Sería
impropio pensar que en un mundo lleno de semejantes, personas que hablan y
tienen su opinión acerca de las cosas, guardan hacia los otros un sinónimo de
igualdad.
Es
de extrema curiosidad observar cuanto la similitud de algunas palabras, en
diferentes idiomas convergen a lo convenido; más otras cambiando consonantes y
vocales se aproximan al mismo sentido.
En
cambio, para quienes su lengua natal debe cursar una narración a distancia de
su origen, tal vez sólo transforme esas palabras en sonidos de oscuros
contrastes.
Pues,
hay signos de extrañeza entre los que hablan.
Comprender
y me atengo al diccionario de la Real Academia, “es encontrar naturales los
actos o sentimientos de otros”. Sin embargo esto nada indica que sean
comprensibles; y si bien sabemos, atenernos a la comprensiva propuesta nos
colocaría súbditos de la Realeza Académica.
Comprender
o entender algo tiene su porción de riesgo, sobre todo, cuando esta tarea, a la
que tendemos ajustarnos, trata en sí de generar alguna pregunta por la letra.
Entonces
por fin comprendemos que se trata de un acto de pensamiento y al ser, nuestro
punto a tratar, somos justo allí donde no somos.
Recordamos
al pensar en la lengua: primero que no sólo es un órgano musculoso que
articula sonidos y palabras, a cuya destreza se le orienta en el sentido que
convenga.
Sino, que produce efectos de
angustiosa interpretación, desde donde los pensadores en investigaciones científicas
sostuvieron su teorización organicista acerca de las psicosis.
Son
estos mismos enfermos, que nos presentan su lengua incomprensible hablada por
otro al que no encontramos natural ni en sus actos, ni en sus sentimientos,
leídos por románticos y agitados estudiosos con imperiosas necesidades
académicas; clasificando episodios con paciente agudeza e impecables
descripciones.
A ellos debemos los términos que
se enlazan a preciosas observaciones, tales como, demencia precoz, delirios
pasionales, de persecución o reivindicatorios, ofreciéndonos un verdadero
efecto de lectura, que para el psicoanálisis sólo ocuparía un título a
descifrar.
“Comprendo
- dijo Socrates – y acepto tú explicación. Pero dime: No crees que hay una
idea de semejanza en lo abstracto, y otra idea de desemejanza, opuesta
a la primera, y que tú y yo y todas las cosas que llamamos Muchos
participan de las dos?
Interpretamos
que el fenómeno psicótico deviene un efecto del lenguaje, el trastorno de la
palabra, el lenguaje enfermo, la enfermedad de la lengua ostenta causalidad psíquica.
Desde
ya que amplificar nuestra pobre comprensión, encuentra basamento en una premisa
de semejante envergadura.
Así
entiendo sobre los fantásticos relatos, armados como retazos de tela sobre un
atuendo de payaso, condicionan en su esencia el fenómeno de la locura.
Fenómeno
abrumador para la conciencia
de la cultura justificando la razón científica de someter una psique
enferma, a una internación con aislamiento del alienado.
Acaso
no existe de por sí, una privación de su libertad en el proceso mismo de la
enfermedad que lo afecta?
La
cultura, indicador no cuestionable a un discurso que se detiene justo allí, en
el desfiladero de preguntas sin fin, condiciona a un deslizamiento que el mito
sagrado coloca en el origen, sancionando condenas inquisidoras a los renuentes
herejes.
“El
Alma y el Diablo habían nacido el uno para el otro. La respuesta a esta
desesperación profunda, el crimen de los poseídos”. Son palabras de Michelet
en su obra “La Bruja”, un estudio de las supersticiones en la Edad Media.
Sólo
algunos siglos de supremacía sagrada antecedieron a la ciencia.
Es
el amor pasional del inquisidor sobre la atractiva mujer que habita en el
bosque, entre la naturaleza y los placeres terrenales, el que interpreta si el
diablo ha sabido meter su cola en aquella criatura?
En
el nombre de la ciencia un coto a la locura debía dársele y cercana la segunda
mitad del siglo de las predicciones, el advenimiento de los psicofármacos. Químicos
con efectos sobre distintos grupos neuronales y la inervación de los músculos,
la voluntad y el sueño también podían ser farmacológicamente dirigidos, o
abolidos incluso.
Este
es el punto donde se produce un giro hacia una nueva dirección, la psiquiatría
como ciencia y parte en la locura le hecha el guante al rostro del pobre
desquiciado; aceptando todos sus efectos indeseables más allá de los terapéuticos
prometidos.
Ni
la química, ni la electricidad o la insulina pudieron remover sus exabruptos de
pasiones. Todos juntos pero con diferente razón, conviven en el internado.
Hay
una recrudescencia estertorosa en el romanticismo científico, al elevar a la
categoría de tecnología moderna las brillantes puntuaciones en las
descripciones delirantes.
El
atractivo tal vez se perdió en aquellos megalomanos que se afirmaban sucesores
de Napoleón.
Evidentemente
sólo un trabajo de elucidación que diferencie el orden fenomenico, de una
organización más allá de lo aparente, permitirá la apertura necesaria a la
escucha del fenómeno en el lenguaje.
Un
sujeto que habla de acontecimientos con una valorización especial para él,
sometido a una privación simbólica universal. Alguien sujetado a la
consistencia de un Otro imaginario, malvado e insistente, qué podría
despertarnos?
Para
la Psiquiatría hoy, el retrato delirante es un defecto a eliminar.
Esa
presencia armada en pura apariencia, como esculturas que rebalsan sus bordes,
expulsan su interior constituyéndose ellos mismos en puros ornamentos.
Interpretar,
implica para el sujeto, la adhesión teórica a un conjunto de significaciones
que cambien la configuración del orden y el tipo de las relaciones antes
existentes.
Nos
encontramos frente a una verdadera sorpresa neurótica, pensar un reordenamiento
del alma enferma a través de su producción delirante?
Construimos
nuestras propias teorías acerca de un origen, siempre mítico, siempre con el
alma capaz de entender o sentir la información de un cuerpo, cuyo crecimiento
se produce desfasado en tiempo cronológico.
Es
la locura un cuerpo sin alma? o su particular teoría desalmada es hablada por
una lengua desconocida?
Sus
sueños, similares a otras almas que sueñan, exaltarán sus angustias cuando le
sean interpretados en una súbita precipitación.
Hay
un texto de una sensibilidad especial, su título “ El Infarto Del Alma” de
Diamela Eltit. Es un diario de viaje por las cordilleranas tierras de Chile, en
dirección al hospital psiquiátrico del pueblo de Putaendo, antes asistencia a
enfermos de tuberculosis.
En
él, habitantes de un internado mixto se agrupan de a parejas.
La
intensidad pasional en una armónica narrativa es poéticamente reconocida,
llevando hasta el límite un acto de tanto impacto como es el amor de los
habitantes del internado, restringidos en su libertad y aún expresando su
tendencia a imitar las relaciones al otro.
Atavismo
de una escena inconsciente que padecen como la internación al síntoma de amor,
ese amor a la enfermedad encarnado en un bacilo que contamina a otro, que también
es el otro de la locura.
Es
clara la propuesta que la trama vierte sobre los afectados, coincidiendo en algún
trato a la enfermedad mental, que no convierta sus actos, sus palabras, sus
movimientos respiratorios en un rechazo para quienes escribimos acerca de la
dasalmada lengua.
Pues
hay un real en el infarto del alma, que le habla a un cuerpo como ese doble que
ama aquella pasión desenfrenada en delirio de amor.
Inmersa
en un mundo fronterizo, la autora se sumerge en el intento de captar algo, un
afecto, un efecto, una respuesta a la catarata de estímulos que provoca la
dicotomía presencia-ausencia.
Visitante
de un mundo abyecto en donde la inexistencia y el anonimato enfrentan la común
doctrina de la realidad, creada por razonantes mentes.
Es
la certeza el signo de amor del alienado?
Que
el desconocimiento frente a la locura proponga una búsqueda, sea el
desencadenante de éste nuestro disturbio, fascinante seducción investigadora
generando preguntas dirigidas a los poseedores de una lengua desalmada, única y
compleja que nos ubica una necesidad de
saber
que sólo el alienado puede responder.
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