MIGRACIONES
La diferenciación entre migración y exilio me parece fundamental. No es lo mismo ser o sentirse echado que buscar nuevos horizontes. El exilio evoca ser arrojado de un sitio propio vuelto hostil, que al ser perdido puede transformarse, vía nostalgia, en un supuesto paraíso. Así se presenta la fantasía originaria de vida intrauterina, que tampoco debe haber sido un paraíso. Sentirse expulsado es un castigo y como tal remite a la escena de castración y a la pérdida del amor de los padres. Freud yendo a Inglaterra no sufre solo por el abandono de Austria y su entorno ... El país que lo acogía también estaba lleno de significaciones para él, la historia con su hermano Phillip "encajonado" (enterrado) ya allí, el significado de "viejo enemigo", pero sobre todo, extranjero, extrañado en su vejez de su contexto. Crueldad brutal, pérdida angustiosa a la hora de tener que enfrentarse a la muerte. No había búsqueda de nuevos paisajes, dimensiones, experiencias, como fueron sus viajes, donde iba "más allá", en permanente conquista.
María Patricia Romero Day
Desde la apropiación del cuerpo, primer habitáculo después del útero, los movimientos del bebé conquistan el espacio. Cenestesia, sentidos que exploran y marcan erógenamente, piel que se instaura como separación y conexión con el mundo exterior. Y en el jubiloso ajetreo ante el espejo reconociendo su imagen, se incorpora a sí mismo como conquista en el mundo que descubre. Comienza así, en lo psíquico y en lo real, un cambio de posiciones permanente en búsqueda de una mejor adecuación. Este es el meollo fundamental del trabajo analítico: historia de migraciones elegidas.
La identidad de un sujeto se basa en poder sentirse protagonista de su historia: novela propia que escribimos en pasado y futuro al mismo tiempo, porque según cómo significamos lo anterior, será lo proyectado en el mañana. Eso da una permanencia a través de distintas mudanzas, en el devenir de la vida, permitido por el eslabonamiento de fantasías anticipatorias, con una acomodación paulatina a lo nuevo. No es éste el fantasear de los insatisfechos, que se refugian en la imaginería sin poder actuar sobre la realidad, es la función saludable de evitar que los cambios sean traumáticos.
Si atendemos al exilio, nos atendremos a cómo se resuelve un trauma, algo que aparece desde el exterior y obliga al sujeto a reordenar sus recursos para enfrentarlo. Freud, Semprún, Levi, y otros, tuvieron con qué y pudieron convertirlo en escritura que nos llega como enseñanza. Otros se desarmaron, y en el medio hay tantas historias como situaciones. El siglo XX estuvo lleno de ellas.
En la migración elegida, la que puede surgir en la imaginación preparando y ajustando escenas posibles en el futuro, hay también situaciones traumáticas: es imposible alcanzar a anticipar la multitud de cambios posibles, ya que no hay huellas mnémicas de lo no advenido. Aparecen analogías, combinaciones, contigüidades, etc. El lenguaje, los códigos, cambian sutilmente desconcertando y desposicionando: Aún cuando la lengua sea aparentemente la misma, el español, sabemos por el cine que a veces necesitaríamos traductor y cartelitos. Mucho más cuando las diferencias culturales se alejan. Freud habla de "pulir" su inglés, idioma que dominaba. Pero el idioma vivo se recrea permanentemente y obliga a un ajuste. Los amigos que no han vuelto habitualmente después del exilio obligado por la dictadura, sorprenden con modismos de los setenta. Y Naciones Unidas se vio obligada a reubicar personas que no podían adaptarse a tantas diferencias, a pesar del buen trato con que fueron recibidos, por ejemplo en el caso de Suecia.
El viaje y la muerte, para colmo, condensan representaciones: lo comprobamos cuando dejamos indicaciones por si "nos pasa algo", que de hecho puede pasarnos en cualquier momento. Pero las situaciones quirúrgicas y los viajes tienen la virtud de recordarnos nuestra condición mortal: El "más allá". No es raro que sean esas las palabras elegidas, con todo su peso de salto a lo desconocido, a lo no representable, a lo que va más allá de lo familiar. No se vuelve nunca a lo mismo, pero cierta sensación de estatismo nos hace creer que estamos en el mismo sitio sino vamos "más allá". El pasaje progresivo, sin hiatos importantes, crea la sensación de mismidad. Si no hay puente representativo se cae en el vacío.
Pertenecer o sentirse extranjero es algo subjetivo, como el sentimiento de soledad. Hay momentos que la humanidad nos incluye y acompaña: nada nos es ajeno a ella; y otras el sentimiento de extranjería nos ataca en lo supuestamente familiar. Ante el holocausto se es judío, y ante determinadas situaciones se reniega del suelo que nos vio nacer. La posibilidad de incluir lo extraño en el propio paisaje, o descubrir lo común en lo lejano para poderlo habitar como propio, es una disposición que cambia según la historia de cada quien.
De todos modos, tanto el exilio como la migración voluntaria, ponen en juego duelos de múltiples rasgos. Los exilios suelen ser económicos o políticos: involucran la autoconservación. En cambio las migraciones en busca de más horizonte, en la gente que parte a estudiar o trabajar en áreas que puede desarrollar más, integran aspectos personales jerarquizados que sostienen ante las pérdidas. Estas son imposibles de evitar, y aunque angustien, a veces significan "soltar lastre".
El no corte de la propia novela marcaría la diferencia fundamental. Si se puede conservar la propia historia y hay un protagonismo que aventura sobre el desconocimiento desde una posición activa, la situación no es traumática. Esto implica un relativo conocimiento de sí para saber qué esperar en cuanto a los recursos necesarios ante una situación nueva o sorpresiva. Pero si se espera advenir "otro", como pasa en los casos de búsqueda idealizada de sí mismo proyectada en un cambio exterior, los riesgos son grandes. Dependiendo mágicamente de un sitio idealizado, el encuentro con lo siniestro es inminente.
Una acción específica como "moverse" cuando la incomodidad presente llevaría a una alteración orgánica peligrosa, es fundamental para la salud. El refugio uterino, o endogámico, conllevan más peligrosidad que cualquier otro destino. Da miedo partir, pero más miedo a veces debiera dar quedarse. Ya sea en el refugio autoerótico, en que las fantasías sirven como engaño masturbatorio, (acompañado o no de tóxicos); en las patologías graves, alucinatorias; o simplemente en oasis de pertenencia (nacionalistas o regionalistas), el individuo se priva de encontrar los escenarios adecuados al despliegue de la metonimia de su deseo. Se prohíbe transitar su propio camino, enredándose en sus raíces en vez de alimentarse de ellas.
Hay familias donde la amenaza de abandono transforma en expulsión lo que debió ser una partida. Allí el desamparo de la condición humana será sufrido hasta que la adopción de algo nuevo de lugar a un renacer. La acusación de traición se escucha a veces sin filtro, otras más sofisticadamente. Pero en la migración biológica del útero al mundo también se depende de una "adopción" paterna, de un cobijo nuevo. Si no hay regazo materno y reconocimiento paterno, la orfandad se inscribe. Por eso el nuevo sitio también hará sus inscripciones, positivas o negativas, al iniciar la nueva vida.
Entre ir "demasiado más allá", de algún modo entrevisto en la historia de Freud en la Acrópolis, y quedarse encerrado "encajonado" con mamá, hay un espacio que marca la erogeneidad conocida y necesitada (olores, texturas, sonidos, comidas) con la suficiente distancia para no ser incestuosa, pero no tan distante que implique un salto al vacío de la soledad. Ser "arrojado" no es ser alentado. Y entre esas dos distancias puede moverse quien aventura, sostenido por la cultura que da base al crecimiento, alguien que amplia su propia base sustentadora de vida.
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