Cuando
Dios abandonaba lentamente el lugar desde donde había dirigido el universo y
su orden de valores, separado el bien del mal y
dado un sentido a cada cosa, Don Quijote salió de su casa y ya no estuvo en
condiciones de reconocer el mundo. Este, en ausencia del juez supremo, apareció
de pronto en una dudosa ambiguedad, la
única verdad divina se descompuso en
cientos de verdades relativas que los hombres se
repartieron.
Milan Kundera. El arte de la novela.
Cientos de verdades relativas, fundación mítica de una nueva manera
de pensar. Rotas las cadenas que atan a ilusiones continuistas y sistemas de
creencias, a ideologías y teleologías salvadoras, la aventura consiste en
sospechar de lo que crece y evoluciona, de toda serie continua, de toda
superficie que no presente fisuras. Sin embargo, a poco de empezar se hace
evidente que esta metodología, pretendidamente científica, tiende a
sustituir lo que está en su fundamento, que ya Balzac denominara
"la miseria humana", hecha de caminos que extravían la meta,
de sumas que no se adicionan, del bien y el mal enmarañados con lo alto y lo
bajo, de la razón y la pasión.
Si nuestra condición trágica
nos hace Edipos, la fatalidad cotidiana nos remite a Sísifo, pues como él
continuamente estamos al pie de una colina, forzando hacia arriba una pesada
carga que ineludiblemente se desbarranca al tocar la cima. El efímero momento
que logramos mantenerla alta aparece como felicidad o dicha, placer
continuamente interferido desde tres ángulos: el de nuestro cuerpo -que
destinado a la ruina y la disolución no
se
abstrae del dolor y la angustia-, el del mundo exterior -que puede abatir sus
furias sobre nosotros- y el de los vínculos con otros seres humanos -padecer
más doloroso que cualquier otro.
Pero, cuando al pie de la
colina debemos reiniciar la marcha, cerrando los propios ojos para no ser
vistos por los demás cambiamos de piedra y mantenemos la ilusión. Hay muchas
y variadas en el llano: una ofrece un mas allá de la cima, otra es la
ciencia, otra la filosofía y otra nos tienta a abandonar la cultura y volver
a la naturaleza. A alguna de ellas habré de referirme hablando del mito, de
la religion y de la mística.
Comencemos con el mito: de éste
no es necesario saber si refiere algo verdadero o falso -opción antes
concerniente a lo religioso que a lo mítico- sino que se trata de comprender
que duda y fracaso son soportables sólo si es posible poner orden y belleza
donde era el caos. Todo el objetivo del mito es llevar al punto más elevado
la reducción de ese modo caótico de percibir que ha iniciado la vida. En
algunos casos es dable que nos preguntemos si la concatenación mítica es un
carácter efectivo de los fenómenos o un artificio de la fantasía, pero la
pregunta resulta improcedente pues la cuestión es el orden mismo.
Desinteresado de preguntarse
por el origen del origen, ya que "en un comienzo era el caos...", al
homo mítico le importa que haya habido tal origen; allí reside el núcleo
de verdad, historia sin principio ni fin que destaca su impulsión repetitiva.
En réplica al horror por lo efímero, el mito apuesta a la eterna repetición
que consiente integrar, eslabón tras eslabón, el ciclo de la naturaleza; al
punto que la misma muerte adquiere una singular connotación, porque al horror
de lo irracional no agrega la culpa y el castigo.
El mito concierne a una puesta
en escena de la vida, del nacimiento y la muerte, del amor, de la maternidad y
la paternidad, del asombro ante la grandiosidad de la naturaleza, de la
resignación frente a los ciclos inevitables, de los miedos, las enfermedades
y los cataclismos, de la inteligencia y la belleza, de la sexualidad y el
misterio. Es la expresión de una vigencia humana carente de dogma. Los dioses
se diferencian de los hombres en su magnitud, pero comparten sus sentimientos;
aman y envidian, tiene aventuras, toman partido, son infieles, mentirosos,
abusivos, guerreros, protectores, con sus familias y sus desórdenes. Sin
ataduras a un cuerpo legal, no establecen grupos de poder del que el homo mítico
dependa o al que deba someterse so pena de infernales castigos. El sacrilegio
que el hombre cometiese contra un dios tiene igual valor ético que el
efectuado contra un humano; robar un templo equivale a sustraer algo de la
casa de un vecino, en ambos casos se lesiona la justicia.
el hombre que habita el espacio
mítico sólo se falta a sí mismo y no a la divinidad; de allí que la frase
escrita en el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos, no ordene servir a
dios sino "conocerse a sí mismo". Esta experiencia debe ser
entendida en un sentido naturalista más que como vivencia religiosa. Refiere
un mundo cuyo contenido esencial es la vida, contemplada en multiplicidad de
figuras excelsas e inmortales.
El mito es, por lo tanto, el
esfuerzo por simbolizar al hombre y lo que le rodea, y ese intento hace lugar
a los dioses. Alcanzar a estos, asemejárseles, tiene la aparente sencillez
del cumplimiento del deseo; su escollo es la realidad. Toda la dificultad
radica en esto, ya que lejos de espejar un paraíso la realidad se revela
insoportable en sí misma. Aquí es donde el mito se propone como soporte.
Si el homo mítico es un
arco tendido hacia el cumplimiento del deseo, el devaneo del homo religioso
es de otro tenor. Pero antes de ir a él es preciso consignar que no habitan
tiempos históricos diferentes; a pesar de ser radicalmente distintos pueden
vivir en la misma cuadra y hasta en la misma persona.
Nietzsche y Freud, dos maestros
de la sospecha, han conjugado sus opiniones acerca de lo religioso; a ellos
habré de atenerme para considerar a quien he propuesto como homo religioso[i].
Para el homo religioso,
la vida es harto difícil de sobrellevar: padece las ataduras a que lo somete
su cuerpo, los limites de la realidad insoportable, la cuota de desencuentro
deparada por los vínculos con los otros hombres, a lo que se añaden los
perjuicios ocasionados por su propia debilidad, un cúmulo de prohibiciones y
frustaciones adicionales, un continuo estado de espectativa angustiada y una
grave afrenta al natural narcisismo.
Las consecuencias son el odio y
el resentimiento, sus vástagos la religión y la moral. Esta situación no es
nueva, tiene un arquetipo infantil como antecedente, ya que a similar
indefensión esta expuesto el niño ante los progenitores, a quienes teme y
envidia con fundamento, pero a quienes recurre en busca de protección frente
a amenazantes, desconocidos peligros. Sólo el escenario ha cambiado, la
tragedia a representar es la misma.
La herida narcisista ha de ser
curada antes de que el daño sea mayor, y de este acto terapéutico nace una
moral singular: la impotencia se convierte en renuncia, la sumisión en
obediencia a la autoridad, la debilidad en paciencia, la miseria en elección,
la pobreza de espíritu en llave de entrada al reino de los cielos y,
fundamentalmente, la renuncia al placer inalcanzado en virtud libremente
elegida. Han nacido el bien y el mal, pero el desvalimiento permanece y con él
la añoranza del hombre por recuperar la intimidad e intensidad de sus
relaciones infantiles con el padre. Es preciso crear entonces un dios de quien
este hombre sea el hijo amado, que sea soporte y genitor de todos sus valores
morales, y que le otorgue la recompensa final por la renuncia a aquello que no
pudo tomar.
Georges Bataille[ii]
lo llama "el dios de la razón", al señalar que la moral ha debido
sostenerse en algo divino para permanecer; esta moral gnóstica parte de una
dualidad fundante: la oposición entre espirítu y materia. Desde una
perspectiva ingenua, la disyunción se continúa atribuyendo todo el bien a lo
espiritual y todo el mal a la materia. La dialéctica platónica, dando un paso
más, adscribe el bien supremo al gobierno de la razón
-idea=espíritu- y entiende el imperio de la pasión -producto de la
materia- como el mal. Pero este gobierno no puede ser una fuerza pura, reclama
un sujeto del que emane. En este lugar adviene Dios (ahora mayúsculo), dando al
bien pleno sentido.
Por lo dicho, la noción de Dios
se funda en el carácter divino de la razón y esto justifica su triunfo sobre
la pasión; sólo un sujeto radicalmente distinto, que promete un mundo mejor
para un futuro lejano, consiente razonablemente el abandono del placer
inmediato. El homo religioso, en consecuencia, se ha escindido, quedando
a un lado su parte perecedera, ruin, hecha de materia, y al otro su esencia, en
tanto que idea proyectada hacia un horizontre excelso, en el que habrá de
fundirse con su producto: Dios.
Esta proyección transforma al
presente, al siendo, en un subordinado del porvenir. Así entendido, el tiempo
es un instrumento de poder de la razón, que entonces puede imaginariamente
abolir la impotencia, el miedo. "Nuestra representación abstracta del
tiempo parece más bien estar enteramente tomada del modo de trabajo del sistema
P-Cc. y corresponder a una autopercepción de éste. Acaso este modo de
funcionamiento del sistema equivale a la adopción de otro camino para la
protección contra los estímulos" señala Freud[iii].
Confrontemos esta aseveración con sus anotaciones póstumas[iv]:
"La espacialidad acaso sea la proyección del caracter extenso del aparato
psíquico... Mística, la oscura percepción de sí del reino que está fuera
del yo, del ello".
Ubicado en el extremo opuesto del
racionalismo, Freud rescata para la mística un lugar de privilegio que resulta
interesante cotejar con categorizaciones provenientes de otros ámbitos. El
movimiento surrealista, por ejemplo, luego de definirse como un medio de
liberación total del pensamiento y de lo que a él se asemeja destaca, por boca
de su inspirador, Andre Breton, en su segundo manifiesto[v]:
"Todo nos induce a creer que existe un punto del espíritu donde la vida y
la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo
incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser percibidos como contradictorios.
Sería vano buscar en la actividad surrealista otro móvil que la esperanza de
determinar ese punto". Georges Bataille, por su lado, procura el mismo fin
por medio de la exacervación del erotismo y del dolor. Si aquellos pretenden la
acción disruptiva del continuo pensamiento, éste aspira a quebrar el continuo
de la moral apuntando al equívoco racionalista. Así podríamos continuar la
recopilación de opiniones de los que han entrevisto necesario trascender el
vallado entendido como razón, moral, religión, ciencia, tecnología...
mediante un acto poético que abisme al ser a la oscura percepción del ello que
es la mística.
Lalande concuerda, en su Vocabulario
filosófico, con esta perspectiva, al proponer la siguiente conceptualización
de la mística[vi]:
"Creencia en la posibilidad de una unión íntima y directa del espíritu
humano con el principio fundamental del ser; unión que constituye a la vez un
modo de existencia y una forma de conocimientos extraños y superiores a la
existencia y a los conocimientos normales".
Volviendo ahora al punto de
partida, reencontramos a un sujeto inmerso en la cultura, contra la que
reacciona con hostilidad por las presiones que sobre él ejerce instándolo a la
renuncia pulsional. Llevado por esta hostilidad e imposibilitado de cancelar la
cultura, en su vertiente de homo mítico recrea la naturaleza potenciándola
a la dimensión divina; por esta vía, según lo señalado, el sujeto queda
jugado del lado de la pasión, y mientras dure en esta posición no habrá
abandonado cabalmente a la naturaleza, a la que recupera en una dimensión metafórica,
ni habrá desalojado locamente a la cultura.
En la vertiente del homo
religioso, en que a la hostilidad se agrega un estado de impotencia
creativa, el intento es la satisfacción narcisista mediante el cumplimiento de
un ideal exacervado; este hombre, jugado a la razón, contrarresta la hostilidad
y con ello clausura la pasión.
La experiencia mística, en
tanto, más allá del bien y del mal, de toda razón o pensamiento y hasta de la
pasión, debe ser entendida como un momento lógicamente puntual. Tanto puede
propiciar el acto creativo disruptor, que una y otra vez recrea la cultura, como
quedar al servicio de la religión. En esta tierra de nadie, homo mítico
y homo religioso disputan el grano de oro.
Mitos eternos, mitos antiguos, mitos actuales. Un objetivo: poner orden y dar forma allí donde una y otra vez es el caos. Un acuerdo: entre el lenguaje mítico y la naturaleza esencial de las cosas, acuerdo que implica una certeza; la del poder propio de las palabras. Pero también la ideología hace uso del habla en su esfuerzo sin tregua por encontrar verdades universales que fijen las jerarquías inmutables de las cosas.
El lenguaje puede tener un valor de orden práctico, determinado por un único sentido y cómodo sustituto de un objeto o una idea, puede estar al servicio del que desea comprender y ser comprendido o ser un instrumento de transformación y creación; nacido para crear enigmas más que para aclararlos. En el primer caso el hombre dispone de ese lenguaje y a través de él actúa o se manifiesta. En el segundo, el lenguaje creador de enigmas dispone del hombre, garantizándole la existencia del mundo y su existencia en el mundo.