VIVIR Y HONRAR LA VIDA VERDADES Y MUERTES EN LA CLINICA PSICOANALITICA
Porque de antemano sé que todo cuanto diga
o llegue a decir no va a bastar para aflorar
siquiera la franja luminosa de la aparición
nocturna. Es éste el efecto de las palabras.
Partimos de la base de que no hay otro medio
de entendernos y explicarnos, y acabamos
descubriendo que nos quedamos en medio
de la explicación, y tan lejos de entender que
mejor sería haber dejado a los ojos y el gesto
su peso de silencio.
JOSE SARAMAGO-EL EQUIPAJE DEL VIAJERO.
En la antigüedad medieval, cualquiera fuera la
religiosidad, el sujeto humano sabía del advenimiento de su fin.
No estaba apurado por llegar a ella, pero lo aceptaba y se
preparaba para ello. Su yacer se efectuaba en su propio lecho.
Esto que, en parte, asumía el carácter privado para el muerto,
cobraba estatuto público. A su habitación concurrían
parientes, amigos, vecinos y no faltaban los niños. En tanto los
ritos eran respetados había despojamiento de todo dramatismo o
emociones excesivas.
En la Edad Media y en los siglos XVI y XVII los muertos eran
confiados a la Iglesia que no era sólo nave y campanario, era
también cementerio (Cabe mentar que siguiendo a Corominas en su
Diccionario Etimológico, cementerio proviene del griego
significando dormitorio. Este a su vez de acostar y como
derivados: cemento, cimiento, cena y escena). A partir de aquí
un nuevo rasgo comienza a ligarse con el morir. Se empieza a
creer que en ése momento final el falleciente verá toda su
vida, como una condensación de ella. Su correlato es: no importa
cómo se ha vivido, una buena muerte redimía, salvaba.
A la representación de la muerte, al conocimiento de cada uno de
su propia historia se agrega ahora el fuerte vínculo a las cosas
y personas que le pertenecieron en vida.
Desde otra perspectiva el cambio se observa en las modificaciones
sepulcrales. Desde aquella primera señal, por ejemplo una cruz,
pasando por la imagen de algún santo o ángel, o la inscripción
del nombre o citas ad hoc, se llega a fines del s.XIV a
reproducir la cara del muerto en una mascarilla tomada sobre su
propia cara.
¿Hacia dónde conducen éstos cambios?. Al reconocimiento del
lugar para ser perpetuado y que el recuerdo sea permanente.
Alrededor del s.XIX se produce una mutación importante la muerte
que se sabía llegada y que hasta entonces no presentaba
solemnidad marcada en los asistentes vira hacia la irrupción de
llantos, gritos, se agitan.
Ahora y desde, más o menos, la mitad del s.XIX y profusamente en
el siglo XX y aún en la actualidad, la muerte es escabullida,
prohibida en sus manifestaciones, ocultada, principalmente a los
niños.
En lo que al enfermo se refiere la verdad sobre su muerte genera
alborotos y altercados. Se dice que en bien de él nada debe
comunicársele. Hay que hacerse cargo de su mala fortuna. ¿Sólo
hacia el falleciente van dirigidas esas actitudes? Da la
impresión que la sociedad toda está tomada para que se evite
cualquier manifestación doliente o en todo caso no mas allá de
un decoroso y escondido dolor.
Además desde mediados del siglo pasado la muerte ya no acaece en
casa, sino en el hospital o el geriátrico. Morir en su casa
rodeado de sus objetos y personas, de sus olores, de sus luces y
sus sombras, ya "no se ve bien".
El despojamiento de la vida es acompañado como redoblar
siniestro por la pérdida de aquellos espejos. Se va hacia un
territorio desconocido, la muerte, atravesando una última morada
extranjera.
La íntima y profunda discusión sobre la singular significación
de la muerte en el sujeto se oculta al ser trasladada hacia la
banalización.: ahora se trata de saber si aquella arriba cuando
expira el último suspiro, o cuando el corazón cesa en su
funcionar, o si el cerebro ya no responde. En este contexto cabe
también señalar que la decisión sobre el acto final recae
sobre los médicos quienes se alían con los sobrevivientes para
lograr una muerte aceptable, es decir, tolerable para ellos. La
muerte molesta a la vida cotidiana. Su irrupción descentra y
altera. Si la vida tiene algunos sentidos quizás su mayor
reconocimiento está en su límite. Límite que se cierra en mí
y me prolonga en otros.
Si la vida individual y única es tendencia a la progresiva
diferencia, el advenimiento de la muerte es el último acto que
significa las diferencias, el verdadero sentido a lo ya cumplido.
LA CLINICA
TIEMPO DE TORTUGAS Y PALOMAS.
Ante la muerte de otro siento mi propia muerte. La
dificultad, parafraseando a Kovadloff, no es que nos falten
palabras para nombrarla, sino que a la palabra le falta, no hay
forma plena de nombrarla. Hay que sostener esa suerte de grito
mudo al que nos convoca la muerte.
Las verdades se alcanzan a condición de asumir el papel de
intérprete de la propia obra.
Las verdades nacen desde lo inconsciente pero a condición de ser
halladas con otro. Otro que sea garante de la no destrucción que
acarrea su encuentro. En ese encuentro con sus verdades éstas no
atañen a lo ya ocurrido, sino también, a lo que ocurrirá en la
temporalidad reducida de lo que falta.
La defensa cerrada a conocer las verdades posibles retornan sobre
el sujeto como efecto de destino.
Las verdades para cada paciente y analista están ligadas a la
propia creación y búsqueda. Sus verdades son reflejo de sus
Series Complementarias y el intento por superarlas.
Mi posición ante ésta problemática es variada pero regida como
eje por aquello que decía Rilke: "Déjenme morir mi propia
muerte, no la de los médicos".
La muerte no es nunca lo que ocurre, sino aquello que se anuncia.
Ocupar ese espacio es vivir lo desconocido, lo innombrable,
llenarlo de palabras que no son, que nunca podrán ser. Pero es
la única manera de saber......que no se sabe.
Es un trabajo de tortugas y palomas. El muriente suele detenerse,
andar lentamente en cada momento que se evoca para hallar el
reparo de su culpa, la alegría de haber dado; pero también como
aferramiento a la vida y refugio consolador de la que ahora se
estanca.
En otros momentos el muriente sobrevuela su historia, alejándose
por estar aquella plagada de dolor, pérdidas, engaños,
desilusión. Es el dolor de haber sido y ya no ser.
Tratar estos dos modos de expresión implica no dejar que los
tiempos de tortuga se constituyan como aferramiento de aquella
vida y refugio de lo que ahora se extingue. Y que los tiempos de
paloma no guíen el vuelo solo a lo que fue sino a desplegar las
alas a lo que está siendo.
Quizás en estos tiempos, como nunca antes, la vida y la muerte
muestran su aterradora especularidad. Una polaridad que no se
afirma en su contrario sino en su reciproca dependencia. Una vez
más el narcisismo se conmociona. Varias son sus razones, pero
una de ellas es el esfumarse de los objetos soportes de su
actividad.
Si a la palabra le falta para poder nombrar la muerte, como si
algo faltara para simbolizar mi muerte, eso expulsado en la
palabra es ahora el muriente, yo. Sueño y realidad, ilusión y
esperanza se encuentran desde ahora en guerra.
BIBLIOGRAFÍA.
KOVADLOFF, SANTIAGO El silencio primordial. EMECE Editores. 1993
ARIES, Philippe Morir en Occidente. AH Editora. 2000
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