La confesión de la cultura moderna y una cultura verdadera
¿Por qué el hostigamiento impiadoso de Nietzsche a la cultura moderna? ¿Qué circunstancias han acontecido que quiere desatar una lucha implacable contra ella? La cultura moderna ha hecho su propia confesión.
Una cultura mide su valor de verdad en la lucha que entabla contra ciertas fuerzas que se le presentan como antagónicas. En tanto sea eficaz, es decir, capaz de producir ciertos efectos frente a la otra, esa cultura será verdadera. Las relaciones entre culturas no son más que pruebas de fuerza entre ellas por disputarse la mayor producción de grandes efectos. Así demuestran su mayor eficacia, y por ende, su mayor verdad. Pero no podrán iniciar ninguna disputa si no poseen antes un fuerte pathos de lucha. El valor de aquello por lo que se lucha determina la grandeza o bajeza de la lucha. Los valores son las imágenes que expresan las diversas cualidades de las fuerzas vitales. Cumplen el rol de ser una especie de objetivación de los movimientos de la vida que se van detectando en sus diversas facetas dinámicas. La lucha entre culturas es la lucha entre distintos tipos y grados de vida. El pathos de la lucha por la cultura aparece cuando cierto tipo de vida de cierto valor se considera a sí mismo como una necesidad. Ninguna cultura viene dada en la existencia; luchar quiere decir concentrar las fuerzas necesarias para crear cierto tipo de cultura.
Esa concentración supone una capacidad de conduccción de las fuerzas típicas y una capacidad para dominar y domeñar las fuerzas extrañas a ellas. Toda cultura es la manifestación de cómo ciertos impulsos vitales se despliegan a sus anchas y otros son controlados, domeñados. Toda lucha siempre es productora de efectos. En la lucha por la cultura, tal como Nietzsche la concibe, el mayor efecto a producir es la revelación de la verdad trágica, el juego de los impulsos apolíneo-dionisíacos, que tiene en el arte trágico su máxima actividad, y en la vida del genio el máximo tipo de vida, quien resume en sí todos los sufrimientos de la naturaleza. De aquí, entonces, que la cultura verdadera consista en instaurar el gobierno del arte y en establecer las condiciones políticas y los métodos pedagógicos necesarios para que se produzca la aparición del genio popular.
Si la lucha por la cultura se aprecia en la lucha de valores (vitales) la perspectiva de la cultura trágica frente a la cultura moderna será: allí donde los modernos satisfacen el deseo de "saber", los trágicos quieren el "poder"; allí donde los modernos se llenan de "sapiencia", los trágicos insertan una "potencia", puesto que la índole de toda cultura es siempre dar testimonio de la vida (UB I, p. 162). Pasa que "se olvida el camino que lleva de la intelección a la vida, del conocer al poder, de la información al arte (...)" (Bd.7, NF, 1873, 26/18/, p. 584). La cultura moderna es el gran suceso de ese gran olvido...
La cultura moderna -como Nietzsche la observa- se caracteriza por la aceptación de diferentes estilos culturales sin ninguna selectividad. Presenta, además, un desmedido interés por el saber, movido en apariencia por un fin especulativo pero que termina orientado hacia la profesionalización del trabajo. Justamente Nietzsche considera que "una yuxtaposisión y una superposición grotescas de todos los estilos posibles" torna inviable que una cultura pueda triunfar sobre otra, lo que hizo inviable, particularmente, que el triunfo de Alemania sobre Francia se pudiera capitalizar como un triunfo de la cultura alemana (UB I, p. 163). El amontonamiento de diferentes estilos que carece del poder para unificarlos de acuerdo con una forma original, selectiva, pone en evidencia la más absoluta impotencia creadora de la cultura moderna, a pesar de creerse poseedora de una gran sensibilidad receptiva.
Un estilo verdadero es aquel que contiene formas y exigencias con poder para producir arte apolíneo-dionisíaco, trágico, único que puede conceder una verdadera unidad de estilo, ya que ambos impulsos se necesitan mutuamente y no pueden excluirse, pues, de lo contrario, se espera la aniquilación por la falta de unidad. Si sólo primara el impulso apolíneo el mundo sería un sueño que al menor contacto con la realidad provocaría una desesperación insoportable. Si sólo primara el impulso dionisíaco la realidad sería un torbellino imparable que tragaría toda posible realización. La verdad tiene que ser conferida en la unidad. La visión trágica concibe la confluencia, la lucha y la reconciliación del impulso apolíneo con el dionisíaco en la obra de arte.
El estilo de una cultura es la imagen estético-axiológica que expresa el poder de las fuerzas vitales y refleja la distinción entre lo que ese poder conduce y lo que domeña. Cuando el estilo de una cultura forma un centro o núcleo de poder ese estilo tiene unidad. Alcanzada la unidad es posible la conducción de las fuerzas típicas de un pueblo y la dominación de las extrañas. Recién en ese momento puede afirmarse que una cultura posee "coherencia interna" y que puede erguirse frente al resto del mundo como una "necesidad". La cultura moderna está condenada a la más absoluta "incoherencia" consigo misma puesto que "ha desaprendido a distinguir lo vivo de lo muerto, lo auténtico de lo inauténtico, lo original de lo imitado, Dios de los ídolos, y ha perdido el instinto (Instinkt) sano, viril, de lo real y de lo justo" (UB I, p. 241).
De todo esto, Nietzsche saca una sola conclusión y él también ante la cultura moderna se confiesa: "La cultura moderna tiene que perecer" (UB I, p. 241).
De las ventajas y desventajas de los estudios históricos para la política
La lucha por la cultura se enciende cuando se declara que lo grande debe ser eterno (PW, p. 756). Esa lucha se libra también en la arena de la historia. Lo grande no es lo eterno de por sí, ni lo eterno es la supresión de todo tiempo. La eternidad, más bien, comienza como una tensión entre lo histórico y lo no-histórico por la cual se puede asimilar lo histórico por encima de su propia historicidad (lo supra-histórico).
La verdad de una cultura consiste en la instalación en el presente de todo aquello grande ocurrido en la historia para ser realizado por su dimensión de eternidad, similar a una antorcha que nunca se apaga. Una cultura verdadera capaz de mantener eternamente encendido el fuego de la antorcha de lo grande, a fin de que ilumine siempre el contraste con los fugaces hábitos culturales de moda.
¿Cómo sirve la historia a la política? El rasero desde donde se mide la relación es la vida como acción. La historia tiene valor en cuanto productora de efectos (Wirkungen), es decir, en cuanto puede ejercer alguna "influencia sobre la vida y la acción" (UB II, p. 285). La historia producirá "efectos" trascendentes en tanto sea capaz de despertar la lucha por instaurar un Estado que realice la verdadera cultura, es decir, complete la obra de la Naturaleza mediante la producción del genio.
Puede formularse un saludable proyecto político, un saludable proyecto de Estado, si se alcanza una certera comprensión y cooptación de la historia. La historia brinda experiencias vivificantes que pueden ser de más utilidad al hombre de Estado que al estudioso, al "científico" de la historia. ¿Estará el hombre de Estado mejor preparado para recibir e interpretar los mensajes de la historia que el científico, ya que éste sólo se limita a recopilar y juntar "datos" y a explicar "hechos"? El hombre de Estado puede extraer una buena dosis de verdad de la historia si se vale de su sentido no-histórico, es decir, si lleva a la práctica política cierto poder de olvido, como Nietzsche lo define: "Con el término de 'no-histórico' designo el arte y la fuerza de poder olvidar (...)" (UB II, p. 330). Lo no-histórico es un cierto poder de olvido que permitirá que lo histórico se eleve a la dimensión supra-histórica tornando a lo humano más primordial y verdadero.
El Estado moderno se toma a sí mismo como fruto maduro de la justicia del pasado, o sea, como si el pasado encaminara inexorablemente a producirlo, reuniéndose en él las formas más altas de la civilización humana. Cree que debe promover la satisfacción de todas las necesidades, pero lo que ha hecho es desviar las "auténticas necesidades" de los pueblos organizados según su modelo. Esas "auténticas necesidades" son la manifestación de una cultura recia y potente, que vuelca su caudal vital en el mar de la lucha por sí misma y que en dicha lucha imparte su justicia en el universo a partir de la consciencia de que la vida genera una constante injusticia, que vivir es una gran injusticia. Como afirma Nietzsche: "Se necesita mucha fuerza para poder vivir y poder olvidar en qué medida la vida y el hecho de la injusticia (ungerecht) son una misma cosa (...)" (UB II, p. 269). El Estado moderno se aferra a la historia porque prefiere ignorar el carácter trágico de la vida.
El Estado trágico, en cambio, sabe que las "auténticas necesidades (ächten Bedürfnisse)" de los pueblos no pueden descubrirse según el método de la ciencia histórica o del método científico en general. También que si todas las necesidades individuales fuesen resueltas la vida misma se autoaniquilaría. El Estado trágico parte de la premisa de que el mundo tiene un curso por seguir, que es preciso que siga su marcha y que tiene que ser conquistado en la lucha (UB II, p. 317). El Estado trágico abraza la lucha por la cultura, reagrupando y rearmando los más profundos, poderosos y típicos impulsos de un pueblo con el propósito de convertirlos en una auténtica necesidad cósmica. ¿Acaso la historia podrá mostrar los verdaderos impulsos de los pueblos? ¿Servirá a la política y al Estado para ayudarlos a distinguir los impulsos verdaderos de los espurios, entre los que sí y entre los que no se puede construir una verdadera cultura? ¿Cómo el Estado se apropiará de las potencias supra-históricas para conferir una voluntad de eternidad a todo lo grande que se encuentre en los acontecimientos históricos?
Para comenzar, el verdadero hombre de Estado debe poder reconocer la fuerza plástica (UB II, p. 251) de su pueblo, mediante la cual puede desechar las cosas del pasado que más le han afectado como también incorporar las más gratificantes; para ello debe poseer "la facultad de olvidar en el momento oportuno así como de cuándo es necesario recordar el buen momento" (UB II, p. 252). Tiene que saber convertir al Estado en el enaltecimiento de esa fuerza plástica, saber devolver al pueblo lo histórico en acciones de espíritu supra-histórico. Tiene que guiarse por un "instinto vigoroso (kräftigen Instincte)" (UB II, p. 252) que le permita delimitar aquello de la historia que pueda abarcar con la mirada, aquello que pueda y valga la pena asimilar de ella, dejando lo que está fuera de sus posibilidades de visión y de realización.
Cada acción del Estado es una obra de la cultura que se basta a sí misma, atrayendo sobre sí a la naturaleza toda, al mundo que ya está terminado en cada una de esas acciones: "El mundo está terminado y alcanza su fin en cada momento (¿acción?) particular" (UB II, p. 255). La historia para ser verdadera siempre tiene que responder a un poder superior, que sea para ella, su conductor y su dueño (UB II, p. 257). Ese conductor y ese dueño, en nuestra opinión, debería ser el Estado. En la promoción de la lucha por la cultura, que es tarea del Estado (trágico), la historia encontrará su verdadero servicio a la vida. Se tiene necesidad del pasado, dice Nietzsche; el Estado tiene necesidad del pasado, afirmamos nosotros. Lo necesita para estimular, en su lucha por la cultura, la voluntad de los luchadores. ¿Y cómo sirve el pasado a la lucha por la cultura?
En cuanto historia monumental, como una galería donde se agolpan los ejemplos de los grandes "maestros" (UB II, p. 258) de los grandes estadistas, de los grandes Estados, de los que tiene necesidad aquél "que participa en una gran lucha" (UB II, p. 258) para sostenerse en ella, en tanto no encuentre en su presente compañeros de ruta proporcionados a su acción y a su poder. Toda acción política que se estime a sí misma como grande, al depositar su mirada en la historia monumental, revive, refuerza y afirma las grandes acciones pasadas a las que imita en su propia acción presente, para colocarse como un eslabón más en la larga cadena de los grandes experimentos políticos. El Estado participa de una cultura verdadera en tanto sea consciente que se encuentra ligado a los grandes ejemplos de la historia a través de sus acciones conducentes. La misión del hombre de Estado será ejecutar las acciones políticas que hagan del Estado que conduce la más bella representación de la lucha por eternizar lo grande. Deberá ensanchar la cultura en su más bella apariencia y en su voluntad más encarnizada y dura, queriendo eternamente lo mismo. Su misión debe volverse necesidad de un pueblo, meta para su vida y verdad para su cultura. La historia monumental enseña a despreciar lo bajo, lo chato, lo inmediato.
En cuanto historia anticuaria, para que las acciones políticas conserven las características propias de cada pueblo provenientes de su remoto pasado. El Estado tiene que proteger las costumbres ancestrales que perduran más allá de cada individuo. Esta es una manera - dice Nietzsche - de saludar "al espíritu del pueblo" (UB II, p. 265), que se reconoce en la política que lo venera. Es un buen consejo para las corrientes políticas modernas "progresistas" que corren tras el último grito de la moda social, tras el pretendido avance cultural, sin detenerse siquiera en sus virtudes raigales. La política aprende de la historia anticuaria a realizar acciones que perduren, que echen "raíz", que sirvan para que los pueblos afirmen y reafirmen sus costumbres. El Estado, en consecuencia, debe arraigar lo grande para que se convierta en "monumento" del pueblo.
En cuanto historia crítica, el hombre de Estado debe poseer un impulso de aniquilación. La aniquilación forma parte de la justicia cósmica. El Estado es el medio de que se vale el Universo para imponer su justicia en la esfera de lo humano. El Estado también corresponde al mandato trágico de que todo lo que vive tiene en algún momento que perecer. La historia crítica enseña al hombre de Estado a suspender el olvido. Lo puede hacer, por caso, ante la consciencia de que la existencia cuando produce injustamente "castas", "privilegios", "dinastías" (UB II, p. 270), puras "ficciones" o "mentiras" sociales que únicamente sirven para tener bajo control la lucha de todos contra todos dentro del Estado. Nietzsche afirma en este sentido: "(...) queda claro qué injusticia puede llegar a ser, por ejemplo, un privilegio, una casta, una dinastía... es decir, en qué medida esta cosa es digna de entrar en su ocaso (Ding den Untergang verdient) (...)" (UB II, p. 270). La injusticia que guardan las cosas mencionadas, tienta, impulsa al hombre de Estado a destruirlas a fin de impartir justicia, restableciendo el orden cósmico.
De los tres tipos de historia se concluye que habrá una verdadera cultura cuando impere la vida y no el conocimiento, porque la vida selecciona y descarta, acepta y rechaza, recuerda y olvida de acuerdo con su necesidad. El Estado es el ámbito donde se libra la lucha de todos contra todos para triunfo de una cultura verdadera al servicio de la vida misma. Para que la lucha por una cultura verdadera sea posible efectivamente y no se devore a sí misma, el hombre de Estado pone límite y medida (según un impulso apolíneo) a las fuerzas que luchan, ejerciendo su poder de conducción y dominación, a fin de que, de la lucha entre esas fuerzas, produzca como resultado las formas ideales de la especie humana (el genio) (UB I, p. 195). El Estado es la reunión de la apariencia apolínea y la voluntad dionisíaca, destinada a la lucha por la cultura en pos de la producción del genio. El hombre de Estado debe entregarse al Estado que gobierna, y por su intermedio, a la Naturaleza, que le marca la norma.
El hombre de Estado tiene que redimir a la comunidad que dirige dando unidad artística a todos los movimientos vitales de su pueblo. Su máximo objetivo político debe consistir en lograr que el pueblo viva su vida como una obra de arte mediante la ejecución incondicional de su estilo típico y logre transfigurar, gracias al arte, las omisiones de la naturaleza a fin de llegar a producir la mayor obra artística, la figura del genio.
La política se familiariza así con la verdad en la construcción de una verdadera cultura. Los hombres de Estado que implanten una cultura verdadera serán aquellos capaces de construir un Estado como si fuera una obra de arte, que puedan moldear artísticamente las formas de vida de un pueblo en una unidad según el estilo propio. El hombre de Estado se pone en camino de una cultura verdadera cuando sus acciones se realizan manteniendo una unidad de estilo. Esa unidad de estilo cumple la función de ser adecuada representación exterior, como bella apariencia, de la interioridad de un pueblo, entendiendo ésta - a nuestro criterio - como la ávida voluntad de querer realizar desde la nada las más altas formas de vida, procurando encubrir, es decir, que no se haga perceptible, la desmesura con que la voluntad se mueve hacia el cumplimiento de su meta al que, al mismo tiempo, le pone límite.
La cultura moderna se desentiende del proceso de maduración de los pueblos y de los Estados. Está preocupada por el "momento actual" y las urgencias de "nuestro tiempo". No admite que todo lo pasado puede acontecer en un segundo y que un segundo posterior no añade nada al anterior. Ha puesto todo su esfuerzo en estar a disposición del trabajo productivo, de la utilidad económica, sin preguntarse qué grado de madurez se requiere para empresas de ese tipo. La cultura verdadera, trágica, va tras lo grande; la cultura moderna corre tras el éxito, tras el progreso.
La cultura moderna recibe y acepta todo sin efectuar ninguna jerarquía, ninguna selección, incapaz de librar una lucha contra sí misma por miedo, cobardía o agotamiento. La cultura trágica no monta decorados. Quiere sí la armonía de la apariencia que encubre bellamente la voluntad abismal eternamente activa. El Estado que asuma una cultura trágica deberá ejecutar en algún momento no previsto las siguientes acciones políticas: activar, destruir, encadenar, ordenar, castigar, desplazar. Y sobre todo aprender de la vida, nunca dejar de tener presente la experiencia de la vida, cuyo más grande exponente es el genio.
El genio como experiencia política y la razón de Estado
¿Es posible detectar en el genio una experiencia vital trágica de tal magnitud que pueda el Estado recoger como la experiencia política por excelencia, fundante de una verdadera cultura? Genio es aquél que es agitado por un deseo arrollador (UB III, p. 358), por una fuerza impetuosa que de no encontrar terreno fértil donde germinar, puede estallar en un hondo sufrimiento y en una amargura explosiva.
El genio muestra signos de luchar por una verdadera cultura cuando lucha contra el tiempo que le ha tocado vivir; debe combatir contra sí mismo al sufrir superlativamente las grandes enfermedades espirituales de su época. Lucha contra sí mismo porque se debate entre entregarse a una voluntad vertiginosa que no concede respiro y el renunciamiento a esa voluntad. El genio - Nietzsche menciona en particular al filósofo - tiende a evadirse, no soporta la realidad cultural que lo rodea y quiere cuanto antes que aparezca una nueva forma de cultura. ¿No es esa la tarea del verdadero hombre de Estado? ¿Acaso no es el tiempo de la "revolución de los genios", no es el tiempo de empezar a concederles preferentemente la palabra, en vez de ese discurso vacuo, plagado de lugares comunes, con entonación seudomoral que esgrime nuestra "opinión pública"? El genio percibe la pureza y la impureza de las cosas despreciando su convivencia promiscua. Es acosado por las preguntas más crudas ante las que tiene que ensayar una respuesta veraz: "¿Cuál es el valor de la vida?", "¿Puedes justificar en el fondo de tu corazón esta existencia?, ¿te basta?, ¿quieres ser su abogado, su salvador?" (UB III, p. 363).
Se han fundado desde el comienzo de la humanidad muchos Estados, dice Nietzsche, pero advierte que ninguna filosofía debe creer por eso que un acontecimiento político dará solución al problema de la existencia. Rechaza la idea de que una "innovación política (politische Neuerung)" pueda constituir hombres felices de una vez y para siempre (UB III, p. 365). Pero el Estado moderno sí se cree en condiciones de proporcionar la felicidad, el "bienestar", a los hombres, lo que lo ha llevado a considerarse el fin (Ziel) más grande al que puede aspirar la humanidad, para lo cual lo mejor es convertirse en su más seguro servidor (UB III, p. 365). De esta forma se supone al Estado como poseedor de una razón -de Estado-. El Estado trágico, en cambio, es fruto de una necesidad (Nothwendigkeit) -de Estado-, es el medio al que recurre la Naturaleza para crear por su intermedio una cultura con suficiente poder para generar el genio, única posible "redención", dado el escaso valor de la existencia humana ante la comprobación de los muchos resultados fallidos que la Naturaleza produce. El Estado es requerido por la Naturaleza debido a la situación penosa, pavorosa, apremiante en la que el hombre se debate (GS, pp. 770-771).
Una cultura verdadera tiene que luchar por imponer lo eterno entre individuos que están preocupados en construir y sembrar únicamente para ellos y para el estrecho tiempo en el que viven, ignorando totalmente el futuro y las generaciones venideras. Corren tras el "éxito" que no tiene vocación de eternidad. Nietzsche, inspirándose en el hombre de Schopenhauer, indica el camino hacia una cultura trágica, no moderna, que sepa sacar partido del sufrimiento de la vida. ¿Cuáles son sus notas sobresalientes? La negación de sí para ceder el paso a una voluntad de verdad. Estar dispuesto a entrar en la iniciación de la entrega del propio ser en pos del verdadero sentido de la vida (UB III, p. 371). De esta forma ha desafiado a la cultura moderna, que apuesta a los egoísmos sin amplitud vital. Ese sufrimiento, lejos de ser vano, pone su confianza en la afirmación de la vida a través del dolor, pues su meta es una vida superior, a pesar de presentarse como un destructor de las leyes de la existencia. La cultura trágica no puede entablar buenas relaciones con la ciencia natural, pues ésta no entiende de pasiones. Ser trágico significa ser consumido por el fuego del sufrimiento de la existencia. El que sobrestima la ciencia, en cambio, se vanagloria del conocimiento, producto de un impulso de verdad gélido, distante, fatuo, "puro". Lo raro y excepcional a la ciencia le es ajeno (UB III, p. 396).
La experiencia trágica no es para neutrales (por ejemplo, el científico), tiene por delante una lucha aguerrida en la que no cabe la felicidad: "(...) es preciso declararse en estado de guerra, no perdonar ni a los hombres ni a las cosas, aunque sufra él también de las heridas que le hacen (...)" (UB III, p. 372). La verdadera cultura ha descartado considerarse un punto en la evolución de un grupo humano, de un Estado o de una ciencia y se asume tomando las riendas del ser (eterno) frente al devenir (histórico). Una cultura verdadera rompe con el anhelo de esperanza para sentir la vida como un abismo en todo su esplendor, en toda su belleza, en toda su plenitud, de la que saldrá un hombre que "(...) no espera nada de sí mismo ni de las cosas; quiere ver el fondo sin esperanza (...)" (UB III, p. 375).
La experiencia trágica del genio pretende convertirse en una experiencia política, en una experiencia vital de Estado. Formular un proyecto político trágico supone poner a la especie humana a trabajar para alcanzar la forma extrema de vida humana representada en la figura del genio popular. Formular un proyecto político moderno supone tolerar un gran número de miembros insignificantes de la especie, consagrados a disfrutar del mayor "bienestar", aborreciendo todo sufrimiento posible. La vida del genio debe socavar el destino trazado por la cultura moderna. El genio es una declaración de guerra contra el Estado moderno en nombre de la verdad. Al segundo no le interesa; al primero se le va la vida. Nietzsche, se ha patentizado, no tiene ningún aprecio por el Estado moderno.
Lo que se queda en lo utilitario, no sobrepasará la inmediatez ni la proximidad de la hora histórica. El genio encarna la verdad de la cultura trágica y la finalidad de la Naturaleza. Se le depara una vida solitaria, libre de la necesidad de ganarse el sustento a costa del Estado, de rendirle pleitesía a sus valores, de hacer una "carrera académica", de recibir reconocimientos oficiales. El Estado moderno, muy por el contrario de lo que se supone, perseguirá toda filosofía que desafíe su poder. Pero no hay de qué preocuparse porque el Estado moderno es indiferente a toda filosofía, a toda política, a toda cultura, en definitiva, a toda verdad, trágicas. ¿Por qué? Porque le son inútiles (UB III, p. 423). Nunca tendrá estatura (cósmica) ni para lo grande ni para lo eterno. En última instancia, ¿qué nos pueden importar las vicisitudes del Estado moderno habiendo tanto por hacer por una verdadera cultura?