Suspender un análisis por desborde. Insistir en rescatar la experiencia , intensa, para volver a pensarla. Repetir, recordar, escribir.
Facundo desubica desde la primera llamada. Sin ser desagradable y dejando la duda si eran formalismos, pide una entrevista tratando de "vos". Lo familiar se impone apenas aparece. Crea un contexto cómodo con demasiadas referencias a lo compartido.
Era el año '83, y él un veterinario exitoso en los treinta y pico, quejándose de tener crisis de angustia ante la necesidad de tomar decisiones. Casado, con tres hijos, había hecho una terapia anterior para "poder separarse" de su mujer, sin éxito. Aclara que no puede estar solo, que su situación siempre es dilemática. Sus opciones se presentan como imposibles desde su censura. Cuando quiere hacer algo hay siempre otra cosa que lo exige al mismo tiempo. Cuando va a salir para un campo, por ejemplo, recuerda que tenía que ir a un acto de los chicos. De esa manera, siempre está dividido y lleno de recriminaciones.
Al mismo tiempo no puede dejar de comprometerse con todo lo que lo demanda. Dice que sí continuamente a situaciones que no podrá sostener por compromisos previos. Para él, toda la complejidad, saturación e invasiones, son la consecuencia de asegurarse que no va a estar solo. Convoca a demasiada gente para conjurarlo y hace mezclas conflictivas. Logra trasladar su falta de calma en soledad a serias dificultades al estar con los demás.
Tenía una amante, Carmen, de quien se confesaba muy enamorado, pero que lo angustiaba con sus reclamos. Empresaria exitosa, hermana de un amigo, le cuestionaba no poder hacer cosas que ella sí podía. Y su esposa, Cristina, había engordado, era llorosa, y también reclamaba, sobre todo a través de los chicos.
La amenaza de abandono tenía una eficacia atroz para hacerlo entrar en angustia. Trajo un sueño donde su amante le daba "la última oportunidad" que lo despertó transpirando.
Lo deriva Carmen, diciendo que ya no lo tolera pero no lo puede dejar porque él se angustia demasiado. Pide que le recomienden "una" terapeuta (se volverá importante el detalle), para poder "separarse". Recuerda el pedido al primer terapeuta que él consultó. Contradictoriamente, apenas comenzado el análisis interfiere permanentemente, llama por teléfono, lo llama a él mientras está en sesión (no había contestadores y golpeaban la puerta del consultorio para avisar "que llamaban al paciente") Viene incluso con él, para aclarar si "cuenta todo".
El trae como hipótesis que su angustia habría comenzado con el nacimiento de su hermana, dos años menor. Así de antigua la siente. Comenta que era un niño terrible, hiperkinético, con una energía desbordante que se transformaba en reto permanente por parte de los adultos. Cuando lo cuenta se angustia. Tenía miedos, sobre todo a los fantasmas. Esta hermana que irrumpe trato que la asocie con esta otra "hermana", que irrumpe en su análisis sin que él le pueda poner límites. Las mujeres convocadas a irrumpir, o él no pudiéndose defender de su atracción creando situaciones angustiantes, eran escenas permanentes. En los campos que atendía había escándalos repetidos, pero zafaba sin situaciones de mucha violencia, haciendo buenas relaciones con los hombres.
La creación del rival como doble intrapsíquico aparece disociada. En los hombres cuyas mujeres conquista, pero también en las mujeres que lo atacan. Ellas en plural, en la proliferación de la desmentida. Parece un seductor pero las convoca para que se peleen entre ellas y lo despedacen como a Orfeo. Porque "ellas" (sus hermanas) son "buenas", son los modelos queridos por "papito", pero así se vuelven brujas. "En pedazos", como en su queja termina, hace una referencia interesante al cuerpo despedazado anterior al narcisismo.
Sus identificaciones tempranas lo han constituido en un hombre, no hace identificaciones secundarias femeninas, no se feminiza. No quiere rasgos femeninos, ni ser objeto de amor de un hombre. Al contrario, se regocija con las comparaciones con los sementales que escucha sobre él. Pero hubiera querido ser querido por el padre como siente que fueron sus hermanas, y ser "tranquilo" como ellas. El odio que le producen como rivales interfiere en sus relaciones amorosas con ellas.
Allí se debió jugar su placer masoquista, aniquilatorio, cercano a un deseo suicida, ya que no solo no pone límites sino que crea situaciones en las que Carmen cada vez irrumpe más, hasta que provoca el quiebre en su análisis. Paradoja interesante, lo había enviado porque se quería "deshacer" de él y termina atacando y logrando que haya un cambio de analista, en un momento donde él insistía en que estaba muy mal. Su identificación con los animales había llevado al médico a creer que podía tener brucelosis. (descartado posteriormente: era la angustia)
La muerte del padre marca un momento muy trágico en la vida de Facundo. Hacía cinco años de esto. Adulto y padre de dos hijos, la situación tuvo para él una intensidad traumática.
Su padre era: "grandote y gordo. Había sido agrónomo pero hacía diez años que no ejercía por problemas de corazón: No se enfermaba nunca pero se agitaba mucho. Se llevaba mal con Cristina, pero era difícil saber qué pensaba. Respetaba mucho, pero un día dijo: ¡Que babieca!".
"El fin de semana que tuvo el preinfarto yo estaba en el campo con Cristina y los chicos. Al llegar habían dos telegramas." (Vivían en la provincia y los padres en la Capital) Lo fue a ver, estaba mejor, pero tenía zumbidos en los oídos. "Salió, volvió a su casa, pero andaba muy nervioso por problemas económicos. Se angustiaba. Decía que no servía para nada, que era un fracasado, que si hacía sombreros salían los chicos sin cabeza. No sé si a papito le amargaba lo económico o que no se sentía realizado, pero tenía resuelta su vida afectiva. A mí lo que menos me interesó es a lo que más me dediqué, en cambio no tengo resuelto lo afectivo".
Cuando "se terminan de casar los hijos, mis hermanos", al año siguiente muere. Tuvo otro infarto. "Yo me había roto los dientes jugando al pato, hubo que hacer una coronariografía, yo le resolví todos los problemas a él. Fui a ver a Favaloro, conseguir sangre, todo. Yo creía mucho en la técnica. Me pidieron a mí la decisión de operar. Yo dije que no podía:-"Yo soy paciente, dije". Decidieron todo y yo respondí. Yo dije sí, pero ni sabía, sólo conseguí todo."
"El día de la operación llegué tarde, le había dicho el día antes que lo tenían que operar. Yo estaba cortado y me dijo que era un animal. Nos reímos. Lo tranquilicé, le dije que era una pavada, que se la podíamos hacer en la veterinaria. Le expliqué la operación. Lo llevaron y no salió, pero duró un día más. Sentí que no lo había saludado. No salió nunca de la anestesia, en el pasaje a la bomba lo descerebraron. Yo quería seguir tratando, no entendía. Lo tuve que ir a reconocer a la morgue. Pensé que lo había matado, me quedaron las palabras del médico: "¿Ud. lo quiere operar?". Justo un mes antes había conocido a Carmen, había prometido dejarla si el viejo se salvaba."
Aparece en el relato el motivo de consulta: angustia ante la toma de decisiones. Pero también la culpa: a él por tomar la decisión y al equipo por actuar. Tener cabeza, tomar decisiones, aparecen como causa de que alguien pierda la cabeza y la vida. La inercia, la desvitalización se ofrecen como modelos de vida por el padre: "no agitarse" para sobrevivir. Ideal de pasividad como modelo, unido a la preferencia por las nenas, más "tranquilas", lo excluye a él que con su actuar "causa catástrofes".
Sin embargo él se recupera, recupera su cabeza, cuando dice que cree en la técnica (él es un técnico de alto nivel) y que soluciona todo lo posible. Pero no puede aceptar que la vitalidad no se otorga, es una transfusión que no pudo hacerle a su padre.
Fachada y funcionamiento masculino quedan atacadas desde su identificación con lo pasivo del padre. La mujer que lo requiere, ya sea al estilo Carmen o Cristina, lo angustian porque no puede acudir. Se tiene que quedar con "papito". No es verdad que le fue bien en lo que menos le interesó, eso lo dice a un interlocutor externo para aplacar la
envidia, porque la libido ayudó a esa consecución. El padre, obeso, agitado, impotente laboralmente, debió ser una personalidad abúlica, de placer en la pasividad con la queja consiguiente. El "se ocupa de todo", soluciona, toma un rol masculino y potente pero es atacado desde el padre como "animal". Y por el amor a este padre él desearía ser "más tranquilo".
Muchas veces, al llegar a sesión hacía el chiste: "Aquí estoy, a tu disposición, soy tuyo". Su creencia en la técnica es una recuperación de esa cabeza, pero se vuelve "paciente" ante ella, salvo con los animales: "En la veterinaria las decisiones de lo que hay que hacer las tomo yo". El padre lo trata de animal y entre ellos es potente. Es el hiperkinético, el bruto, el intempestivo. Sin embargo también un teórico brillante en lo suyo, pionero de nuevas prácticas, profesor universitario muy apreciado y buen lector.
Presenta su masculinidad, su atracción por y para las mujeres como una cárcel creadora de conflictos. Relata una situación, con humor pero mucha angustia, que escenifica su drama (y me crea un anudamiento confuso). Iba a caballo con un amigo, divirtiéndose mucho, y se cruzan con dos mujeres en auto. "Se fue todo al diablo, ya te imaginás como terminó la cabalgata. Creo que lo mejor que podrías hacer por mí es mandarme a castrar a la veterinaria".
La promesa de dejar a Carmen como opción de la vida del padre no puede menos que remitirnos al Hombre de las Ratas , donde el conflicto entre ser la mujer del padre o tener su propia mujer fue analizado por Freud. Es esa pasividad femenina la que irrumpe en el tratamiento como resistencia a la cura, en la figura de Carmen, que se presta a actuar por él.
"Yo les creo dependencia: cuando trabajo las cosas salen bien, entonces me llaman y no puedo decir que no o mandar a otro". Se justifica así de ser requerido aún en situaciones donde tendría que delegar para atender problemáticas de más sofisticación. Y eso lleva a la saturación y a arruinar la relación laboral, porque su único modo de zafar es "cagar" la situación.
Saturado, cagado, y él como sujeto pasivo ante ello. Tampoco puede decir "no" a las mujeres, siendo muy habitual que estropee situaciones laborales por conflictos de esa índole. Provoca que las cosas "pasen", se declara siempre culpable, pero no puede organizarlas. Y se le arruina el placer de conseguirlas aún cuando las desee, como a Carmen.
"Pero si me organizo empieza la rutina y me aburro". Es la otra cara de la angustia. El aburrimiento, como afecto a soportar, más cercano a la muerte. Adjudica a la realidad la incapacidad de generar lo nuevo, que es patrimonio de lo psíquico. Allí comienza la asfixia, en ese pasaje donde la función paterna no lo rescató enviándolo a construir su propio mundo de significantes que lo representen: su padre lo condena a ser un "animal", le niega el lenguaje.
Pero el habla materna, la lengua originaria para expresarse, recuerda que de su madre sólo puede decir: -"Es snob, fría, abolenguística". Esto encuentra su decir en la palabra "babieca" que el padre lanza sobre su mujer. Es a ellas a quienes se les quita su capacidad pensante, o deseante, que Facundo reclama para convertirse en sujeto. Y por eso, ante el deseo en la mujer elegida, se angustia. No tiene argumentos con ellas, como deja sin argumentos también, y si no intermedian las palabras no hay separación entre lo que Lacan llama S1 y S2. No hay un sujeto que se exprese ante otro sujeto, separados por los significantes que eligen para que los representen. Por eso la angustia le exige la decisión de "separarse", pero no de una pareja, sino de esa historia edípica.
Facundo sabía que andaba a caballo. De la afición a ellos podían enterarse los pacientes por adornos en el consultorio. También había dos perros, pero no se le ocurrió regalar otro, en cambio regaló un caballo: su caballo.
Cuenta que "el pobre está abandonado en el campo", porque ya no lo monta, le da mucha pena, necesita dueño. La identificación es obvia, y la proyección de su pasividad, pidiendo dueño, conmueven. Le digo que no lo puedo aceptar, nos enredamos en argumentos que él desvaloriza como "formales", y quedamos en seguir hablando de esto a la espera de aclarar significaciones. Sin embargo precipita las cosas al comentarle a Carmen que lo había regalado y su decisión de enviarlo. Luego viaja, en uno de sus múltiples trabajos en el interior.
Antes de su sesión siguiente habla por teléfono para saber si yo lo había ido a buscar, y para decir que no lo hiciese porque se le había armado un lío con Carmen. Le aseguro que no lo voy a hacer y que no había pensado hacerlo, y espero a enterarme más cuando viene, realmente incómoda. Cuenta entonces que al comentar su decisión, Carmen se había indignado porque ya se lo había regalado a ella anteriormente. De hecho el animal estaba en su campo. El está muy triste, ajeno a su participación en la furia de ella sobre mí, identificado con su caballo solo y triste en el campo, que "ella nunca lo montó y ni siquiera lo reconoce".
Me veo puesta en el lugar de la que tironea de él representado en el caballo, con otra mujer. Cristina y Carmen aparecen en escena en un acto transgresor que me barre como analista y me pone a actuar en el mundo sin mi consentimiento. Cuestiono si niego protagonismo, como él, y provoco efectos no buscados. Eso me hace tomar la decisión del corte. Mi cabeza estaba en juego, no quería perderla, quedar descerebrada en algún "paso".
"Soldado que huye sirve para otra guerra", me dijo él en broma, cuando el momento crítico (porque fue muy crítico), se había superado. Me agradó su reconocimiento de "huida" porque era cierto: cuando el lugar de eficiencia se pierde, es mejor dar un paso al costado aceptando los propios límites. La metáfora del caballo viene a cuento: era un pura sangre, de polo y pato, mucho brío para esta jinete, aquí más bien amazona. (Diferencia que se ha perdido pero los criollos conocen: montar amazona o jinete implica a horcajadas o de costado, no hace a la diferencia de géneros pero los hombres no montan amazona).
Todo fracaso es una afrenta narcisística. La fascinación ejercida por Facundo en su esfuerzo de agradar no me encontraba inmune y era un obstáculo difícil de reconocer. La atracción del "pura sangre" impedía operar con el abandono. Su propio señuelo con las mujeres lo "abandonaban en el campo".
El caballo finalmente murió de abandono afectivo, como suele pasar con los animales domésticos que sus dueños desatienden, y él no dejó de pasarme la factura por ello. Pero él tiene otra chance, si encuentra quién sostenga y analice su demanda.
Hace ya diez años de esto y creo que el tiempo ha ayudado a Facundo. Se ven las secuelas de la cura silvestre que neuróticamente eligió. No aceptó derivaciones, se refugió en cierta "ortodoxia" analítica que critica, ha recurrido al aislamiento y a restricciones profesionales serias para evitar el surgimiento de la angustia excesiva. Pasó del extremo de no poder renunciar a nada a limitarse casi monásticamente. Lamento profundamente no haber podido ayudarlo.
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Last updated 13.11.2003