Pérez, Martha R.; Romero Day, María Patricia

Apertura a las Segundas Jornadas del Círculo Freudiano, sobre TRANSFERENCIA, realizadas el 16/17 de noviembre de 1979

EL AMOR POSIBLE

Uno de los habituales días de consultorio. suena el timbre: una anónima terapeuta se encamina hacia la puerta de entrada. Abre. Encuentra la figura sobria del primer paciente del día: traje azul, corbata, portafolio. con cierta rapidez se dirigen hacia una segunda puerta, que parece aguardarlos abierta. Ella la cierra con presteza, trasluciendo la innumera cantidad de repeticiones a que ha sido expuesta la maniobra. El señor de traje deja su portafolio sobre la mesa, el saco sobre una silla y se deja caer sobre un austero diván, mientras la señora elige un sillón ubicado justo detrás.

No, no fue así esta vez. En algún momento se sobresaltaron descubriendo una mirada tercera: un pintor de brocha gorda, instalado sobre un andamio en el patio de aire y luz, parecía observarlos con inquietud. Así lo entendieron al instante el señor-paciente y la señora-analista, y la cortina del ventanal fue presurosamente bajada.

El señor, en el diván, ríe:

- ¿Cómo pude aceptar alguna vez acostarme cara al techo mientras una mina me mira desde atrás? ¡Qué pensará ese señor de mí, de usted, de su culo, de mi traje, de nosotros! ¿Y cómo es que hasta me parece natural que así sea?

Si no nos asustamos y con una mirada de pintor intentamos abarcar esta dinámica, algo articulado al amor se evidencia. Pues ¿qué sino un indescifrable pacto amoroso le sería sugerido a nuestro sorpresivo observador? Y no hay por qué no creerlo, pero ¿de qué amor se trata? Aquí termina el supuesto ajuste del señor de brocha gorda a la concreta escena entrevista. Se trata de un amor casto. Pero ¿cómo incluimos entonces el "culo" de la primera asociación del paciente? ¿No hay aquí algo perverso?
Zafándonos de la inmediatez de la sesión, busquemos un modelo o referencia para organizar nuestro discurso, ya que si Freud llegó -no por casualidad- a formalizar tal encuadre, razones de fundamento le asistirían.
El proyecto de paciente -reedición de Narciso- buscando un espejo encuentra un consultorio. El proyecto de analista - reedición de un canto de sirena- contempla al recién llegado con ojos de madre fálica. Y todo análisis, como toda vida, comienza signado por el deseo. Pero a partir de esta encrucijada los caminos difieren: el paciente, condenado al enamoramiento, vuelve con insistencia inconciente sobre su proyecto, mientras la función analítica apunta en otro sentido. Sangrando por una herida narcisística, el hipotético paciente anhela una homeostasis afectiva; desde su carne viva -zona erógena abierta- la cadena de representaciones, viscosamente libidinal, procura cerrar el desgarro de la castración. Tal la condena a que lo ha expuesto el deseo; en eso consiste su enamoramiento, potencial o concreto.
Si el desarrollo como sujeto lo ha llevado a un distanciamiento del ya mítico narcisismo primitivo; el comienzo de la tarea analítica, su mismo pacto regido por la parquedad, privacidad, aislamiento, sienta las bases para una "curación por amor" (1) ¿A qué apunta, entonces, la función analítica? El analista no es -hay que decirlo- alguien "neutro", carente de deseo, por más que la tarea parezca requerirlo (de ser así no habría análisis posible, porque tampoco habría analista). Según la metáfora del canto de sirena, su inconciente también insiste, ilusionándolo de completud, a instituirse en ideal. Como efectivamente acontece en esos análisis en los que el paciente opina: "¡No hay quién como mi analista!", para dedicarse puntillosamente a interpretarlo todo según "lo que ve en análisis", encierro que articula lo maravilloso a lo terrorífico, pues la más leve anfractuosidad en la imagen "vista" desnuda su inmediatez con lo siniestro.
Si el analista es un sujeto deseante, lo es por una medida de renuncia a la completud narcisista, y es justamente por ese espacio por donde se inmiscuye la invitación a convertirse en ideal. La única diferencia con el paciente es que del terapeuta se espera que sepa de sí lo suficiente como para reconocer los secretos caminos por los que en él se desliza la tentación. Ello, obviamente, no cancela el riesgo, pero da una chance. Hay otra diferencia con el paciente, pero ya de orden técnico, pues mientras éste asocia "libremente" (en libertad de enamorarse) el analista interpreta. La interpretación desempeña el papel de tercero, que como el pintor de nuestro caso, descubre la fantasía ubicándola en un lugar simbólico. Representante de la cultura, de la teoría que nos antecede, la interpretación desenmascara la fatuidad de un goce incestuoso que tiende a perpetuarse. Introduce la legalidad, que no es meramente un "no", sino el efectivo reconocimiento de un imposible. Como le dice Serrat a su madre: "No es que no vuelva porque me he olvidado, sino que pedí el camino de regreso". Pero hay que saberlo.
"El enamoramiento consiste en un desborde de la libido yoica sobre el objeto. Tiene la virtud de cancelar represiones y de restablecer perversiones. Eleva el objeto sexual a ideal sexual" sostiene Freud (2). Qué cercanos los términos: amor-enamoramiento, qué cercanos los sentimientos, pero qué irreductible el espacio que los separa. Y Freud nos advierte de la inmensa dependencia de quién, siguiendo los dictados de su pasión, se somete enteramente al objeto ideal. Por el contrario, respecto del amor dice (3):

"Somos reacios a concebir el amar como si fuera una pulsión parcial de la sexualidad entre otras. Más bien querríamos discernir en el amar la expresión de aspiración sexual como un todo"

Amor: Inacabable, insostenible conjunción de pulsiones parciales capaces de generar el sentimiento nuevo. Amor: reconocimiento del objeto como tal. Un hombre íntegro, una mujer íntegra; pero he aquí la paradoja de que sólo sea posible la verdad del objeto total a condición de aceptarlo incompleto.
Como en el juego de ajedrez, comparación predilecta de Freud: Es fundamental una buena apertura. Para acceder al "medio juego" analítico es imprescindible que la a apertura sea cierta, que no ocluya con el enceguecido enamoramiento el camino posible, camino de Edipo.
Aunque a diferencia del ajedrez, aguarda una complicación adicional: vaya por donde vaya la partida, el número de encuentros, los años de tratamiento, cada sesión requiere una apertura, precisa ser abierta con mano hábil para que pueda entreverse la historia edípica, con el pintor incluido, la mirada tercera, donde impera la transferencia erótica y hostil. Y no es ése un lugar de calma, pues allí retorna lo reprimido: la tentación es bajarle la cortina.
Ponerle el cuerpo a la transferencia es no contarle al paciente de un "allá lejos y hace tiempo", sino aceptar la fuerza de lo actual y conmigo, aunque, claro está, sea el "migo" el punto a considerar. No cabe llamar a los "dioses del averno" sin interrogarlos. Además de resistencia, este retorno encarna el presente -atemporal- de la pulsión.
El "no" introducido por la legalidad interpretativa, aquí debe entrañar un "sí", pues, para volver a Serrat, la pérdida del "camino de regreso" -narcisista- debe impelir a la búsqueda exogámica luego del reconocimiento de la verdad pulsional.
De ahí en más el análisis cambia de derrotero, favoreciendo la emergencia del otro rostro de Jano: el odio del despecho. No reconocer la transferencia erótica también puede ser una forma de miedo al odio, su cara oculta.
"El enamoramiento ... tiene la virtud de cancelar represiones y de restablecer perversiones" decíamos con Freud hace un momento. No olvidemos por lo tanto la "Verleugnung", renegación o desmentida. Tengamos en cuenta que la interpretación más prístina puede dar brillo a un fetiche. Un "brillo sobre la nariz" (del clásico paciente de Freud), de igual modo que la maloliente intimidad o la ropa que se oculta; toda representación puesta en circulación, desde la asociación libre o desde la interpretación, puede desmentir la falta que señala. No obstante el análisis, calificado por Freud como tarea imposible, permite latir la certeza del amor, a condición de que logremos discernir su tremenda encrucijada: sólo es efectivo el tiempo del amor cuando se ha perdido lo que más se anhela. Sólo se alcanza la totalidad del objeto si se lo admite incompleto.
Paradojas como ésta ponen su marca en las historias psicoanalíticas. Historias del enamoramiento inmediato y del amor posible.

(1) S. Freud, "Introducción del narcisismo".
(2) Ibid.
(3) "Pulsiones y destinos de pulsión"

Agradecemos a Norberto Marucco y Carlos Pérez sus significativos aportes.

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