera de ser
trabajado; su pieza fundamental puede ponerse de resalto como
complejo de castración (angustia por el pene en el
varón, envidia del pene en la niña) y abordarse en su trabazón
con el influjo del temprano amedrentamiento sexual. El caso
es que a la castración, pieza fundamental, no sólo
la deja en suspenso sino que la niega en el afán por proseguir
la expansión narcisista. Tengamos en cuenta que en este
artículo Freud sale al cruce de los desvíos de Adler y de Jung,
exponiéndose, como él mismo dice, a hacer
puntualizaciones, que de buena gana me habría ahorrado. Hubiera
preferido seguir hasta el final el camino que emprendí en el
análisis del caso Schreber, callando acerca de sus
premisas. Saludando nuevamente su honestidad intelectual,
podemos quedarnos pensando acerca de cómo habría escrito de no
estar tan presionado. Porque en el afán de discutir, en este
momento con Adler, afirma lo insostenible: Por último,
conozco también casos de neurosis en los cuales la
protesta masculina (o bien, en nuestra doctrina, el
complejo de castración) no desempeña papel protagónico alguno
o ni siquiera aparece. Tiempo después, Edoardo Weiss le
objetaría este cerrado laconismo, a lo que Freud responde: Ya no sé en qué pensaba yo
en esa época. Hoy no sabría indicar neurosis alguna en que no
se encontrara este complejo, y por cierto no escribiría así esa
oración. El asunto no es tanto ése, sino advertir que las
precedentes consideraciones sobre las relaciones de objeto han
dejado al margen esta pieza fundamental. No puede sorprendernos,
por lo tanto, que el narcisismo aparezca por doquier. Las
siguientes elucidaciones acerca de la represión, con las que
continúa la Introducción del narcisismo,
al no articular la problemática de la castración en su
desencadenamiento, también nos dejan sin su fundamento. Hay que
esperar hasta Inhibición, síntoma y
angustia para verlo aparecer.
De la castración se ha dicho tanto que no quisiera agregar otras consideraciones, pero ya que el
tema fue soslayado en relación a las evoluciones del narcisismo,
adelanto mi tesis: la noción de acto implica la castración,
porque si castración equivale a un corte en el afán de
completud, todo acto la compromete. Producido a contrapelo de las
normas, es una irreverencia ante las leyes consensuadas. Es lo
que natura no da y Salamanca no presta, un sacrilegio que activa
lo impensado. Si advertimos que la cultura condena, en nombre de
la prohibición del incesto, lo que no le es conveniente, podemos
admirarnos de esta aseveración que Freud le confía a Fliess: Sagrado
es lo que descansa en que los seres humanos en aras de la
comunidad más vasta han sacrificado un fragmento de su libertad
sexual y de perversión. El horror al incesto (impío) descansa
en que a consecuencia de la comunidad sexual (también en la
infancia) los miembros de la familia adquieren cohesión duradera
y se vuelven incapaces de afiliar extraños. Por eso es
antisocial, la cultura consiste en esta renuncia progresiva. Al
contrario, el superhombre.
Porque una cosa es el incesto como imposibilidad posibilitante
del deseo y otra la expansión represiva que invoca la ley y el
orden. El superhombre,
lo sabemos desde Nietzsche, no se deja arrastrar por esta
imaginería; si el incesto es lo imposible del deseo, el acto es
lo extraño mentado por
Freud, la dionisíaca superación de una imposibilidad.
Volvamos ahora a una aseveración de Freud, ya citada: Se ama a lo que posee el mérito que
falta al yo para alcanzar el ideal. Aquí la lectura es una
cuestión de acento: Si se pondera el afán del yo por fundirse
con el ideal se destaca el vector narcisista, si atendemos a ese
yo en falta, el amor se revela en contrapunto con esa fractura
que destaca la insalvable distancia entre la meta ilusoria y la
precariedad de la posición yoica, y en eso hallamos el
concepto fundamental, la complejidad de la
castración. Resulta evidente que de no haber castración la
mentada falta quedaría salvada, por lo que es dable inferir que
la castración es la contracara del narcisismo jugado en el amor;
llamamos castración al corte en una función narcisista cuyo eje
es el falo o, para decirlo en los términos de Freud en Inhibición,
síntoma y angustia: La angustia de castración
tiene por contenido la separación respecto de un objeto estimado
en grado sumo..... La alta estima narcisista por el pene puede
basarse en que la posesión de este órgano contiene la garantía
de una reunión con la madre (con el sustituto de la madre) en el
acto del coito. Del mismo modo lo siniestro, caída del
doble ideal, especular, se presenta como reverso del narcisismo,
no hay más que leer la versión que de esa leyenda nos entrega
Ovidio en Las metamorfosis.
Aún algo más se desprende de lo antedicho: sólo un acto es
capaz de poner en evidencia este reverso. Ovidio se incluye en el
drama de Narciso, en el justo momento del atrapamiento con la
imagen reflejada en el estanque y le dirige estas palabras: ¡Insensato! ¿Cómo te has
enamorado de un vano fantasma? Tu pasión es una quimera.
Retírate de esa fuente y verás cómo la imagen desaparece. Y,
sin embargo, contigo está, contigo ha venido, se va contigo...
¡y no la poseerás nunca!. Esa partida es el acto, un
ingreso al espacio en falta, de la totalidad partida. Allí
comienza lo errático que define nuestra condición, pues errar
es humano. Freud lo tuvo claro hacia el final del capítulo V de Más
allá del principio de placer al interrogarse por la negativa que
la mayoría de los humanos tenemos al avance hacia el superhombre
(velado saludo a Nietzsche). Y no se trata,
precisamente, de alcanzar el ideal sino lo contrario, de un acto
que pone al descubierto una imposibilidad: la pulsión tiende a
la reiteración de una ilusoria vivencia de satisfacción donde
se hallaría la plenitud, pero entre el placer alcanzado en el
acto y el pretendido por la imposición ideal surge una
intolerable tensión que acucia, a la que Freud llama factor
pulsionante que, en las palabras del poeta
Goethe- tiende, indomado, siempre hacia
delante, sin perspectivas de clausurar
la marcha ni de alcanzar la meta, agrega Freud. Es una
minoría, agrega, la que se anima al acto, porque el resguardo
neurótico está al alcance de la mano: postergarlo
indefinidamente en bien de mantener en la fantasía la vigencia
ideal de Narciso.
Queda claro, por lo tanto, que el acto implica a la vez un desmantelamiento narcisista, el sino de
la castración y por lo tanto la emergencia de la angustia. Sólo
pasando su través el acto es posible. ¿Dónde incide la
castración? ¿En el sujeto? ¿En el ideal? ¿En el objeto que se
revela insuficiente? Quizá sea un momento en que el yo
cartesiano se colapsa en acto no se existe por pensar sino
por actuar-, desvaneciéndose el ideal y el objeto como portador
de imaginería. El acto es el incapturable instante, un presente,
una presencia en la que despunta una insoportable por
carecer de soporte- libertad. A propósito de Claudia Cardinale y
la invocación masculina mencioné a Fellini; él tiene algo para
decirnos acerca de la génesis y el destino del acto creador en
cine, no por casualidad tituló a un libro Algún
día haré una bella historia de amor. Pero en ese trance el yo
cartesiano, que pretende dirigir el proceso, cede lugar a otra
lógica a una contralógica- que desmantela el propósito.
Fellini nunca filmó una bella historia de
amor, pero de algún modo extraño todas lo
son. En sus palabras, que no requieren comentario sino aprender
de ellas, la cosa es de este modo: Yo creo que el creador, en
general, no puede tener conciencia de la operación de sutura que
realiza entre el inconsciente y la conciencia; a lo sumo puede
tener conciencia del modo en que intenta su conciliación... Al
comienzo, una película, ¿qué es? Una sospecha, una hipótesis
narrativa, sombras de ideas, sentimientos difuminados... El
oficio de aquel que pretende materializar las sombras, las
formas, las perspectivas, las luces, está hecho de rigor y, al
mismo tiempo, de elasticidad. Debe ser intransigente, implacable,
pero también blando, dispuesto a corregir las resistencias, las
diferencias, los errores, con un espíritu de lúcida
responsabilidad. Lo imprevisto no siempre es tan sólo una
dificultad, muchas veces es una ayuda... Los imprevistos
no forman parte del viaje sino que son el viaje mismo... En el
fondo se trata de aceptar el hecho de que ya que has renunciado a
tantas cosas y no existe ya aquel aire de sugerencia, aquella
rarefacción que colmaba la imaginación, lo que has hecho está
bien en todo caso por la única razón de que lo has hecho. La
vida también es así. Es infantil pretender atravesarla
protegidos en todo momento por certezas inmutables. También por
esto, cuando termino una película, no quiero volver a
verla. Y por si quedaran dudas acerca del insoslayable
momento de angustia que es necesario cruzar para llegar al acto,
vaya este fragmento de un diálogo entre Fellini y el escritor
Georges Simenon: Simenon: ¿Sabe
lo que me dijo Charlie Chaplin una vez? Fellini:
Sí, lo leí en sus dictados. Chaplin le
dijo: Ni usted ni yo somos neuróticos pues,
cuando nuestras angustias son demasiado grandes, usted escribe un
libro y yo hago una película.
En el acto, el amor por una persona, por una idea, por una sombra, halla su punto cúlmine y con él
su cancelación hasta que sea relanzado por activación renovada
del deseo, como Fellini al sentirse acuciado por la angustia y el
impulso hacia otra obra. Como contraparte tenemos la proclividad
neurótica, es decir, yoica, narcisista, a diferir para nunca el
acto en un perpetuo coqueteo con el tedio. Así tendemos a
dejarnos arrastrar por los sufrimientos de nuestras inhibiciones,
síntomas y angustias como arañas embarulladas en su propia
tela, su excrecencia. Si algo merece ser llamado acto es el
llegar al límite para caminar por su filo gozando del éxtasis,
del vértigo. El acto aflora como algo extraño, amorfo, obsceno,
que resiste la escena de lo representable, es la pulsión en
carne viva. Subyugados por la imagen de la propia iniquidad, a la
manera de módicos Narcisos permanecemos estáticos, en la
aversión de ese acto que sólo florece hundiendo sus raíces en
cieno que le diera origen. La enigmática enseñanza del mito es
que el narciso en flor no pudo ser apreciado por Narciso, quien
inmerso en lo siniestro optó por el suicidio: Debe ser mi propia imagen la
que me engaña. Me amo a mí mismo. Atizo el mismo fuego que me
devora. ¿Qué será mejor: pedir o que me pidan? ¡Desdichado yo
que no puedo separarme de mí mismo! A mí me pueden amar otros,
pero yo no me puedo amar... ¡Ay! El dolor comienza a
desanimarme. Mis fuerzas disminuyen. Voy a morir en la flor de la
edad. Mas no ha de aterrarme la muerte liberadora de todos mis
tormentos. Moriría triste si hubiera de sobrevivirme el objeto
de mi pasión. Pero bien entiendo que vamos a perder dos almas
una sola vida. El de Narciso es también un acto, pero
suicida: asesina al objeto especular para arrastrarlo consigo
fuera del tiempo. Los neuróticos, al no ser trágicos tampoco
somos de ese modo narcisistas; sin atrevernos a ese acto
suponemos resguardar en un rincón del ideal fantaseado la
vigencia del espejo. El nuestro es un suicidio moroso, una
precaución que quisiera durar toda la vida.
Con estas consideraciones he dejado a Luis a un lado. Entretanto se dedicó a compensar su falta de
prestancia en el acto fallido, sexualmente hablando, con dinero.
Lía le hizo saber de sus dificultades económicas y Luis fue
sustrayendo de sus magros ahorros todo el dinero que pudo para
ayudarla. La cifra llegó a ser considerable. Luis imagina que
con la devolución podría comprarse el auto que le gusta o irse
de viaje o... para todo parece alcanzar esa cifra. Pero no atina
a salirle al cruce y reclamar el pago de la deuda, ya que en
definitiva es él mismo quien está en deuda, bien lo sabe en su
intimidad y mejor lo sabe Lía, que suele lamentar las
dificultades económicas de su marido porque se trata de
una infidelidad, no consumada pero infidelidad al fin-; el pobre
hombre no sólo no gana lo suficiente sino que está enfermo y
hay que atender a sus urgencias. Luis se ha convertido a su pesar
en un samaritano, contribuyendo a la armonía matrimonial de
Lía. El problema es que Luis no es altruista, pero le horroriza
poner las cosas sobre la mesa en esta relación. ¡Ni siquiera ha
sabido ser hombre con ella! Pero ya habrá de encontrarla y le
dirá lo que tiene acumulado... En eso está cuando un día,
cruzando una calle, la ve venir por la vereda, el encuentro es
inevitable. Como un poste instalado en medio de la calle ruega
que no lo pise ningún automóvil, mientras la ve alejarse al dar
vuelta la esquina. Allí va, con el acto no concretado que le
avergüenza, con la deuda en suspenso, con su automóvil, el
proyectado viaje a Europa y tantos inconfesados destinos para el
acto de saldar la deuda.
-Se da cuenta, doctor, soy un boludo dice Luis al borde del sollozo.
-Nada de eso. Ha logrado el acto no consumado con Claudia, el inmóvil automóvil, la felicidad de un
viaje tan ansiado. Aunque a costa de no consumarlo, claro está.
Lía es la cifra de lo imposible...
-Sí, de lo imposible, doctor.
-Pero cuánto imagina que podría lograr con lo que ha depositado en ella, debiera estarle
agradecido.
-¿Me está cargando?
-Lamentablemente, no. Mire si la hubiera cogido. ¿Cambiaría usted un buen polvo por todo eso?
-Un polvo es un polvo. Polvo al polvo...
-Y sus fantasías hechas polvo.
-Hay, doctor. ¡No me trastorne! ¿Cómo hacer polvo con un polvo los sueños de una vija...
perdón, de una pija, quiero decir, de una vida?
-Si su pija sueña es que la tiene dormida.
-No la despertemos, que soñando despierta la fantasía. No quisiera imaginar qué haría usted en
mi lugar.
-Pero es que no estoy en su lugar.
-¿Pero usted... acaso, actuaría?
-Polvo al polvo, acto al acto.
-¿Y Europa? ¿Y Claudia?
-Lo ignoro, Luis.
-No joda, doc, no se declare ignorante en el peor momento. ¿Tengo que pagar honorarios a su
ignorancia?
-Se está dando cuenta. Ya pagó un
montón para saber de sus fantasías.
-¿No quiere que le presente a Lía?
-Lía es la cifra.
-Imposible de pagar.
-De cobrar.
-No, esa es Claudia Cardinale.
-Tiene razón, Luis.
-¿Qué le parece, doc, si nos damos
unas vueltas? Salgamos del consultorio, que está esperando...
-¿Quién?
-El lío de Claudia. ¿O es que a usted no le gusta?
Luis y yo nos fuimos. Él peleado con Lía, yo por mi lado,recordando escenas de 8
y ½: Claudia camina en silencio por el
revuelto dormitorio de Guido, el director en trance de dar curso
a su película Marcello Mastroiani obviamente- hasta
detenerse junto a su mesa de trabajo donde la máquina de
escribir, unas hojas y unos lápices parecen esperar la
redacción que no llega. Guido la sueña como imagen de iluminada
pureza, pero cuando convoca a la actriz Claudia Cardinale para
encarnar el papel, ella le dice que lo suyo no tendrá lugar.
Consternado, Guido pregunta el motivo y Claudia responde:
Porque no sabes amar. Sólo al dejar caer la
impasible luz de ese amor, la obra culmina. A lo lejos, Claudia
contempla la ronda de personajes a la que no accede, porque su
sombra es condición de la libertad creativa.
Esto recordé luego de
saludar a Luis. El acto en suspenso nos incitaba, con su tensión
acuciante, al rechazo o la aceptación que celebra el amor
impuro. A cada uno le cabe, le excede su Claudia. A Luis, a mí y
a los demás también.