REPORTAJE AL PSICOANALISTA
ARGENTINO EMILIO RODRIGUE, RADICADO EN BAHIA
“El análisis no paga al 7 y medio”
En diálogo con el psicoanalista Sergio Rodríguez, el legendario Emilio Rodrigué habló de su práctica en diversas terapias, y de su experiencia con alucinógenos, y de qué pasa cuando se termina un análisis, y de cómo llega a formarse un analista, y “del planeta Tierra tumbado en el diván”.
Emilio Rodrigué, a los 79 años, visitó Buenos Aires para presentar su último libro, autobiográfico.
Por Sergio Rodríguez
Emilio Rodrigué visitó la Argentina. Ex presidente –y luego disidente– de la Asociación Psicoanalítica Argentina, emigró en la década de los 70, perseguido por el terrorismo de Estado de la Triple A; desde hace 25 años vive y trabaja en Bahía, Brasil. Autor de numerosos libros –entre ellos la novela Heroína y Freud, el siglo del psicoanálisis–, en Buenos Aires presentó El libro de las separaciones (Editorial Sudamericana) y dialogó con Página/12.
–¿Qué obtuvo de su experimentación en campos tan diversos como los grupos, el psicodrama, la Gestalt, las comunidades terapéuticas, terapias alternativas, hongos alucinógenos y otras drogas?
–Yo comencé con los grupos allá por el ‘50 y era en contra de la ortodoxia, en contra del dogma. Después vino la comunidad terapéutica, y ahí sí se me abrió un nuevo panorama. Para mí fue una experiencia fundante; que redefinió mi papel de médico, de psiquiatra (lo cual nunca fui). Me dio una nueva forma interactiva de operar con la transferencia. Vamos a ir en escala ascendente de marginalidad, o de trasgresión. Psicodrama: lo seguí mucho a Tato Pavlovsky; hay cosas del psicodrama que seguiría haciendo siempre: por ejemplo, un grupo con adolescentes sólo lo veo posible como psicodrama. En sesiones individuales prolongadas, el rolplaying desempeña un papel muy importante. En cuanto a las psicodrogas, con Rebe Alvarez de Toledo comencé experiencias terapéuticas con ácido lisérgico. Es una droga muy pesada, no es ningún picnic. Ni hablar del hongo: ésa fue una experiencia lindísima que hice en México, donde me sentí poseído por el hongo. Fui a tomarlo a Huatla, la tierra de los mazatecos. Me sentí poseído por el hongo, al punto tal que me peleé con la hechicera, porque cantaba canciones católicas y yo no quería saber nada de eso; yo era indio. Yo era un superindio. La hechicera se impacientó conmigo, hizo un buche de agua fría y me lo escupió. Me paralizó; fue como si me clavaran mil alfileres.
–¿Por qué la llama “terapéutica”? ¿De qué lo curó?
–Me abrió la cabeza, vi otros mundos. La marihuana, por otra parte, es una droga más doméstica, que consumo ocasionalmente y que nunca me dio una sensación de dependencia. Me hizo bien. En El libro de las separaciones digo que la marihuana fue mi cuarta maestra; me dio una nueva dimensión de mi subjetividad.
–¿Qué le enseñó la cuarta maestra?
–Me da lucidez. Me pongo inteligente. Me activa la red asociativa, me da una dimensión más profunda de las cosas.
–¿Y la experiencia en Esalen? (La comunidad terapéutica más célebre desde los años 60, en San Francisco.)
–Esalen es un sitio muy especial. Uno se aísla del mundo, no hay radio, ni TV, ni dinero, ni nada. Una comida buenísima; muy sana. Termas donde pasás buena parte del tiempo en bolas tomando baños en aguas sulfurosas. El primer día, te sentís medio raro. Luego aceptás tu desnudez y la de los otros. Creo que hoy iría para descansar. Aprendí a hacer masajes, recibí muchos masajes. Las terapias como la Gestalt o el Reiki no me interesaron mucho. Te diría que es una Disneylandia para psicoterapeutas. Fue, eso sí, un período que llamo de los Psicoargonautas, donde éramos trotamundos. Hice un laboratorio divertido en Holanda, con otras veinte personas más, que se dividían en parejas. La pareja preguntaba: “¿Quién es usted?” y uno comenzaba: “Soy Emilio Rodrigué, soy de tal lugar, soy...”, durante cinco minutos. Después uno le preguntaba al otro lo mismo. Eso durante dos días. Desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche. Nos volvíamos completamente locos.
–Decir mucho quién uno cree que es vuelve loco...
–Sí. Porque uno no sabe quién “uno es”. Pero, en serio, fue un período importante en mi vida. Luego traté de menospreciarlo, sobre todo con mi vuelta a Freud. Pero creo que fue una experiencia rica, hasta riquísima. Estoy contento de haberla tenido.
–Usted fue uno de los fundadores del grupo Plataforma, que se escindió de la Asociación Psicoanalítica Argentina a principios de los 70. Ustedes creían que era bueno meterle una inyección de política revolucionaria al psicoanálisis. Pasaron los años, cayó el Muro de Berlín, el neoliberalismo impuso la tiranía del mercado: ¿es bueno meterle política revolucionaria al psicoanálisis o habría que usar el psicoanálisis en el análisis de la política?
–Recuerdo una discusión con la psicoanalista Mimí Langer en la que le decía que para mí el inconsciente tiene política. Para Mimí, la política tenía inconsciente. De alguna manera definíamos nuestras diferencias. Ahora creo que no se trata de ninguna de las dos cosas, pero lo que nosotros hicimos fue válido: inyectarles cambio, apertura, a las instituciones. Nosotros no intentamos revolucionar al psicoanálisis, sino a la APA, a la IPA. Resultamos eficaces como efectos, pero no fuimos al fondo del problema.
–A esta altura, ¿cuál le parece la potencialidad curativa del psicoanálisis? ¿De qué puede curar y hasta dónde?
–Tengo un artículo sobre eso, donde digo que el psicoanálisis cambió la faz de la Tierra. El planeta Tierra, después de haber estado cien años tumbado en el diván del psicoanálisis, un día se levanta, da la mano, dice “Gracias, doctor” y se va. Fue un tratamiento exitoso. Creo, repito, que el psicoanálisis cambió la faz de la Tierra. Por otra parte, hoy en día tiene mucho menos efectos terapéuticos dramáticos que en 1920. Los psicoanalistas quizás estén en extinción, pero el psicoanálisis como doctrina, no. ¿Está de acuerdo?
–Más o menos. Considero, como usted, que el inconsciente tiene política, ya que lo que mueve al inconsciente es el deseo y el deseo promueve una política. Y estaría de acuerdo en que la política tiene inconsciente, en el sentido de que las masas y los dirigentes políticos se mueven sin saber por qué. El porqué está en el inconsciente de cada uno y en su articulación al lazo social. En ese sentido, creo, la idea de que el psicoanálisis fue más curativo en 1920 puede referirse a que, aunque Freud no creía en la ideología, produjo efectos ideológicos, por ejemplo tirar abajo la moral victoriana. Pero, en el sentido más cotidiano del tratamiento de los sujetos, aportes provenientes de Ferenczi, de Lacan, de Winnicott y de algunos de nosotros siguiendo esas escuelas logran más efectos que en el ‘20. Por ejemplo, las esquizofrenias son mucho más tratables. Bueno, ¿podría definir qué rasgos fundamentales le indicarían que alguien llevó su análisis hasta lo máximo que éste le pudiera dar?
–No. Pero si busco aproximaciones, tuve más esa sensación en los análisis de niños. Aparecían en el juego rasgos de que alguna cosa se había consolidado y que había habido una transformación. En el análisis, yo no me acuerdo casi nada de mis pacientes. Cada vez que termino un análisis se me produce una especie de apagón o de olvido. En términos del juego del siete y medio, rara vez “siete y medio, pago”.
–Nunca tiene la sensación de que un paciente termina en siete y medio: siempre hubiera podido seguir un trecho más.
–No. Tengo la sensación de que ya se acabó, pero no en un happy end. Nunca he tenido una sensación estática, redonda.
–¿Cuáles plantearía como las rutas principales para la formación de un analista?
–Mientras escribía la biografía de Freud noté que durante mucho tiempo él varió sus recomendaciones sobre lo que era bueno para un analista. Al principio le tenía mucha fe al autoanálisis. El y Ferenczi hicieronanálisis cruzados. Después, tardíamente, aparece privilegiado el análisis personal. En 1928 vuelve al autoanálisis. Me he planteado algunas veces que la principal herramienta analítica es el análisis personal, pero ¿cuál es el precio que pagamos por eso? ¿Qué pasaría con analistas no analizados? Digo que pagamos un precio porque esa cosa cismática actual me molesta mucho; creo que es intrínseca al análisis como efecto de transferencia. Para mí, las múltiples fragmentaciones en cismas tienen que ver con las transferencias.
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