Diego M. Pérez

Enseñar, aprender

 

         Alguna persona, con veleidades de analista por ejemplo, en un momento dado se le ocurre comentarle a otro: quiero aprender lo que es  (psico)analizar por fin.

         Bien. Por fin. Pero no está aquí, y probablemente nunca se haría presente, la pregunta acerca de tal comentario; ¿Por qué? ¿Por qué por fin?

Aprender psicoanálisis. Extraña máxima. Extraña, en primer lugar, por la sugerente connotación de una enseñanza que se da, aunque algo de esto haya y no sólo en apariencia, porque no se trata de una norma de conducta, sino de una ilusión compartida.

Pero ¿Quién aprendería? ¿De quién? ¿Qué? Aprender [y enseñar] psicoanálisis pero ¿A quién? ¿Llegará a saberse? ¿Se sabrá jamás analizar? ¿Tal vez en el equilibrio (si hubiese) entre los dichos del paciente y la palabra del analista? ¿Y por qué por fin?

         Por sí misma, fuera de contexto –aunque un contexto permanece siempre abierto, por tanto falible e insuficiente- esta máxima sin un aparente sentido forma una reunión de dos o más cosas que evoca en el entendimiento la idea de otra, que se combinan en un grupo de representaciones reunidas en un todo. Palabra con-texto y fuera de él. Palabra hechada, despojada del texto y por ello sin posibilidad más que la de inventarle significados –tarea aparente e interminable-, con el fin de no desesperar ante el abismo de la cosa-palabra sin un nombre que la designe. Al contexto puede tomárselo (aunque no sea soluble) como un encadenamiento del discurso, como un texto considerado en su conjunto y enlace, acompañado por el encadenamiento de un discurso, es decir, acreditar con-textos. Por otra parte, ¿Hasta qué punto su idioma se deja traducir?

         Sin profundizar más en esta última digresión (última por el lugar que ocupa, no porque no vayan a haber otras) retomo la pregunta de comienzo, para aseverarla como un modo de hablar que se ejecuta con maestría a pesar de ello –o por ello mismo-. Porque por boca de un maestro, este fragmento de máxima nos diría siempre algo acerca de la violencia. Vibra como una flecha en una dirección irreversible y asimétrica, porque una vez que ha sido dicha ya no pertenece al locutor y el sujeto de destino la interpretará de una manera distinta que otro posible destinatario de la pregunta, aunque pudiesen estar de acuerdo en aspectos generales o de de detalle; el malentendido es inevitable. Dirección irreversible y asimétrica que va, la mayoría de las veces, del padre al hijo, del maestro al discípulo o del amo al esclavo (“yo, yo soy quien va a revelarte el secreto de tu pregunta”). Aseveración fuerte, misteriosa y no exenta de trampas, ya que pondrá un velo más sobre aquello a lo cual la pregunta apunta, y sobre la pregunta misma; no todo puede ser dicho. Afirmación que también nos sitúa en la perspectiva de una ilusión, ya que si enfatizamos “no todo” por sobre “puede ser dicho”, encallamos en la ilusioria esperanza que algún todo sea suceptible de mención, en caso de existir un todo, está claro. Tal dirección oscila: entre la dirección como experiencia (aprender a (psico)analizar, ¿No es acaso la experiencia misma?); también considerada la dirección como educación y la dirección como enderezamiento, por aquello del recto saber, no exento de curvaturas.

         Tomemos aquí otro vector. Aprender a analizar. Aprenderlo por uno mismo, solo, enseñarse a sí mismo a analizar (“quisiera aprender a analizar por fin”) ¿No es, para quien tiene cierta pretensión de convertirse en un analista o continuar con su formación, lo imposible? ¿No queda ello interdicto por la lógica misma de formación, por aquello del análisis personal, incluyendo en este personal tanto al de uno mismo con un analista, a un cierto autoanálisis –cierto no por verdadero sino por la posibilidad de alguno- y al análisis de propios pacientes? Arriesgo una hipótesis. A analizar, por definición, no se aprende. No por uno mismo, del analizar por obra del analizar, sin tomar en cuenta aquí el juego que se plantea con las identidades. Solamente del otro y en los bordes de la experiencia. En el borde interno o en el borde externo, es este un arte de enseñar o instruir distinto, desde y por la experiencia.

         Nada es, sin embargo, más necesario que esta sabiduría. Es como otra máxima. Aprender a analizar –solo, por uno mismo, sin poder dejar de lado la paradójica idea que esta soledad es en compañía de otras personas-. Como decir que para analizar, el análisis no sabe –tal vez no pueda y no deba- desplegarlo de otra manera. No por reiterar se redunda en la formulación, pero ¿No se hace, acaso, otra cosa que aprender a analizar por uno mismo, solo (aunque no en soledad)? Raro empeño para un ser que se dice analista y se supone uno, desde el momento en que aquella máxima "quiero aprender lo que es  (psico)analizar" encierra a la vez la doble condición casi paradójica de ser imposible y necesario. Con la experiencia propia, tanto con y junto a la del otro. Entre el ser que enseña a ser y el ser que aprende a ser, con los inexcusables cruces y oposiciones (o-posiciones, es decir, las posiciones de uno y otro, que resultan de esta manera intercambiables y por ello en constante mezcla y desmezcla). Entonces, entre el aprendiz/enseñante (esta conjunción da la idea de soledad compartida que citaba antes), es donde es posible ubicar la raíz de una sentencia que a la vez que impone una cosa (en este caso un saber) a alguien, que aparenta en sus desarrollos un discurrir al estilo como lo hace el justo... justo el que sabe.

         El aprender a analizar (psicoanalizar), si es que queda algo por hacer, es entre el aprendiz/enseñante. No solamente el aprendiz, no sólo el que enseña, no por separado. Lo que sucede entre dos, entre todas las variaciones de dos que la imaginación permita, siempre precisa de alguna fantasía. Incluso y por sobre todo si eso, que no es ni sustancia, ni esencia ni existencia, no está nunca presente como tal. Nos lleva, decía, a aprender con las fantasías-fantasmas (por lo que la introducción de este término supone e impone saber algo de espíritus, ya que el aprender/enseñar supone la presencia de un fantasma, sobre todo si lo tomamos como una imagen impresa en la fantasía) aprender a convivir con ellos en las entrevistas, la compañía o el aprendizaje, en el comercio sin comercio con y de los fantasmas.

         Aquella pregunta llega, si llega, y pone en el centro de la discusión lo que vendrá en el porvenir. Ya tenga muchas facetas, ya esté mirando al porvenir, yendo hacia él también se viene de allí. Al menos precisa fingir que si deviene como presencia sólo sea posible como desproporción, para resaltar algún tipo de diferencia, bella, si le cabe cualidad, como inadecuación con respecto a sí; si esta pregunta, desde el momento en que viene a nosotros, sale a nuestro encuentro y cuestiona, no puede proceder sino del porvenir.

"Quiero aprender a analizar ¿Es posible me enseñes cómo?" Nuevamente el tema de enseñar como muestra de una exhibición contenida en lo que se va a transmitir. Se va en un doble sentido: en el de irse por sí mismo –ir decantando, dar cuenta, contar- y se va en una dirección desconocida, que no es propia ni del transmisor ni del transmitido, simplemente se va, sin destino ni rumbo fijos, pero se va por sí mismo, por sus propios medios, que son convertidos en su fin. El doble sentido del irse es que no se trata de un saber que baja recto, sino que tiene sus sinuosidades, y no siempre baja, no siempre quieto o turbulento, sino ambas propiedades, enlazadas.

Si la posibilidad de la pregunta es posible, si debe ser tomada en serio la posibilidad de esta pregunta, debe trascender el momento presente en que es hecha. En general. Porque mañana sucederá, para el ahora mío o nuestro –porque también el tiempo es personal, sin por esto pertenecer a ninguna persona, pero indisolublemente ligado a ella/s-, el de los otros, lo mismo que, ayer, sucedió para otros: más allá, entonces, del presente en general.

         Precisemos. Más allá del presente vivo en general. Y de su simple reverso negativo, que no por ser simple existe único, ni mucho menos indivisible. Momento espectral, momento que ya no pertenece al tiempo, al que nada pertenece por tratarse de una noción espacial. Presente medido en sus distintas modalidades, con distintas varas: presente pasado, presente actual, presente presente, presente futuro, etc.. Cuestionamos en este instante, interrogamos en este instante que no es dócil al tiempo, se revela y desvela continuamente contra y desde sí en continua contradicción, de modo poco suave, no manso ni apacible, y mucho menos fácil a la enseñanza, un imposible por definición, ya que no es materia que permita ser labrada con facilidad. Furtiva e intempestiva, la aparición del espectro no pertenece a ese tiempo, no da el tiempo, no ese tiempo. Entra el fantasma, se va el fantasma, vuelve a entrar el fantasma, parafraseando Hamlet.

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