El mal que por bien no venga
El Bien y el Mal. De diversas formas se los ha figurado, de muchas maneras se ha discurrido acerca de ellos, pero si se piensa un poco no caben dudas de que el segundo busca la hembra y el primero... también, de algún modo. El Mal-mujer despierta, tentadoramente, un exceso maléfico. Al otro lado el Bien-madre de todos los bienes, la plenitud materna sin fisuras.
Consecuentemente, el cristianismo produjo un doble movimiento: constituyó a Eva en pecadora por haber tentado al hombre a probar del fatídico árbol y ensalzó a la virgen madre inmaculada. "El ángel que te saluda con un AVE invierte el pecador nombre de Eva y nos aparta, ¡Oh Santa Virgen! De donde procede el pecado original" escribió un poeta del siglo XI.
En la tradición judía, la lectura heterodoxa de la Biblia fue más cuidadosa con Eva -al fin y al cabo es la madre de todos nosotros y se mantuvo junto a Adán acatando el anatema de Dios-, pero a cambio dibujó el perfil terrible de Lilith, mujer no generada de la costilla masculina sino del mismo polvo que Adán. Esencialmente maléfica, Lilith abandona el Edén para irse a fornicar con las potencias del Mal y engendrar toda una estirpe de diablos. En lo que ha dado en llamarse "Pequeño Apocalipsis", Isaías -el más prestigioso de los profetas-, la ubica junto a sátiros, serpientes, buitres, chacales, hienas y gatos salvajes en un pasaje de la Biblia que refiere la ira de Jahveh, quien con su espada ensangrentada acomete contra naciones enteras condenándolas con anatemas y entregándolas a feroces matanzas:
En sus palacios crecerán espinos,
ortigas y cardos en sus fortalezas;
será morada de chacales
y dominio de avestruces.
Los gatos salvajes se juntarán con hienas
y un sátiro llamará al otro;
también allí reposará Lilith
y en él encontrará descanso.
Allí anidará la víbora, pondrá,
incubará y hará salir del huevo.
También allí se juntarán los buitres.
Se describe a Lilith como un espíritu maligno que devora a los recién nacidos -lo que subraya su erotismo exento de reproducción- y también como tentadora infértil que produce sueños desenfrenados en los hombres. Puta, perversa, falsa, negra (quizá por su despliegue nocturno) son epítetos que el Zohar, obra principal de la Cábala, le dedica. La novela gótica se sirvió de Lilith para dar curso a historias de vampiros -lo consideraremos a propósito de Drácula- y en la Edad Media el cristianismo se ilusionó en descubrir mujeres poseídas por el Mal, las brujas, a las que quemó en las hogueras de la Inquisición.
No vayamos tan lejos por ahora. Los psicoanalistas sabemos, como también cualquier padre advertido, del dilema que consterna al niño cuando no puede evitar quedar enfrentado a la disyuntiva de que su madre, esa toda para él sea a la vez -terrible vez- mujer gozadora del hombre que con ella se acuesta, ese pater semper incertum porque la incertidumbre del padre es la de quien enajena la madre todoplena. Un doble estatuto que para siempre disloca placer, poder, erotismo.
Pero hete aquí que el chico es argentino, crece escuchando tangos y llega el momento... ¡ay, llega! en que escucha a Cadícamo machacando en su oído, ya crecido, la versión infantil: "Las mujeres siempre son las que matan la ilusión" . Y luego un engolado machista agrega -nadie está exento-: "Vos sos mujer y te perdono". ¿Perdonarla? ¿Algún pecado originario la condena para que alguien se suponga redentor? Así lo entiende una arraigada concepción religiosa: Mujer equivale a pecado, a sordo llamado de la carne que se quisiera educada para el Bien. En tanto la madre, la madre no. ¡Con mi madre no te metas! (si lo habremos dicho), ella es "la única verdad, es mentira lo demás".
"Pensamiento triste que se baila", dijo Discépolo del tango. ¿Cómo no habría de serlo con tamaña carga? Presto a bailar, en el abrazo de la paica el pensamiento se trasvalora en erotismo y sacude su resaca de moralina. Así somos de raros, mojigatos y a veces reos productores de cortes y quebradas a la letra.
Pero no carguemos las tintas con el tango, que supo hacer música y danza del desencuentro de ilusiones. Peor es la religión, que no enseña a bailar. La tradición cristiana rinde culto al esperpento de la Madre Virgen, inmaculada, no manchada por el erotismo. Eso llega al extremo de que sea consenso aceptar que los primeros cultos a la mujer venerasen la Virgen; nada más errado. Hace casi 5000 años en Uruk, Babilonia, la mujer venerada era Ishtar, diosa de la voluptuosidad y la guerra cuyo cortejo de putas sagradas, las hieródulas, iniciaban al hombre en los secretos del erotismo. Gastadas tablas de arcilla con escritura cuneiforme son testimonio de lo que le sucediera a Enkidu, hombre primitivo. Hoy no se duda que la epopeya del terrible Gilgamesh sirvió de inspiración a los redactores del Génesis.
Enkidu es una suerte de hombre-animal a gusto entre las bestias que accede a la condición humana gracias a una puta del séquito de Ishtar. El Adán bíblico, que no encuentra compañía entre los animales hasta que le es presentada la mujer -un animal de otra clase, obviamente- que habría de tentarlo malamente, es un eco tardío y pobre de la riqueza del relato mesopotámico. Según la Biblia, Eva tienta al hombre con la manzana, él cede y transgrede la prohibición divina. Este primer acto opone la eternidad del paraíso al placer equívoco del erotismo y el saber. A un lado el absoluto de Dios, al otro ella, Ishtar rediviva, que despeña un saber del Bien y el Mal, desnudeces y hojas de parra, erotismo y muerte mediante. A ella nunca le fue perdonado tamaño desliz, fue el pecado por antonomasia.
El desciframiento de las inscripciones cuneiformes tiene una interesante historia, vale reseñarla sucintamente: Estos relatos no pudieron comenzar a leerse en su lengua original, el acadio, hasta mediados del siglo XIX. El mito más extenso narra la Epopeya de Gilgamesh, rey semidivino de Uruk que probablemente existió en el siglo XXVIII a. C. El mito refiere que tras la muerte de su amigo Enkidu sale en procura de la vida eterna. En el transcurso de sus andanzas se narra la epopeya de la Creación del mundo, del diluvio, del descenso de la diosa Ishtar a los Infiernos y otras historias.
Allá por el siglo XVII un noble italiano, Pietro della Valle, viajó por Constantinopla, Alejandría, el desierto de Sinaí, Palestina, pasando por Damasco, Aleppo, Bagdad. En el transcurso copió gran número de inscripciones con forma de cuña encontradas en las puertas de un palacio. Más tarde, en 1700 Thomas Hyde -profesor de hebreo en Oxford- valiéndose de estas adquisiciones escribió un trabajo en el que se refirió a esos extraños signos de forma piramidal o de cuña, sin lograr descifrarlos. El interés fue creciendo; con él comenzaron a descubrirse tablillas con inscripciones cuneiformes y cantidad de piezas, -obeliscos, cofres, joyas, brazaletes- de aquella época. Salteo varios pasos hasta llegar a George Smith, que a los veinte años estaba fascinado por la Asiriología y llegó a ser persona conocida en el Museo Británico por sus frecuentes visitas, donde le fue permitido trabajar con las tablillas. Parte de su tarea consistió en juntar unas ochenta de la biblioteca de Asurbanipal en Nínive; al emprender su traducción comprendió que estaba leyendo el conocido relato del Diluvio. Excitado, comenzó a dar vueltas por la habitación y llegó a rasgarse las ropas. En 1872 presentó un trabajo en la Sociedad de Arqueología Bíblica en el que daba cuenta de un texto que anticipaba a la Biblia en lo relativo al Arca de Noé. Se reunieron fondos para que Smith viajase a Nínive en busca de tablillas y a la vuelta trajo nuevos capítulos de la epopeya de Gilgamesh. Al traducirlos se dio cuenta, nuevamente excitado, de que el relato caldeo sobre la Creación mucho le debía a esa epopeya. Una nueva expedición le permitió aumentar el número de documentos, referidos a la inocencia original del hombre, a la tentación y a la caída. En un artículo publicado en el Daily Telegraph de Londres prometió dar a conocer la traducción completa y la relación con el Génesis ni bien las tuviese listas. No pudo; en su tercer viaje a Nínive, de 1876, enfermó de fiebre y murió a los treinta y seis años. Pero el interés de Smith se difundió crecientemente en la comunidad científica. Tiempo después, en 1902 se produjo en Alemania una gran controversia cuando Friedrich Delitzsch, relevante figura de la asiriología, presentó su tesis titulada "Babel y la Biblia", en la que demostraba que la Biblia no era, como se suponía, el libro más antiguo sino que había sido precedido por esta literatura, muy anterior. El Antiguo Testamento no era, por lo tanto, la palabra revelada de Dios, su Divina Providencia ahora parecía la obra de un plagiario. Tal fue el escándalo entre los teólogos que en una nueva conferencia Delitzsch tuvo que advertir: "No hay necesidad de tragárselo todo, ni de arrojar la Biblia al mar como basura vieja".
A partir de aquí quedó puesto en evidencia, para quien quisiera leer, que la ilusión de una inspiración divina no es más ni menos que aspiración de la letra por la letra.
Luego de este escueto establecimiento de un contexto para los relatos en escritura cuneiforme, veamos cómo se narra la iniciación del hombre primitivo en el mito babilónico:
Enkidu no conocía gentes ni países. Vestía como el ganado, con las gacelas comía hierba, con el ganado apagaba la sed junto a las aguas. Una hieródula lo llevó consigo. A solas, descubrió sus senos, luego su cuerpo todo, él se acercó y sin timidez poseyó su belleza. Ella recibió su ardor y mostró el trato de mujer fundiéndose en lujuria al ser penetrada. Una vez saciado en sus encantos, Enkidu salió en busca de sus bestias, pero las gacelas huyeron, los otros animales se apartaron de su cuerpo. Enkidu, disminuido, no podía correr como antes. Sin embargo, había adquirido juicio, sin saberlo se había vuelto sabio. Regresó y se sentó a los pies de la puta. Ella miraba su expresión, él escuchó con atención lo que la hieródula le dijo: "Te has vuelto profundo, semejante a un dios. ¿Por qué vagas por los campos con los animales? Ven, deja que te lleve a Uruk, la Bien Amurallada, a la morada de Ishtar, donde Gilgamesh es perfecto en su fuerza como un toro salvaje, más poderoso que ninguna otra persona.
Pero el hombre raramente acepta esta iniciación. Se revuelve contra ella. La narración continúa del siguiente modo:
Llegado a Uruk, Enkidu conoció al violento Gilgamesh y se convirtió en su amigo íntimo. Hijo de una diosa y de un rey, Gilgamesh gobernó ciento veintiséis años; en la Mesopotamia lo ponderaron en las epopeyas de la creación y el diluvio. Ejercitado en el despotismo ejercía el derecho de pernada sobre las doncellas núbiles al tiempo que forzaba a los jóvenes a trabajar a destajo en las murallas de la ciudad y en el templo consagrado a Ishtar. Movido por la envidia del poder de la diosa, reclamó para sí su privilegio, reprochándole sus veleidades. Quiso contraer matrimonio con ella guiado por el oculto propósito de domesticarla y le dedicó palabras que trasuntan su aprehensión: "Amaste al león, perfecto en su fuerza, pero le cavaste siete veces siete trampas. Amaste al semental que se enardece en la batalla, pero le sometiste a brida, espuela y látigo; le destinaste a galopar catorce horas diarias y le diste de beber agua lodosa".
Ishtar reunió a los dioses y solicitó, para enfrentarlo, un toro de ímpetu irresistible, pero Enkidu lo descuartizó. Lanzando una de sus patas al rostro de la diosa, la imprecó: "Si pudiera atraparte, te trataría como a esta bestia, colgando sus entrañas de tu cuello". Ella convocó a las hieródulas para gemir sobre la bestia despedazada, produciendo en Enkidu un sueño donde comprendió que le esperaba un funesto destino. Al despertar exclamó: "¡Ea, mujer, voy a decretar tu destino como lo hiciste conmigo, un destino que no acabará nunca y arrastrarás a través de las edades! Serás una perra que huye por los campos. La sombra de ti misma será tu incierto paradero. El acosado y el borracho te golpearán.
Shamash, dios del sol, la justicia y la profecía, escuchó esas terribles palabras y reconvino a Enkidu por su ingratitud, incitándole a revocar su maldición. Entonces Enkidu agregó: "También te amarán reyes, príncipes y nobles. Quien esté a una legua de distancia se golpeará el muslo, el joven desceñirá su cinto. Por ti será abandonada la esposa, aunque sea madre de siete hijos". A la muerte de Enkidu, Gilgamesh lloró seis días y siete noches, hasta que los gusanos comenzaron a salir por la nariz del cadáver. Consternado, emprendió una larga travesía en busca de la inmortalidad. En un momento escuchó estas palabras, de boca de Ut-Napishtim: "¿Por qué prolongas el dolor, Gilgamesh? Ya que los dioses te hicieron de carne de los dioses y de los hombres... la muerte es inevitable... Nadie ve la Muerte, nadie ve la cara de la Muerte, nadie oye la voz de la Muerte... Las libélulas vagan por el río, sus rostros miran hacia el Sol. Pero de repente no hay nada. El que duerme y el que está muerto son iguales, no se puede representar la Muerte". Abatido, regresó a Uruk y grabó su sufrimiento en una tabla de piedra. Luego completó la construcción de las murallas y el sagrado templo de Enana, la casa de Ishtar.
Gilgamesh obtuvo una tardía victoria sobre Ishtar al ser consagrado un Dios bíblico masculino por encima de todos. Denostada Ishtar las hieródulas perdieron, a los ojos de los mortales, su condición sagrada y sólo fueron objeto del sordo impulso que ata al hombre a su sexo. La sublime voluptuosidad femenina dejó de ser venerada, sustituida por el culto a la Virgen. La mujer ya no fue ensalzada por su pasión sino por aparecer sin mancha de pecado, sometida como esposa al régimen patriarcal. Cuando la creencia religiosa entronizó a la Virgen, la mujer sabedora cayó bajo la represión cultural; entonces la Madre Virgen sentó sus fueros y otra fue la historia. Todavía hoy se la venera, denostando a la mujer. Dios estuvo de su lado, no hay más que leer la doctrina cristiana. El origen del pecado, pecado original, enfrenta a Dios y la mujer. ¿Se ha pensado suficientemente que el Demonio es necesario a Dios como el polo maléfico que se opone a su Eterna Bondad, pero que no aparece desde el Génesis, porque ése es el lugar de la primera mujer? La inquisición cristiana no tuvo dudas al respecto: la conjunción de mujer y Demonio se llamó bruja.
Para comprender lo relativo a la bruja debemos situarnos en la Edad Media; iremos allí, alertados por algunos señalamientos de Freud: Es sabido que la espina irritativa de la histeria jugó un papel decisivo en el descubrimiento de lo inconsciente. Entre lo mucho que Freud supo y pudo decir acerca de estas mujeres -porque a pesar que también mueva al hombre, la histeria tiene un no sé qué femenino, como la obsesividad es condición masculina- me interesa destacar un aspecto que tempranamente aparece en sus escritos -"Informe de mis estudios en París y Berlín" (1886), "Histeria" (1888)- y luego retorna en la correspondencia con Fliess: la equivalencia histérica-bruja. En carta a su amigo escribe:
"¿Qué dices, por otra parte, si te señalo que toda mi nueva historia primordial de la histeria era cosa ya consabida y publicada cientos de veces, y aun hace varios siglos? ¿Recuerdas que siempre dije que la teoría de la Edad Media y de los tribunales eclesiásticos sobre la posesión era idéntica a nuestra teoría del cuerpo extraño y la escisión de la conciencia? Pero, ¿por qué el diablo, tras posesionarse de estas pobres, por regla general ha cometido con ellas lascivias, y de las más asquerosas? ¿Por qué las confesiones en el potro son tan semejantes a las comunicaciones de mis pacientes en el tratamiento psíquico?". Luego agrega: "Ahora los inquisidores -se refiere a los psiquiatras- vuelven a pinchar con agujas para hallar los stigmata diaboli , y en la situación semejante, a las víctimas se les ocurre en poesía (acaso sustentada por disfraces del seductor) la antigua historia cruel". Poco después vuelve al tema en otra carta : "He encargado el Malleus Maleficarum y lo he de estudiar con ahínco... Sueño entonces con una antiquísima religión del diablo, cuyo rito se prolonga en secreto, y entiendo la rigurosa terapia de los jueces de brujas. Las concernencias pululan". Lector empedernido, Freud quizá concretó su propósito de estudiar el Malleus; no hay testimonios de ello, a menos que la misma teoría de la histeria esté empapada de este ahínco.
Es moneda corriente aseverar que hacia fines del siglo XIX las histéricas desafiaron el orden de la psiquiatría, incomodando al médico hasta hacerlo reaccionar con enojo y poca elocuencia, tachándola de simuladora. Esa moneda circulaba quinientos años antes cuando se afirmaba que las brujas, con sus pactos satánicos, ponían en riesgo la paz moral de los cristianos bien pensantes. Una vez que Freud lo advierte, las evidencias resultan contundentes: no había forma de encasillar el ataque histérico en el canon de los trastornos neurológicos, el arco que esas mujeres trazaban con su cuerpo era invulnerable a los ensayos terapéuticos. Por su parte, las brujas se mofaban del dogma católico y la ley de gravedad a horcajadas de la escoba, consumando en aquelarres y en misas negras una perversidad que no escatimaba el sacrificio de niños. La escena, reiteradamente contada por ellas en la sala de tortura de los inquisidores, es ésta:
Un lugar apartado, quizá un bosque, de noche. Con el cuerpo untado y montadas sobre bastones o escobas, los lúbricos mangos también engrasados, llegan las sacerdotisas de Satán; otras cabalgan animales o se presentan con forma bestial. Los debutantes en el aquelarre deben, antes que nada, abjurar de Cristo y entregarse al Demonio, quien preside la ceremonia con el aspecto monstruoso de hombre-animal, a veces con algo de macho cabrío -akerra, en vasco-. Luego de que le sea besado ritualmente el culo comienza el banquete, la danza lasciva, el desenfreno orgiástico. Al volver a casa, de madrugada, hombres y mujeres llevan consigo los ungüentos del Mal, logrados sobre la base de grasa de niños sacrificados, de ser posible cristianos.
Libro mayor de doctrina acerca de las brujas y la posesión diabólica, el Malleus Maleficarum fue escrito en 1486 por dos trastornados dominicos a encargo del Papa Inocencio VIII -vaya ironía, la del nombre-. Allí se estipula que la creencia en la bruja y su pacto con el Mal es obligatoria, pues quien descree comete herejía y es pasible de excomunión. Tengamos en cuenta que en una Europa con tres millones de habitantes, luego de que la Iglesia incautara los bienes de varios millones entre los siglos XV y XVII, quinientas mil mujeres fueron quemadas en la hoguera. Tamaño lente de aumento y distorsión colocado sobre la mujer ha de valernos de algo, además de la conciencia de los estragos a los que condujo el devaneo por el ideal inmaculado, virginal, de la gran madre.
No obstante alentar el matrimonio, los Padres de la Iglesia cristiana de Occidente -Ambrosio, Jerónimo, Agustín- y de Oriente -Clemente, Alejandrino, Metodio, Basilio de Cesarea, Juan Crisóstomo-, establecían una cerrada valoración donde en primer lugar estaba la virgen, luego la viuda y por último la madre de familia. Virgo, vidua, mater se repetía, con latina veneración, en orden decreciente de jerarquía. Esta misoginia influyó decisivamente en la actitud del hombre medieval. Heredera de Ishtar y de Eva, la mujer encarnó el pecado en su origen. El matrimonio resultaba, por lo tanto, el remedium concupiscentiae y debía permanecer fuertemente ligado a la reproducción. Lo que en el paganismo fuera una manifestación espontánea, en manos del cristianismo se convirtió en proscripción, al punto que se difundiera la consigna no ver a la mujer, ni siquiera la propia, desnuda. El matrimonio no estaba exento de inmoralidad, en caso de advertirse en la esposa alguna condición erótica. Según consta en el Malleus San Juan Crisóstomo enfatiza, con inspirada obsesión: "¡Qué otra cosa es una mujer sino un enemigo de la amistad, un castigo inevitable, un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores!". En tanto la pasión refrenada de Séneca, que este libro cita con fruición, llega a una cúspide al apostrofar: "Cuando una mujer piensa a solas, piensa el Mal".
Que la mujer piense el Mal es un devaneo típicamente masculino. Si aquí se alcanza una cúspide es porque difícilmente se pueda encerrar en una fórmula como ésta el enigma femenino. El Mal no puede ser pensado por alguien -hombre o mujer- porque lejos del concepto en el Mal se alude al límite contra el que choca toda concepción del Bien. No puede ser pensado a menos que se lo imagine tomando cuerpo, de mujer en este caso, y a la mujer "poseída por el Mal" se la apostrofa como bruja. Si de éste y otros modos se ha querido representar el Mal a través de las épocas es porque lo maléfico es la alteridad obscena de todo pensamiento; en esto radica su potencia.
No es preciso hilar fino para inferir vías de derivación entre el rechazo a la feminidad y la violencia desatada por los culpables de cometer delitos, entre los que ocupaban un lugar privilegiado los relativos a la sexualidad apartada de la norma, el erotismo no reproductor -es decir, el erotismo liso y llano si es que alguno lo fuera-. La Iglesia había difundido extensamente la concepción del sexo como pecado por antonomasia. Los penitenciales eran explícitos en la condena, al punto que la cópula fuera del matrimonio resultaba peor que el asesinato. A partir del siglo XIV la tortura, la mutilación del cuerpo y la pena de muerte fueron establecidos como métodos regulares de castigo. Perjurios y blasfemias eran sancionados con el corte de la lengua, según las siguientes instrucciones, tomadas de crónicas de la época:
"Se le coloca una silla bajo los pies y se le ensarta la lengua con un gancho; luego hay que retirar la silla para que la lengua quede colgada del gancho". Eran pasibles de pena de muerte delitos como éstos: "¿Cómo castigar a quien se sorprende dañando un haya? Se le arrancan las tripas, se le ata con ellas y se le obliga a correr alrededor del haya hasta que quede enroscado... A quien tala un roble ajeno se le corta la cabeza y se la ensarta en el mismo roble".
¿Por qué habría de ser necesaria la creencia en la bruja? "Las brujas se llaman así debido a lo negro de su culpa, es decir, que sus actos son más malignos que los de cualquier otro malhechor" sentencia el Malleus. Ellas sostuvieron la doctrina que consagra al Mal como imperiosa polaridad del Bien. Los testimonios de las brujas acerca del pacto satánico nos han llegado por boca de sus torturadores, necesitados de un demonio suelto en el mundo, con licencia para los estragos, que justifique impulsar la ley y el orden celestial que expurgue el pecado erótico, a Dios gracias y desgracias eterno como sus enemigos, el cuaternario de Trinidad y Virgen.
Prueba de esta necesidad de localizar un Mal errabundo es la enorme difusión alcanzada por Drácula, novela gótica tardía escrita por Bram Stoker, publicada a fines del siglo XIX y luego llevada reiteradamente al cine, al teatro, al comic. En ella, el Mal está personificado en la escurridiza figura del conde y del séquito de mujeres por él poseídas. La habilidad de Stoker consiste en jugar al límite pues el conde, siempre huidizo, está en el borde de lo representable. Para su caracterización quizá Stoker se haya servido de los rasgos de Belcebú, segundo en la jerarquía infernal luego de Satán en opinión de los demonólogos medievales. De talle importante y rostro imperturbable, los ojos de Belcebú -que nunca parpadea- brillan amenazantes como los de Drácula; sus afilados cuernos bien pudieron transformarse en los colmillos del conde, en tanto las alas de murciélago de Belcebú dan paso a la condición vampírica del personaje de la novela.
De comienzo, Jonathan Harker lo visita en su vetusto palacio de Transilvania; sostienen largas conversaciones pero el conde resulta enigmático, ominoso, no despierta reflejos que permitan aprehenderlo y carece de sombra, pues él mismo es la maléfica sombra de lo humano. Cuando más tarde, en Londres, la hermosa Lucy sea su poseída, ella no habrá de verlo claramente, sólo se le presenta en sueños o en extraños episodios de sonambulismo de los que escasea la información para el lector y abundan los equívocos; la misma Lucy es ignorante de la trama de sus sueños.
La segunda víctima londinense de Drácula es otra bella mujer, Mina, joven esposa de Jonathan Harker, quien fuera íntima de Lucy. Debemos admitir que en trance de elegir, el conde lo hace bien; nada hay que le interese alguna vieja devota del Señor. Las circunstancias son parecidas a lo acontecido con Lucy, pero Mina consigna en su diario algunos datos valiosos : Una noche, mientras el marido y sus acompañantes salen en busca del conde ella permanece despierta; en un momento distingue una niebla espesa que se acerca a la casa, trepa las paredes y luego ingresa a la habitación atravesando los resquicios entre las bisagras de la ventana; coronando esta nube resplandece algo rojizo. Mina recuerda unas palabras de la Biblia: "Pues la nube de Yavé se posaba durante el día sobre el tabernáculo, y durante la noche se hacía ígnea a la vista de todos los hijos de Israel". En su diario escribe lo siguiente: "Hasta que de pronto, el fuego se partió y a través de la niebla me pareció que brillaban dos ojos rojos, como los que Lucy me describió en su delirio momentáneo, en el acantilado, cuando la agonizante luz del sol poniente daba en los ventanales de la iglesia de Santa María". Le parece haber quedado dormida y soñar que un rostro lívido salía de la niebla para inclinarse sobre ella.
Stoker se vale de la figura bíblica que representa el fulgor de Dios para aludir al conde al momento de poseer a su víctima. El procedimiento no es original; cuando en el Fausto de Goethe Mefistófeles entra en escena, ese "extraño hijo del Caos" -como lo llama Fausto- también lo hace saliendo de una niebla : "Mientras cae la niebla, sale de detrás de la estufa Mefistófeles...". Luego, el relato de Stoker menta un resplandor rojizo que es rebote del sol sobre los vitrales de una iglesia. El recurso que asimila a Drácula con Dios es elocuente, a tal punto que una vez que el conde se presenta ante Mina, luego de beber su sangre le dice : "Y tú... eres ahora para mí carne de mi carne, sangre de mi sangre, vástago de mi propio linaje, mi generoso trujal durante algún tiempo, y más tarde mi compañera y ayudante". A continuación, el conde la obliga a un bautismo de sangre: rasga su propia camisa, con una uña se provoca una herida y hace que Mina beba la sangre que le brota. El parlamento anterior remite, obviamente, al Génesis:
"De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó:
"Esta vez sí que es hueso de mis huesos
"y carne de mi carne".
Uno de los protagonistas tiene en claro la equivalencia Drácula-Dios; se trata de un tal Renfield, internado en el manicomio del Dr. Seward por padecer una extraña zoofagia, quien a su momento también es poseído por el conde -encuentra una réplica de menor escala-. En cierto momento, visitado por el Dr. Seward se muestra recuperado.
"-Tendrá que buscarse un nuevo paciente, doctor, si lo que quiere es estudiar zoofagia" -le dice, desconcertando al facultativo, que sólo atina a contestar:
"-De modo que usted controla la vida; debe de ser un dios.
"Me sonrió con inefable y bondadosa superioridad -acota Seward.
"-¡Oh, no! No tengo la menor intención de arrogarme los atributos de la Divinidad. Ni siquiera me preocupan especialmente sus actividades espirituales. ¡Si he de expresar mi postura intelectual, le diré que, en lo concerniente a las cosas puramente terrenales, se parece un poco a la que ocupa Enoch en el plano espiritual!
"Aquello me planteaba un difícil problema (piensa Seward-, que no recordaba la relevancia de Enoch). De modo que no tuve más remedio que hacerle una pregunta muy simple, aun a sabiendas de que al hacerlo me rebajaba a los ojos de ese lunático.
"-¿Por qué Enoch?
"-Porque él anduvo con Dios".
En el Génesis se lee: "Henoc tenía sesenta y cinco años cuando engendró a Matusalén. Henoc anduvo con Dios; vivió, después de engendrar a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. El total de los días de Henoc fue de trescientos sesenta y cinco años. Henoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó". Importa que a los lectores de Stoker no nos ocurra como al Dr. Seward, que se le escapó el dato: Ser acólito de Drácula es andar con él como con Dios y desaparecer para el día junto al Amo -así lo llama Renfield-, sin pasar por la muerte. Resulta más que interesante constatar en esta novela la cantidad de equivalencias y puntos de encuentro, muchas veces mediatizados por alusiones bíblicas, que dan paso a posiciones contrarias para que, claro está, termine triunfando el Bien. Considerado de este modo, Mal es eminentemente religioso.
¿Qué nos queda, en definitiva, si despojamos a Drácula del fulgor rojizo de su mirada, de su extrema palidez, de los colmillos afilados como estiletes, de sus largas uñas, de la mortuoria vestimenta? Alguien que por siglos pervive, descansando durante el día en un cajón ubicado en una capilla y procurándose por la noche el suministro de sangre de sus fieles seguidores. Pero, ¿qué otra cosa que su sangre y su cuerpo entregó Cristo para la eterna vida del Padre, a pesar que éste lo hubiese abandonado en el tormento de la cruz? ¿Y no son los cristianos módicos crucificados a sus faltas, a deudas que son el perpetuo sostén del Amo Celestial? Ignoro si Stoker quiso atreverse, maléficamente, a tamaña alegoría pero ahí está, como efecto de la lectura que propongo. ¿Acaso el profesor Van Helsing -máximo exorcista de la novela- no hace recordar al centurión que atraviesa el corazón de Cristo en la cruz con una lanza cuando hace la misma operación con una estaca de un metro de largo? . El propio Van Helsing se encarga de homologar su procedimiento con la escena de la crucifixión cuando explica a sus seguidores cómo proceder cuando descubran el paradero del conde aunque, obviamente, confiere a este acto el sentido contrario:
"¿Por dónde empezaremos, pues, nuestra lucha para acabar con él? ¿Cómo descubriremos dónde está? Y una vez descubierto, ¿cómo podremos destruirlo? Amigos míos, mucho nos queda todavía por hacer; la tarea que vamos a emprender es terrible y puede que sus consecuencias hagan estremecerse al más valiente de los hombres. Pues si fracasamos en esta lucha, sin duda será él quien gane. Y en ese caso, ¿qué final nos aguardaría? La vida es lo de menos: no me importa perderla. El fracasar en esta lucha no es sólo una cuestión de vida o muerte. Implicaría que nos volveríamos como él; que en adelante nos convertiríamos en horribles criaturas de la noche como él, sin corazón ni conciencia, y nos alimentaríamos de los cuerpos y las almas de aquellos a quienes más amamos. Las puertas del cielo se nos cerrarían para siempre; porque, ¿quién nos las abriría de nuevo? Seríamos eternamente aborrecidos por todos; un borrón para el prestigio de Dios; una flecha en el costado de Aquel que murió para salvar a la humanidad".
La disyuntiva es contundente: una estaca salvadora que atraviese el corazón del conde o una lanza en el costado de Cristo. Como si al liquidar el Mal con ese procedimiento se saldara la deuda de haber matado al Hijo de Dios.
El combate contra el Mal afirma el Bien: la cruz, el crucifijo lo espanta por sobre todas las cosas (esto proviene de la lucha llevada a cabo en la Edad Media para imponer, en vastas zonas de Europa Central, el cristianismo sobre las creencias paganas). Insignia empleada para combatir el Mal el crucifijo permanece, mortal recordatorio, colgado en la cabecera de las camas de los creyentes como resguardo y condena del erotismo.
Si se aplica el mote de Mal a un exceso, a una obscenidad que resiste la entrada en la escena de lo representable para la economía de la polaridad Bien/Mal, la tendencia será darle cuerpo y estatuto de representación para entonces colgarle la cruz del Bien Supremo. Al quedar en posición de Amo, el Mal delimita sus prohibiciones para sostener su reinado y mantener a raya su enigmática condición, dejando que un cortejo de rituales lo represente en misas que en vez de blancas son negras. Mal y Bien son hermanos gemelos que toman rumbos antagónicos. Schelling, quien dedicó sus mejores páginas a desentrañar el problema de la libertad en relación con la polaridad Bien/Mal, señala : "Es imposible imaginar una fuerza de atracción y otra de repulsión cada una para sí, pues ¿sobré qué actuaría lo que repele si aquello que atrae no le ofrece un objeto?, y, ¿sobre qué actuaría la atracción si no posee al mismo tiempo dentro de sí algo repulsivo? Por eso se puede decir con total corrección de modo dialéctico que bien y mal son lo mismo vistos simplemente desde distintos lados, o que el mal es en sí, esto es, en la raíz de su identidad, el bien, del mismo modo en que el bien, por su parte, contemplado en su escisión o su no-identidad, es el mal. Por eso es también completamente correcto decir que aquel que no tiene dentro de sí ni la materia ni las fuerzas del mal es también incapaz del bien, de lo que en nuestros tiempos hemos visto suficientes ejemplos. Las pasiones a las que declara la guerra nuestra moral negativa son fuerzas de las cuales cada una tiene una raíz común con la virtud que le corresponde. El alma de todo odio es el amor, y en la más violenta ira sólo se está manifestando la quietud irritada y excitada en su centro más íntimo".
Consideremos lo propio de Lucifer, nombre esencial del Demonio. Del griego phosphoro, luego divulgado latinamente como lucem-ferre, "el que lleva la luz", tiene un origen muy distinto a Satán. En hebreo, satan es "el adversario" o "el acusador", mientras en griego es diabolos, "calumniador"; en esta línea se ubica el Mefistófeles de Goethe cuando exclama: "Soy el espíritu que siempre niega" . Con la referencia a Lucifer, en cambio, se aludía al propio Jesús en los inicios del cristianismo, tanto que en el siglo IV un obispo de Cagliari, célebre por combatir herejías, tomó su nombre . Hasta el primer concilio de Nicea, que estableció el corpus del Nuevo Testamento desechando los evangelios que pasaron a llamarse "apócrifos", el dogma de la Iglesia no estaba consolidado, pero a partir de aquí la relectura canónica de Isaías desembocó en la evidencia de que Lucifer no era otro que el Diablo. El Profeta se refiere a él con estas palabras:
Está tranquila y quieta la tierra toda,
prorrumpe en aclamaciones.
Hasta los cipreses se alegran por ti,
los cedros del Líbano:
"Desde que tú has caído en paz,
no sube el talador a nosotros".
No obstante, poco más adelante se lee:
¡Cómo has caído de los cielos,
Lucero, hijo de la Aurora!
¡Has sido abatido a tierra,
dominador de naciones!
Tú que habías dicho en tu corazón:
"Al cielo voy a subir,
por encima de las estrellas de Dios
alzaré mi trono
y me sentaré en el Monte de la Reunión,
en el extremo norte.
Subiré a las alturas del nublado,
me asemejaré al Altísimo.
¡Ya!: al seol has sido precipitado,
a lo más hondo del pozo".
Lucifer no podía ser Cristo. Los Padres de la Iglesia interpretaron que la caída del Lucero matutino, Lucifer, no era otra cosa que la caída en desgracia del príncipe de los demonios.
Y La luz se vuelve noche, conversión explícita en el caso de Mefistófeles, otra personificación demoníaca. Su celebridad se remonta a la leyenda del doctor Fausto -quien viviera entre fines del siglo XV y comienzos del XVI-, debido al pacto por el que entrega el alma a cambio de sabiduría y erotismo. El dramaturgo isabelino Marlowe, Goethe y Thomas Mann inmortalizaron literariamente el tema. Mefistófeles proviene del griego mephostophiles, "el que rechaza la luz", llamativo destino para este heredero de Lucifer. Drácula, Señor de la Noche carente de reflejos, exacerba esta línea. Llegados a la oscuridad, reservamos el nombre de Mal para la alteridad de lo representable a la luz de la vigilia.
En su punto culminante, el paso por los nombres del Demonio nos devuelve al Génesis: Inocente y solo, Adán deambula sin rumbo por el Edén cuando escucha este mandamiento : "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio". De ese modo marcado, ese árbol tenía poco de bien y mucho de mal. De inmediato, a Yahveh se le ocurre aquello de "No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada" y tomando una de sus costillas inventa la mujer. Con tamaña compañía la cosa es distinta; Eva escucha el sibilante susurro de la serpiente y sin dudar hinca el diente en el fruto prohibido, convidando luego a Adán. La conminación a no probar la manzana no podía tener otro resultado que tentar a estos seres; debido a la interdicción fueron capaces de decidir ante la opción y acceder a la maldad -porque el Bien estaba esparcido por el todo menos uno del Paraíso-. El Mal proscrito por Dios es promoción, incitación a saborear su esquiva sustancia. ¿Qué advierten la temeraria Eva y el atrevido Adán una vez producido el acto libertario que cancela la inocencia? Menos alguna diferencia de sexos que la alteridad que los divide y presurosos ocultan la inicial sapiencia inaugurando la vergüenza sexual que es su sino. Esto es decir que la libertad -de probar lo interdicto- despeña el saber de lo otro, causa de deseo, provocando el malestar tenebroso inaugurado por la transgresión que rompe el orden paradisíaco y para siempre lanza el anatema que entrevera el parir con dolor al ser de un devenir con destino de polvo. En este sentido, la muerte anunciada es un modo de signar el Mal, porque en el ser finitos queda plasmado el distanciamiento de la naturaleza -capaz de renacer cíclicamente- y del Dios inmortal. Sólo el Mal encerrado en la jugosa manzana fue capaz de generar la doble discordia que es el sino de lo humano: ya no consustanciado con la naturaleza el hombre perdió el favor Divino como totalidad.
Antes me referí al Bien esparcido en el todo menos uno del Paraíso. Esto es así a condición de que prestemos atención a que el Edén puede ser concebido como residencia del Bien a condición de que al menos uno, restándose de la totalidad lo vuelva incompleto. Un Bien absoluto carece de sustento porque en el establecimiento de categorías sólo es factible proceder por contraste, no hay bienaventuranza sin la contraparte maléfica. Resulta adecuado, por lo tanto, que Dios le señale a Adán el árbol proscrito como siendo "del Bien y del Mal". Probando de su fruto, el Mal quedó signado y el Bien se constituyó en Paraíso perdido. Porque el Bien es efecto del movimiento retroactivo que lo ubica como ideal inalcanzable. Un mismo acto constituye al Bien como extrañado y al Mal como lo real irrepresentable. En el momento anterior el Edén sólo era el espacio insulso de una creación inacabada. Dios no tuvo otra alternativa que negar la bondad de la inocencia y advertir lo del "No es bueno que el hombre esté solo" dando paso a Eva y con ella a la tentación y con ella al Mal. Éste es el sentido bíblico del tanguero "las mujeres siempre son las que matan la ilusión". ¿Cuál? La ilusión de una comunión con el Bien exento de Mal.
No fue poca la discusión cuando se intentó establecer el lugar, la incumbencia del Mal. La pregunta ¿de dónde viene el Mal? recibió, de parte de los gnósticos, una respuesta precisa: El Mal no sería otra cosa que la sustancia misma de lo mundano; por lo tanto nos llegaría "desde fuera" por el simple y rotundo hecho de vivir en la naturaleza. Una larga tradición, filosófico-costumbrista, heredó la concepción que supone la elevación hacia el Bien mediante el distanciamiento de los apetitos que nos atan al mundo. El recurso al celibato, el extremismo del anacoreta o el reclamo de sublimación (que aspira a lo sublime) así lo indican. Si san Agustín discutió con los gnósticos fue para asentar otra posición, antimaniquea, luego exacerbada por los Padres de la Iglesia: el Mal no es materia, no es mundo sino que radica en el origen de todos nosotros como pecado. Aquí cobra especial realce la fábula de Adán y Eva como determinación de lo que habita en cada cual. Concedamos que Agustín no carecía de sutileza: si los gnósticos solucionaban el problema queriendo tomar distancia del mundo material, a partir de Agustín el cristianismo enseñó que el combate debe ser contra el sórdido pulsionar del deseo. ¿Qué lugar ocupa en esto la mujer? La de inefable mediatizadora, la de un exterior -a lo masculino- a la vez interior a lo humano. Porque la mujer (es apenas un chiste, consúltese el Malleus), es también y a pesar de todo humana.
No resulta difícil advertir que en cada uno de nosotros juega su basa la convicción de haber sido alguna vez naturaleza -seres carentes de palabra en relación de inmediatez con el cuerpo- y de haber estado consustanciados con la omnipotencia que Freud llamó narcisismo primordial. Todos probamos el acre dulzor del pecado original -porque el pecado es cosa de origen- que nos hace extrañar la pura, dulce, insustancial bienaventuranza. ¿Hay acaso un Mal que por Bien no venga? Una respuesta precipitada sería decir que sí, que es el Mal que trasvalorando la imaginería del Paraíso no desmiente la condición trágica del deseo. Pero al considerar la cuestión con detenimiento se nota que liberado del Bien que lo concibe el propio Mal carece de consistencia. No más que un título interesante -se lo dediqué a este capítulo- el mal que por bien no venga es tan sólo una fórmula de paso. ¡Y cuánto cuesta darse cuenta!.
Volvamos a las brujas y a las histéricas: Drácula no es ya el ser tenebroso que actúa desde las sombras sino un chupasangres que forma parte de los cónclaves científicos. Instruido en la Universidad ostenta el título de psiquiatra y procura saciar su sed de saber con la sanguínea intimidad de sus pacientes mujeres. En su clásico ensayo sobre la pesadilla Jones advierte, según fuera sostenido por Babinski y otros, que a la manera de las brujas extorsionadas por la tortura las histéricas produjeron, para solaz de los psiquiatras, todos los síntomas que de ellas esperaban: bulimia, malacia, anorexia nerviosa con expulsión de cuerpos extraños como agujas, pseudocynesis, temblores generales, movimientos propios del coito, fenómenos mediúmnicos, narcolepsia, desmayos, sonambulismo, catalepsia, amnesia, mitomanía, cansancio de vivir, negativismo, doble o múltiple personalidad, todo según la escena dispuesta por el soberano maestro de ceremonias. Cada humano es un módico pecador, pero llevado al Infierno o a la sala de mostraciones hospitalaria debe entregarse al tormento del torturador, atento cumplidor del designio de Dios o de la ciencia.
A propósito de brujas e histéricas, Freud le confía en carta a su amigo Fliess : "No estoy lejos de la idea de que en las perversiones, cuyo negativo es la histeria, estaríamos frente a un resto de un antiquísimo culto sexual que otrora quizá fue también religión en el Oriente semítico (Moloch, Astarté)". No estaba mal encaminado el maestro: Astarté es uno de los nombres de Ishtar.
Hada, Sibila, Hieródula, Hetaira, Hechicera, Esfinge, Maga, Pitonisa, Adivina, Bruja, Histérica, Grela, Castrada, Desalmada o Inexistente, cada época o cultura vela en su insomnio el arcano descubriendo, destacando o directamente inventando la condición que se atribuye a la mujer. La iniciadora en los caminos del erotismo y el saber, saber encarnado en una voz oracular, conocedora de los secretos de la naturaleza, arrastrada a la hoguera como bestia satánica, a pesar y contra todo, permanece.
¿Es la bruja, la histérica, simuladora? Claro que sí. Con su proceder da letra a un saber que la necesita para dar forma y consolidar una doctrina, asistida por el anhelo de perduración. Cuando Freud acuña la famosa frase: "No creo más en mi neurótica", percibe que el despliegue le estaba consagrado. Infiere que no es más ni menos que la expresión de un deseo. ¿Cual? El de hacernos creer que con su escena confirma nuestra teoría, para que olvidemos su placer intransmisible.
Freud intuye en la neurosis el negativo de la perversión, aunque en esa perversión hay un anhelo neurótico, de igual modo que el demonio es un invento apostólico y la bruja poseída por Satán es la inmerecida esposa del inquisidor. Tortura superyoica, la truculencia sexual deviene realidad a condición de que creamos en ella, confesando bajo tormento lo que se espera escuchar. Dicho de modo más conciso: no es una fantasía perversa lo que desencadena represión neurótica, como tampoco la mujer supuestamente poseída generó la persecución cristiana sino a la inversa: la caza de brujas diseñó una presa a su medida. El Cielo necesita del Infierno para ubicar el erotismo, sinónimo de pecado, en la dimensión del espanto. El Malleus es explícito: "No cabe duda de que el diablo destruiría a la humanidad si Dios le permitiese hacerlo. El hecho de que Dios le permita a veces hacer daño y otras se lo impida y prohíba, lleva al diablo, como es manifiesto, a un desprecio y odio más francos, ya que en todas las cosas, para manifestación de Su Gloria, Dios usa al diablo, aunque éste no lo quiera, como su servidor y esclavo".
Colocado en otra escala, damos con el punto de vista de Freud cuando a propósito de las guerras desenmascara cierto proceder del Estado : "El ciudadano particular puede comprobar con horror en esta guerra -la Primera Guerra Mundial- algo que en ocasiones ya había creído entrever en las épocas de paz: que el Estado prohíbe al individuo recurrir a la injusticia, no porque quiera eliminarla, sino porque pretende monopolizarla como a la sal y al tabaco". Trato de ubicar la perspectiva de Freud cuando en el mismo artículo señala: "Quien se ve precisado a reaccionar constantemente en el sentido de preceptos que no son la expresión de sus inclinaciones pulsionales... objetivamente merece el calificativo de hipócrita", para a continuación aseverar -lo escribió en 1915, parece hoy- que nuestra cultura "está edificada sobre esa hipocresía y tendría que admitir profundas modificaciones en el caso de que los hombres se propusieran vivir de acuerdo con la verdad psicológica. Existen, por tanto, muchísimos más hipócritas de la cultura que hombres realmente cultos".
Ni imposible sin más ni truculento, el deseo apunta a una imposibilidad posibilitante, a la expresión inefable de lo que sin abarcar circunda el arcano que adjudicamos a lo femenino, convirtiendo a la mujer en primera pecadora y encarcelada depositaria. ¡No hay que liberarla, basta no cerrar cada día el cerrojo para luego pretendernos pigmaleones! Ella goza, sabedora y piadosa de nuestros devaneos, a condición de que no la desesperemos exigiéndole actuar otra escena en el mentido teatro de un espanto de ojos, orejas y penes.
Según el Malleus, "Cam lanzó grandes carcajadas cuando nació, con lo cual demostró que era un servidor del demonio". Quien sabe si despabilados de una pesadilla ancestral, con virtud y destreza seamos capaces de ganar la utopía de trasvalorar eso tachado como el Mal, en un movimiento que al mismo tiempo cancele la negatividad del Bien.
Dios no ríe, desconfiemos de Él. En una conocida fábula, un niño se atreve a decir que el rey está desnudo; Nietzsche se atrevió a más, a decir que mísero tapahuecos, está muerto desde siempre.
¡A combatir, con la anarquía de una carcajada, la hipócrita difusión de la injusticia que en su nombre se administra!
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