Martha Pérez

Martha Pérez

LA INTERPRETACION

Cuando Dios abandonaba lentamente el lugar desde donde había dirigido el universo y su orden de valores, separado el bien del mal y dado un sentido a cada cosa, Don Quijote salió de su casa y ya no estuvo en condiciones de reconocer el mundo. Este, en ausencia del juez supremo, apareció de pronto en una dudosa ambiguedad, la única verdad divina se descompuso en cientos de verdades relativas que los hombres se repartieron.                                                    

                          Milan Kundera. El arte de la novela.                                                                 

 

  Cientos de verdades relativas, fundación mítica de una nueva manera de pensar. Rotas las cadenas que atan a ilusiones continuistas y sistemas de creencias, a ideologías y teleologías salvadoras, la aventura consiste en sospechar de lo que crece y evoluciona, de toda serie continua, de toda superficie que no presente fisuras. Sin embargo, a poco de empezar se hace evidente que esta metodología, pretendidamente científica, tiende a sustituir lo que está en su fundamento, que ya Balzac denominara  "la miseria humana", hecha de caminos que extravían la meta, de sumas que no se adicionan, del bien y el mal enmarañados con lo alto y lo bajo, de la razón y la pasión.

     Si nuestra condición trágica nos hace Edipos, la fatalidad cotidiana nos remite a Sísifo, pues como él continuamente estamos al pie de una colina, forzando hacia arriba una pesada carga que ineludiblemente se desbarranca al tocar la cima. El efímero momento que logramos mantenerla alta aparece como felicidad o dicha, placer continuamente interferido desde tres ángulos: el de nuestro cuerpo -que destinado a la ruina y la disolución no

se abstrae del dolor y la angustia-, el del mundo exterior -que puede abatir sus furias sobre nosotros- y el de los vínculos con otros seres humanos -padecer más doloroso que cualquier otro.

     Pero, cuando al pie de la colina debemos reiniciar la marcha, cerrando los propios ojos para no ser vistos por los demás cambiamos de piedra y mantenemos la ilusión. Hay muchas y variadas en el llano: una ofrece un mas allá de la cima, otra es la ciencia, otra la filosofía y otra nos tienta a abandonar la cultura y volver a la naturaleza. A alguna de ellas habré de referirme hablando del mito, de la religion y de la mística.

     Comencemos con el mito: de éste no es necesario saber si refiere algo verdadero o falso -opción antes concerniente a lo religioso que a lo mítico- sino que se trata de comprender que duda y fracaso son soportables sólo si es posible poner orden y belleza donde era el caos. Todo el objetivo del mito es llevar al punto más elevado la reducción de ese modo caótico de percibir que ha iniciado la vida. En algunos casos es dable que nos preguntemos si la concatenación mítica es un carácter efectivo de los fenómenos o un artificio de la fantasía, pero la pregunta resulta improcedente pues la cuestión es el orden mismo.

     Desinteresado de preguntarse por el origen del origen, ya que "en un comienzo era el caos...", al homo mítico le importa que haya habido tal origen; allí reside el núcleo de verdad, historia sin principio ni fin que destaca su impulsión repetitiva. En réplica al horror por lo efímero, el mito apuesta a la eterna repetición que consiente integrar, eslabón tras eslabón, el ciclo de la naturaleza; al punto que la misma muerte adquiere una singular connotación, porque al horror de lo irracional no agrega la culpa y el castigo.

     El mito concierne a una puesta en escena de la vida, del nacimiento y la muerte, del amor, de la maternidad y la paternidad, del asombro ante la grandiosidad de la naturaleza, de la resignación frente a los ciclos inevitables, de los miedos, las enfermedades y los cataclismos, de la inteligencia y la belleza, de la sexualidad y el misterio. Es la expresión de una vigencia humana carente de dogma. Los dioses se diferencian de los hombres en su magnitud, pero comparten sus sentimientos; aman y envidian, tiene aventuras, toman partido, son infieles, mentirosos, abusivos, guerreros, protectores, con sus familias y sus desórdenes. Sin ataduras a un cuerpo legal, no establecen grupos de poder del que el homo mítico dependa o al que deba someterse so pena de infernales castigos. El sacrilegio que el hombre cometiese contra un dios tiene igual valor ético que el efectuado contra un humano; robar un templo equivale a sustraer algo de la casa de un vecino, en ambos casos se lesiona la justicia.

     el hombre que habita el espacio mítico sólo se falta a sí mismo y no a la divinidad; de allí que la frase escrita en el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos, no ordene servir a dios sino "conocerse a sí mismo". Esta experiencia debe ser entendida en un sentido naturalista más que como vivencia religiosa. Refiere un mundo cuyo contenido esencial es la vida, contemplada en multiplicidad de figuras excelsas e inmortales.

     El mito es, por lo tanto, el esfuerzo por simbolizar al hombre y lo que le rodea, y ese intento hace lugar a los dioses. Alcanzar a estos, asemejárseles, tiene la aparente sencillez del cumplimiento del deseo; su escollo es la realidad. Toda la dificultad radica en esto, ya que lejos de espejar un paraíso la realidad se revela insoportable en sí misma. Aquí es donde el mito se propone como soporte.

     Si el homo mítico es un arco tendido hacia el cumplimiento del deseo, el devaneo del homo religioso es de otro tenor. Pero antes de ir a él es preciso consignar que no habitan tiempos históricos diferentes; a pesar de ser radicalmente distintos pueden vivir en la misma cuadra y hasta en la misma persona.

     Nietzsche y Freud, dos maestros de la sospecha, han conjugado sus opiniones acerca de lo religioso; a ellos habré de atenerme para considerar a quien he propuesto como homo religioso[i].

     Para el homo religioso, la vida es harto difícil de sobrellevar: padece las ataduras a que lo somete su cuerpo, los limites de la realidad insoportable, la cuota de desencuentro deparada por los vínculos con los otros hombres, a lo que se añaden los perjuicios ocasionados por su propia debilidad, un cúmulo de prohibiciones y frustaciones adicionales, un continuo estado de espectativa angustiada y una grave afrenta al natural narcisismo.

     Las consecuencias son el odio y el resentimiento, sus vástagos la religión y la moral. Esta situación no es nueva, tiene un arquetipo infantil como antecedente, ya que a similar indefensión esta expuesto el niño ante los progenitores, a quienes teme y envidia con fundamento, pero a quienes recurre en busca de protección frente a amenazantes, desconocidos peligros. Sólo el escenario ha cambiado, la tragedia a representar es la misma.


     La herida narcisista ha de ser curada antes de que el daño sea mayor, y de este acto terapéutico nace una moral singular: la impotencia se convierte en renuncia, la sumisión en obediencia a la autoridad, la debilidad en paciencia, la miseria en elección, la pobreza de espíritu en llave de entrada al reino de los cielos y, fundamentalmente, la renuncia al placer inalcanzado en virtud libremente elegida. Han nacido el bien y el mal, pero el desvalimiento permanece y con él la añoranza del hombre por recuperar la intimidad e intensidad de sus relaciones infantiles con el padre. Es preciso crear entonces un dios de quien este hombre sea el hijo amado, que sea soporte y genitor de todos sus valores morales, y que le otorgue la recompensa final por la renuncia a aquello que no pudo tomar.

     Georges Bataille[ii] lo llama "el dios de la razón", al señalar que la moral ha debido sostenerse en algo divino para permanecer; esta moral gnóstica parte de una dualidad fundante: la oposición entre espirítu y materia. Desde una perspectiva ingenua, la disyunción se continúa atribuyendo todo el bien a lo espiritual y todo el mal a la materia. La dialéctica platónica, dando un paso más, adscribe el bien supremo al gobierno de la razón      -idea=espíritu- y entiende el imperio de la pasión -producto de la materia- como el mal. Pero este gobierno no puede ser una fuerza pura, reclama un sujeto del que emane. En este lugar adviene Dios (ahora mayúsculo), dando al bien pleno sentido.

     Por lo dicho, la noción de Dios se funda en el carácter divino de la razón y esto justifica su triunfo sobre la pasión; sólo un sujeto radicalmente distinto, que promete un mundo mejor para un futuro lejano, consiente razonablemente el abandono del placer inmediato. El homo religioso, en consecuencia, se ha escindido, quedando a un lado su parte perecedera, ruin, hecha de materia, y al otro su esencia, en tanto que idea proyectada hacia un horizontre excelso, en el que habrá de fundirse con su producto: Dios.

     Esta proyección transforma al presente, al siendo, en un subordinado del porvenir. Así entendido, el tiempo es un instrumento de poder de la razón, que entonces puede imaginariamente abolir la impotencia, el miedo. "Nuestra representación abstracta del tiempo parece más bien estar enteramente tomada del modo de trabajo del sistema P-Cc. y corresponder a una autopercepción de éste. Acaso este modo de funcionamiento del sistema equivale a la adopción de otro camino para la protección contra los estímulos" señala Freud[iii]. Confrontemos esta aseveración con sus anotaciones póstumas[iv]: "La espacialidad acaso sea la proyección del caracter extenso del aparato psíquico... Mística, la oscura percepción de sí del reino que está fuera del yo, del ello".

     Ubicado en el extremo opuesto del racionalismo, Freud rescata para la mística un lugar de privilegio que resulta interesante cotejar con categorizaciones provenientes de otros ámbitos. El movimiento surrealista, por ejemplo, luego de definirse como un medio de liberación total del pensamiento y de lo que a él se asemeja destaca, por boca de su inspirador, Andre Breton, en su segundo manifiesto[v]: "Todo nos induce a creer que existe un punto del espíritu donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser percibidos como contradictorios. Sería vano buscar en la actividad surrealista otro móvil que la esperanza de determinar ese punto". Georges Bataille, por su lado, procura el mismo fin por medio de la exacervación del erotismo y del dolor. Si aquellos pretenden la acción disruptiva del continuo pensamiento, éste aspira a quebrar el continuo de la moral apuntando al equívoco racionalista. Así podríamos continuar la recopilación de opiniones de los que han entrevisto necesario trascender el vallado entendido como razón, moral, religión, ciencia, tecnología... mediante un acto poético que abisme al ser a la oscura percepción del ello que es la mística.

     Lalande concuerda, en su Vocabulario filosófico, con esta perspectiva, al proponer la siguiente conceptualización de la mística[vi]: "Creencia en la posibilidad de una unión íntima y directa del espíritu humano con el principio fundamental del ser; unión que constituye a la vez un modo de existencia y una forma de conocimientos extraños y superiores a la existencia y a los conocimientos normales".

     Volviendo ahora al punto de partida, reencontramos a un sujeto inmerso en la cultura, contra la que reacciona con hostilidad por las presiones que sobre él ejerce instándolo a la renuncia pulsional. Llevado por esta hostilidad e imposibilitado de cancelar la cultura, en su vertiente de homo mítico recrea la naturaleza potenciándola a la dimensión divina; por esta vía, según lo señalado, el sujeto queda jugado del lado de la pasión, y mientras dure en esta posición no habrá abandonado cabalmente a la naturaleza, a la que recupera en una dimensión metafórica, ni habrá desalojado locamente a la cultura.

     En la vertiente del homo religioso, en que a la hostilidad se agrega un estado de impotencia creativa, el intento es la satisfacción narcisista mediante el cumplimiento de un ideal exacervado; este hombre, jugado a la razón, contrarresta la hostilidad y con ello clausura la pasión.

     La experiencia mística, en tanto, más allá del bien y del mal, de toda razón o pensamiento y hasta de la pasión, debe ser entendida como un momento lógicamente puntual. Tanto puede propiciar el acto creativo disruptor, que una y otra vez recrea la cultura, como quedar al servicio de la religión. En esta tierra de nadie, homo mítico y homo religioso disputan el grano de oro.

     Mitos eternos, mitos antiguos, mitos actuales. Un objetivo: poner orden y dar forma allí donde una y otra vez es el caos. Un acuerdo: entre el lenguaje mítico y la naturaleza esencial de las cosas, acuerdo que implica una certeza; la del poder propio de las palabras. Pero también la ideología hace uso del habla en su esfuerzo sin tregua por encontrar verdades universales que fijen las jerarquías inmutables de las cosas.

El lenguaje puede tener un valor de orden práctico, determinado por un único sentido y cómodo sustituto de un objeto o una idea, puede estar al servicio del que desea comprender y ser comprendido o ser un instrumento de transformación y creación; nacido para crear enigmas más que para aclararlos. En el primer caso el hombre dispone de ese lenguaje y a través de él actúa o se manifiesta. En el segundo, el lenguaje creador de enigmas dispone del hombre, garantizándole la existencia del mundo y su existencia en el mundo.

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