Alfredo Palacios

VIVIR Y HONRAR LA VIDA VERDADES Y MUERTES EN LA CLINICA PSICOANALITICA

Porque de antemano sé que todo cuanto diga
o llegue a decir no va a bastar para aflorar
siquiera la franja luminosa de la aparición
nocturna. Es éste el efecto de las palabras.
Partimos de la base de que no hay otro medio
de entendernos y explicarnos, y acabamos
descubriendo que nos quedamos en medio
de la explicación, y tan lejos de entender que
mejor sería haber dejado a los ojos y el gesto
su peso de silencio.
JOSE SARAMAGO-EL EQUIPAJE DEL VIAJERO.

En la antigüedad medieval, cualquiera fuera la religiosidad, el sujeto humano sabía del advenimiento de su fin. No estaba apurado por llegar a ella, pero lo aceptaba y se preparaba para ello. Su yacer se efectuaba en su propio lecho. Esto que, en parte, asumía el carácter privado para el muerto, cobraba estatuto público. A su habitación concurrían parientes, amigos, vecinos y no faltaban los niños. En tanto los ritos eran respetados había despojamiento de todo dramatismo o emociones excesivas.
En la Edad Media y en los siglos XVI y XVII los muertos eran confiados a la Iglesia que no era sólo nave y campanario, era también cementerio (Cabe mentar que siguiendo a Corominas en su Diccionario Etimológico, cementerio proviene del griego significando dormitorio. Este a su vez de acostar y como derivados: cemento, cimiento, cena y escena). A partir de aquí un nuevo rasgo comienza a ligarse con el morir. Se empieza a creer que en ése momento final el falleciente verá toda su vida, como una condensación de ella. Su correlato es: no importa cómo se ha vivido, una buena muerte redimía, salvaba.
A la representación de la muerte, al conocimiento de cada uno de su propia historia se agrega ahora el fuerte vínculo a las cosas y personas que le pertenecieron en vida.
Desde otra perspectiva el cambio se observa en las modificaciones sepulcrales. Desde aquella primera señal, por ejemplo una cruz, pasando por la imagen de algún santo o ángel, o la inscripción del nombre o citas ad hoc, se llega a fines del s.XIV a reproducir la cara del muerto en una mascarilla tomada sobre su propia cara.
¿Hacia dónde conducen éstos cambios?. Al reconocimiento del lugar para ser perpetuado y que el recuerdo sea permanente.
Alrededor del s.XIX se produce una mutación importante la muerte que se sabía llegada y que hasta entonces no presentaba solemnidad marcada en los asistentes vira hacia la irrupción de llantos, gritos, se agitan.
Ahora y desde, más o menos, la mitad del s.XIX y profusamente en el siglo XX y aún en la actualidad, la muerte es escabullida, prohibida en sus manifestaciones, ocultada, principalmente a los niños.
En lo que al enfermo se refiere la verdad sobre su muerte genera alborotos y altercados. Se dice que en bien de él nada debe comunicársele. Hay que hacerse cargo de su mala fortuna. ¿Sólo hacia el falleciente van dirigidas esas actitudes? Da la impresión que la sociedad toda está tomada para que se evite cualquier manifestación doliente o en todo caso no mas allá de un decoroso y escondido dolor.
Además desde mediados del siglo pasado la muerte ya no acaece en casa, sino en el hospital o el geriátrico. Morir en su casa rodeado de sus objetos y personas, de sus olores, de sus luces y sus sombras, ya "no se ve bien".
El despojamiento de la vida es acompañado como redoblar siniestro por la pérdida de aquellos espejos. Se va hacia un territorio desconocido, la muerte, atravesando una última morada extranjera.
La íntima y profunda discusión sobre la singular significación de la muerte en el sujeto se oculta al ser trasladada hacia la banalización.: ahora se trata de saber si aquella arriba cuando expira el último suspiro, o cuando el corazón cesa en su funcionar, o si el cerebro ya no responde. En este contexto cabe también señalar que la decisión sobre el acto final recae sobre los médicos quienes se alían con los sobrevivientes para lograr una muerte aceptable, es decir, tolerable para ellos. La muerte molesta a la vida cotidiana. Su irrupción descentra y altera. Si la vida tiene algunos sentidos quizás su mayor reconocimiento está en su límite. Límite que se cierra en mí y me prolonga en otros.
Si la vida individual y única es tendencia a la progresiva diferencia, el advenimiento de la muerte es el último acto que significa las diferencias, el verdadero sentido a lo ya cumplido.

LA CLINICA
TIEMPO DE TORTUGAS Y PALOMAS.

Ante la muerte de otro siento mi propia muerte. La dificultad, parafraseando a Kovadloff, no es que nos falten palabras para nombrarla, sino que a la palabra le falta, no hay forma plena de nombrarla. Hay que sostener esa suerte de grito mudo al que nos convoca la muerte.
Las verdades se alcanzan a condición de asumir el papel de intérprete de la propia obra.
Las verdades nacen desde lo inconsciente pero a condición de ser halladas con otro. Otro que sea garante de la no destrucción que acarrea su encuentro. En ese encuentro con sus verdades éstas no atañen a lo ya ocurrido, sino también, a lo que ocurrirá en la temporalidad reducida de lo que falta.
La defensa cerrada a conocer las verdades posibles retornan sobre el sujeto como efecto de destino.
Las verdades para cada paciente y analista están ligadas a la propia creación y búsqueda. Sus verdades son reflejo de sus Series Complementarias y el intento por superarlas.
Mi posición ante ésta problemática es variada pero regida como eje por aquello que decía Rilke: "Déjenme morir mi propia muerte, no la de los médicos".
La muerte no es nunca lo que ocurre, sino aquello que se anuncia. Ocupar ese espacio es vivir lo desconocido, lo innombrable, llenarlo de palabras que no son, que nunca podrán ser. Pero es la única manera de saber......que no se sabe.
Es un trabajo de tortugas y palomas. El muriente suele detenerse, andar lentamente en cada momento que se evoca para hallar el reparo de su culpa, la alegría de haber dado; pero también como aferramiento a la vida y refugio consolador de la que ahora se estanca.
En otros momentos el muriente sobrevuela su historia, alejándose por estar aquella plagada de dolor, pérdidas, engaños, desilusión. Es el dolor de haber sido y ya no ser.
Tratar estos dos modos de expresión implica no dejar que los tiempos de tortuga se constituyan como aferramiento de aquella vida y refugio de lo que ahora se extingue. Y que los tiempos de paloma no guíen el vuelo solo a lo que fue sino a desplegar las alas a lo que está siendo.
Quizás en estos tiempos, como nunca antes, la vida y la muerte muestran su aterradora especularidad. Una polaridad que no se afirma en su contrario sino en su reciproca dependencia. Una vez más el narcisismo se conmociona. Varias son sus razones, pero una de ellas es el esfumarse de los objetos soportes de su actividad.
Si a la palabra le falta para poder nombrar la muerte, como si algo faltara para simbolizar mi muerte, eso expulsado en la palabra es ahora el muriente, yo. Sueño y realidad, ilusión y esperanza se encuentran desde ahora en guerra.

BIBLIOGRAFÍA.

KOVADLOFF, SANTIAGO El silencio primordial. EMECE Editores. 1993

ARIES, Philippe Morir en Occidente. AH Editora. 2000

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