María Patricia Romero Day

Las moscas y las formas de la ley en la metapsicología freudiana

“La ternura es la coartación última de la pulsión,
última estación de la sublimación.
Frágil, porque convive con el hijo espurio,
que es la  crueldad”

Fernando O. Ulloa


                  “La angustia exige ligadura, no engaña.
Hay inminencia de goce”.
                                    José E. Milmaniene

    Zumbidos de moscas guían el recorrido de este escrito. Comienzan en “La Gradiva”, de Jensen; siguen en “El Señor de Las Moscas”, de William Golding; y se detienen en “Las Moscas”, de Sartre. Música de fondo: Nicolai Rimsky-Korsacov: “The flight of the bumblebee” (El vuelo del moscardón). Posiblemente hay algo más anodino e insoportable que una mosca, pero sirve para empezar a desplegar alguna pretensión de vuelo.
En mi lectura de “La Gradiva”, de Jensen, las moscas marcan una línea: primero son molestas, insoportables y despreciables, llamativamente comparadas a las parejas de tórtolos enamorados (Norbert las llama August y Gretel, cuya presencia lo inquietan); luego permiten la corporización del contacto: hay un manotón espantando una de ellas que lleva a tocar a Zoe, que muestra que no es una ilusión; para finalmente provocar el juego de “comerse la mosca” que culmina en el beso, la salida del delirio y el comienzo de una historia.
Insignificantes pero fundamentales para la consecución de la trama. Como la pulsión o el instinto. Como “eso” o “ello”, o lo real.

    Dos exigencias ineludibles plantea Freud para el sujeto: lo pulsional, y el mundo externo . Y dos amenazas: Castración y retiro de amor. Se impone algún desarrollo metapsicológico que explique diferencias entre afuera, adentro, yo/no yo, sujeto, objetos, etc. Y…¿Qué es lo que corta un estímulo para que no sea permanente?. La huida sirve con el mundo exterior, la satisfacción mediante acción específica para algunas necesidades (comer, por ejemplo), o la alteración interna para otras (respirar, entre ellas). Si es desatendido, por degradado que parezca, puede crecer y llevar al límite de la locura, provocar gastos de protección excesivos, o teorías. Porque hay un fluir del pensamiento que se detiene y coagula, que hace decir a Keats en su poema 23: “Contemplé un instante”, o a Borges en el Aleph:  “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.”
    Aquello que se plasma en un aforismo, que frena una desmesura que no se capta y así se apresa, … o se pretende al menos, insiste en recuperar lo posible de esa experiencia en la cual lo fundamental se escurre.
Más humildes que el arte, las teorías pretenden lo mismo.
    
    En el recorrido bibliográfico llevada por las moscas partí de la curación de un delirio por amor, La Gradiva, para continuar con la desconstitución de la legalidad en un grupo de jóvenes, y finalicé en la búsqueda de justicia de Orestes por la muerte de su padre Agamenón. No necesitaba más. En ese suceder de la búsqueda de una temática algo aconteció, “cortó” el seguir a las moscas y dar comienzo a la escritura. Y desde allí comienza un nuevo suceder, que con algunos límites puestos devendrá algo, aunque el producto nunca se parecerá a lo que se empezó buscando. Pero es el caminar trás el “objeto causa de deseo” lo que provocará aconteceres vitales que realimenten, con la frustración consiguiente, el deseo a seguir trás él.

    Articulación entre Ideales, leyes y castigos

    Aclarando que “aquello” que zumba no lo hace igual para todos, lo vemos representarse en distintos planos, no precisa ser una mosca.  Insistiendo en ser atendido no siempre lo consigue. Muchas veces al surgir es sofocado. Otras, encuentra una solución adecuada, eficiente sólo si es acorde al estímulo. Si desespera desbordará la posibilidad de ligadura, reinará la angustia, y exigirá más trabajo al psiquismo. Cuando éste claudica creará realidades delirantes, la angustia provocará ligaduras inadecuadas, o perforará el cuerpo allí donde el simbolismo no lo alcanzó en la metamorfosis en Yo. La escena no se articula, o se sale locamente de ella.
Esto trae evocaciones de las teorías pulsionales:

    Freud: “El progreso del conocimiento no tolera rigidez alguna, tampoco en las definiciones.... un concepto convencional de esa índole...es el de pulsión”   Ella es “la agencia representante psíquica de una fuente de estímulos intrasomática en continuo fluir...”  a diferencia del “estímulo” de influencia acotada. Los “estímulos exteriores plantean una única tarea: sustraerse de ellos”, “si el sistema nervioso se basara en la constancia, los molestos estímulos pulsionales exigen un trabajo plus porque no se puede huir de ellos”. De ellos depende el progreso, dice, porque exigen el invento de la ligadura.  

    De allí arranca mi teorización de la ley, de la necesidad de ligar la desmesura. Circunscribe  lo intocable, lo imposible. Prohíbe el exceso para permitir la vida. Mientras más acotada sea su prohibición, mayor será el universo sin conflicto como objetos disponibles.
    Cada significante es un aleph de posibles significados, que se coagulan en un nombre y una imagen para presentarse ante otro que lo decodifique; la ley es un significante princeps que se presentifica en la metáfora paterna.
    Articula, anilla lo real con el lenguaje. Se ubica entre el ideal y el castigo, y en la topología del psiquismo muestra la imbricación de los diferentes registros y sistemas. Su falta disgrega, desarma, destruye.

Ideales y virtudes

    La relación de la pulsión con el ideal es un punto de anudamiento inicial: la turbulencia emocional ante la cercanía del ideal delata la presencia pulsional. Esto configura puntos de anclaje que mapean el psiquismo de cada individuo en su unicidad. Configuran rasgos, que pueden ser virtudes o su contracara (defectos) por identificación con rasgos del modelo.
    La diversidad exige un reconocimiento de mayor envergadura del que  ha sido logrado científicamente. Sigue siendo peleado el concepto que aquello que no puede ser estandarizado no es ciencia. Los criterios normativos están tan incorporados a la cultura actual, con la estadística como creencia aseguradora de verdad, que el “deber ser” pasa por norma, mediana y media, desconfiando de todo aquello original y creador. Cultura de paradojas y contradicciones, que insertan desde el primer lenguaje en el absurdo: la crueldad es estadísticamente normal, matar una prohibición cuestionable, amar un mandato vacío.
    Al ideal hay que tender por estructura: heredero del modelo o ideal del desdoblamiento narcisístico con el semejante , “objeto que puede llamarse de apuntalamiento” (tipo anaclítico) ,  convoca la fuerza pulsional necesaria para impeler a su búsqueda. Por alejado que parezca de los primeros objetos, la turbulencia emocional delata su origen. El super-yo deberá proteger que la metonimia siga su curso, con aconteceres que permitan su cercanía en semblantes permitidos, pero no el contacto directo.  Tampoco el ideal es el mismo para todos. Hay muchos: Belleza, verdad, justicia … Tomemos “La copa de las Hadas”, poesía de Rubén Darío para definir desde alguien lo deseable, mezclando dones y virtudes. Las hadas han hecho una copa maravillosa:

………
La copa hecha se pensó
en qué se pondría en ella
(que es el todo, niña bella,
de lo que te cuento yo).
Una dijo: —La ilusión;
otra dijo: —La belleza;
otra dijo: —La riqueza;
y otra más: —El corazón.
La Reina Mab, que es discreta,     
dijo a la espléndida tropa:
—Que se ponga en esa copa
la felicidad completa.
Dejó caer la divina
Reina de acento sonoro,
algo como gotas de oro
de una flauta cristalina.
Ya la Reina Mab habló;
cesó su olímpico gesto,
y las hadas tanto han puesto
que la copa se llenó.
Amor, delicia, verdad,
dicha, esplendor y riqueza,
fe, poderío, belleza...
¡Toda la felicidad!...

Es importante discriminar. Los dones son recibidos como predisposiciones que pueden o no desarrollarse, pero están otorgados por la herencia. No así las virtudes, que como rasgos de carácter, se desarrollarán a veces hasta en la carencia de dones. El tesón que mucha gente adquiere desde una inhabilidad o discapacidad física es conocido ampliamente. Con humor, Alejandro Casona hace decir a una dama en “Prohibido suicidarse en Primavera”: Linda se nace, elegante se trabaja para serlo. Clara diferencia.
La satisfacción narcisística que producen las virtudes sostiene y estructura, permitiendo renuncias pulsionales muy importantes. Son una conquista psíquica, se doblegan las pulsiones para satisfacer al modelo, por eso el super-yo, su heredero, castigará duramente su pérdida. Toda la latencia será un renunciar por amor y temor, y dedicar toda la energía psíquica a volverse “bueno”, virtuoso. El imperativo de prepararse para trabajar, estudiando, y la aparición en la conciencia de la muerte del padre, su caída del ideal, ocuparán esos años.
Es el super-yo, dice Freud, el que va a constituir los ideales. También la conciencia moral y la auto-observación . Va a estructurar las leyes admonitorias y gratificadoras mediante imperativos categóricos. En el caso de la neurosis va a imponer castigos valiéndose de los afectos, que al ser irreprimibles, cambiados de signo dejarán sin la satisfacción esperada.
La conformación del super-yo y la formación del carácter organizan la vida pulsional dentro de una legalidad. Se interrelacionan directamente, porque el super-yo ofrece los ideales, que es una de sus funciones, y el yo tratará de asumirlos, configurándose, si es posible, a su imagen y semejanza.
En la medida que el aparato psíquico se va constituyendo, el preconciente se complejiza, y las representaciones ofrecidas por el lenguaje (en forma de valores) van a servir de ligadura  a mociones pulsionales que deberán abandonar su satisfacción sexual configurándose en virtudes. No hay sublimación sin que se produzca un rasgo de carácter, huella del autoerotismo en retirada de su zona erógena. Si la ligadura fracasa, el abanico de posibilidades patológicas dependerá del juego caleidoscópico que se dé. Si los ideales no ceden su lugar a los valores, (que implican una relativización que cobija el respeto a los ideales ajenos, otorgándoles un lugar), el triunfo narcisístico mostrará el lado estéril: no se generará nada nuevo, diferente.
Se une aquí la relación entre el yo-ideal y el ideal del yo. Para el yo-ideal la desestructuración, la caída en el cuerpo despedazado es lo temido, pero para las estructuras más elaboradas que coexisten con él (yo real definitivo) el desastre se juega en relación a la pérdida de algo valorado (castración). Aparece una gama de afectos como el asco, la desesperación, la humillación, la furia, la vergüenza, profundamente ligados a la amenaza. Lo más temido se expresa como soportar un afecto que desestructura. El dolor allí es psíquico. El dolor físico toma un sentido diferente según la fantasía que lo acompañe. En los cuadros psicosomáticos no se “registra” justamente por la imposibilidad de fantasear, el psicosomático tiene un mundo de fantasía muy pobre.  En la hipocondría el temor delirante no sirve de defensa. Es en las neurosis, con sus síntomas, donde el sufrimiento psíquico está anudado al corporal. Allí las ligaduras permiten placer y dolor con efecto de sentido.

Volviendo a las moscas, ideales diferentes se juegan en Norbert (La Gradiva) u Orestes (Las Moscas), y en los niños de la isla (El Señor de las Moscas). El delirio amoroso de Norbert remite a la alucinación infantil. El objeto amado se “ve” por la potenciación del polo perceptivo arrasado por el deseo, anegado por su base pulsional. El efecto de sentido se estructura en un campo distinto al que el sujeto cree comprender, y de acuerdo a leyes que le son desconocidas. “Esa significancia ordenada por una legalidad expresada  por diversas metáforas y teorías, constituyen en Freud una legalidad tópica” . Aquello que retorna como exterior restituye un saber que fue sustraído, por lo tanto es de total desconocimiento, el ideal aparece habitualmente cambiado de signo.
El primer ideal que podemos inferir es corporal, de satisfacción absoluta de la fuente de necesidad. El anhelo por conseguirlo hace que la pulsión desborde el incipiente psiquismo y produzca la alucinación. Aparece una imagen que descentra el cuerpo, pero todavía no unifica las distintas zonas erógenas.
En la alucinación hay un encuentro con el objeto en un vínculo de ser. Se es el objeto creado por el psiquismo. Pero esta fusión generalmente es destruida porque la necesidad insiste, la pulsión insiste, el cuerpo insiste, y hay que reacomodar la realidad en la que se cree.
Con el “nuevo acto psíquico” del narcisismo , el estadio del espejo , el cuerpo se unifica, se coagula en una imagen: Ése soy yo. Alteridad inicial que nos desdobla para siempre. Encontrarnos en uno ha sido perdernos como múltiples fuentes expresándose. El cuerpo ya no es “yo”, es ese cuerpo “mío”.
El ideal narcisista es el encuentro de uno mismo afuera, pero no solo en el efecto siniestro del doble alucinado. También en un Yo proyectado en realidad psíquica. Encontrarse cómodo, encontrarse gratificado, o que esa imagen donde me encuentro refleje aspectos maravillosos. Es maravilloso encontrarse, lo desastroso es perderse. Si me encuentro soy, mantengo el vínculo de ser. La proyección del aparato imbricada en lo real de la percepción crea una realidad única para cada sujeto. (Freud: Conclusiones, Ideas, Proyectos. 1938)
En el enamoramiento, como le ocurre a Norbert, Eros insiste, y el ideal cae para convertirse en objeto de amor: El otro no duplica, tiene un núcleo irreductible que exige ser reconocido como diferente. Allí se juega,  en la bisagra entre la duplicidad narcisista y objetal, el paso del enamoramiento al amor. La renuncia a los fines egoístas se transforma en un nuevo ideal a lograr.  El “no” introducido por la legalidad ante el objeto incestuoso, enloquecedor, debe entrañar el “sí” que permite e impele el desplazamiento metonímico hacia la exogamia. Otros objetos son posibles, desplazados del ideal, por lo tanto ya no “perfectos” (en paridad con la propia descompletud).
En las abstracciones, como verdad o  justicia, orden, libertad, etc., el mismo fenómeno puede llevar al fanatismo, ya que la pulsión carga una idea y la satisfacción sexual queda ausente. La pulsión de muerte es liberada por la falta de satisfacción sensible, la inmolación del cuerpo conduce imaginariamente a ser sólo espíritu unido a la idea. En la clínica insistimos con los  idealistas en que concreten, que hablen de un hecho de su vida que ilustre aquello que sienten, para poder por vía asociativa acercarnos a la ligadura con la fuente que alimentó esa supuesta idea pura.
El ideal en ese caso no es otra cosa que un lugar psíquico, donde la sexualidad cede sus metas para enaltecer conquistas culturales. Si la imbricación es exitosa encontraremos ligaduras o sublimaciones logradas, que semblanteen el horror, lo insoportable. Si el velo cae, da paso a lo que se oculta: Atrás de cada ideal podemos ver un estilo de satisfacción sexual a la que se le ha denegado su satisfacción directa, y que ha debido transitar el largo camino del desplazamiento para volver, deserotizado, transformado en ideal social.
El procesamiento psíquico que desde lo pulsional culmina en el rasgo de carácter o en las virtudes, es el camino que va desde el autoerotismo, o el cuerpo despedazado, transitando el narcisismo hacia el complejo de Edipo y la resolución de la amenaza de castración, con su especificidad en cada individuo. El carácter, como mapa, punteará los aconteceres que acercaron al sujeto al ideal y cual fue su resolución legal.
En el rasgo se hace carne una ilusión de reencuentro.  Pero no necesariamente va a conservar el sentido ideal de las primeras identificaciones. Los defectos también surgen por identificación, pero ésta es al rasgo donde el modelo muestra su falla. Esta denuncia narcisística es un intento frustrado de elaborar la caída del ideal. Se asume la falta como hablando del ser del sujeto, por lo tanto no es falta. En la caracteropatía histérica el ideal estético aparece caricaturizado, y en el carácter obsesivo el deseo hostil se disfraza de limpieza y orden, pero en su modalidad se delata. El ideal, como motor del deseo, posibilita la vida, pero con la vuelta de lo reprimido se transforma en su enemigo.

Articulación entre “la ley” y “las leyes”

La interrelación entre el psiquismo y los padres reales, que serán la matriz de las identificaciones, es muy difícil de delimitar. Sin duda el deseo paterno es fundante de la subjetividad, no hay niño sin padres, el hospitalismo o los niños-lobos de Aveyron u otros bosques lo demuestran. Es interesante, al respecto, el relato de Jean-Marc-Gaspard Itard, en 1801, sobre el tratamiento de uno de esos niños. Con las teorías de Rousseau frescas y vigentes como código de saber, Pinel en su cúspide profesional, siete años después de la Revolución, empiezan a aparecer relatos de estos niños encontrados en los bosques. Itard tenía 25 años y acepta el desafío que le lanza uno de ellos, desde una mirada “con intención comunicativa”. Con más recursos teóricos que él a esta altura del siglo XXI sigue siendo difícil recoger ese guante. Pinel había visto al niño y lo había desahuciado, y viniendo de él no era por falta de humanismo.
En nuestro país, el Dr. Escardó  alertó sobre lo que llamó hospitalismo, antes que los experimentos de Spitz en Minnesota estandarizaran el fenómeno y lo denominaran depresión anaclítica. Sin embargo, excepciones a la regla aparecen relativizando y haciendo dudar de descubrimientos absolutos.
En el caso de Itard, queda la duda si el niño fue abandonado por discapacitado, después de haber vivido en una familia; o si su discapacidad deviene de no haber sido introducido a tiempo en los códigos humanos. Pero fue viable, logró nutrirse y deambular, mostrando cierta curiosidad por las personas que veía. Por eso pudo ser rescatado e incorporado a la comunidad de sus semejantes.
En el orfelinato de Minnesota se “investigó” hasta qué momento un niño podía ser rescatado sin que se abandonara a la muerte, manteniéndolo sin contacto humano, alimentado mecánicamente. Eso llevó a una consideración de meses, y la ética de la experiencia hace pensar en el valor relativo que tenían esos niños para los experimentadores, y cómo la suerte de alguno de ellos podía cambiar si alguien “trampeaba” la experiencia y los tocaba (¡o miraba!) con afecto. La duda de qué mató a unos y salvó a otros no se puede simplificar en el acotamiento de ese suceso. Solo alerta a que el abandono y la crueldad no son buenos alimentos para un bebé, aunque se le dé leche con un aparato mecánico. La selva fue más benévola, los lobos (claramente observado en los perros pastores también), tienen tendencia al maternaje de crías muy diversas. No solo en los bosques franceses, también en los italianos abundan las leyendas, entre ella la de Rómulo y Remo.
El misterio de cómo alguien se apropia o no de lo ofrecido, o busca recibir lo que necesita (esa “mirada con intención comunicativa” de la que habla Itard), sigue siendo un interrogante. La conjunción entre niño demandante y madre que puede o no hacer lugar a dicha demanda, padre que terceriza o abandona, etc. son una conjunción que en la clínica encuentra un abanico desconcertante. No hay una relación matemática, o las matemáticas no tienen la relación unívoca que en algún momento se les confirió.
Para que haya subjetivación debe haber cuerpo, y éste no es tan “natural” como suponemos. No hay conciencia de exceso de temperatura en Víctor (el joven salvaje), ¡pero tampoco hay quemadura!, y eso asombra cuando lo vemos también en los hospicios. No hay reflejo para estornudar hasta que no lo adquiere “culturalmente”.  No presta atención a explosiones fuertes y sí a la fractura de una nuez. Parece mucho menos inteligente, nos dice Itard, que cualquiera de nuestros animales domésticos, que no hubieran sobrevivido sin embargo en la intemperie. La inclusión necesaria parece distar de ser sólo en el lenguaje hablado: para que alguien viva tiene que ser invitado, convocado, a habitar en códigos de sensaciones, signos sensoriales, que no existen sino pueden ser nominados. Como tampoco hay enfermedades hasta su reconocimiento. Aparecen “nachträlich”, a posteriori. No se ve si no se sabe qué mirar. O qué amar, en ese embrión de interés, esa intención que busca en el otro narcisísticamente algo: Existir en otro para que pueda volverse razón de existir, fundante del objeto prohibido y a la vez perdido para ser causa de búsqueda de su semblante. Atemporalidad, coexistencia, dificultad de captar, Keats, Borges, Freud, con sus señalamientos esclarecedores.
Para que haya vida debe haber deseo de vivir en circulación. “Llevo la vida sobre el deseo de vivir”, dijo Cervantes poco antes de su muerte. Y para que esto ocurra un objeto debe empujar proyectos: ese que evoque al que fue uno en fusión completa, y perdido se busque.  Sino, habrá melancolía, desinvestimiento de la realidad.  Nada que encontrar, ni tampoco encontrarse, la pérdida total, vacío.
El abandono al gozo de ceder y no luchar produce horror. Este abandono a las metas pulsionales las convierte en pura pulsión de muerte. La ley pierde la fuerza de esa fuente para su mandato fundamental: la desfusión del narcisismo, exigiendo trabajo al psiquismo y escisión al Yo. Hay muchos modos de caer al estanque maravilloso, pero todas tienen como premisa el abandono de las metas vitales que implican trabajo, respeto a la ley, amor al padre. Porque por amor a él, representante del ideal simbólico, se puede renunciar al ideal “carnal” de la pura voluptuosidad.
Pensar el deseo como heredero del deseo de dar vida de los padres es interesante por su proyección social. La ambivalencia paterna encierra como componente al odio como respuesta vital primaria. Desde lo social la ley aparece para limitar el odio parricida, fratricida y filicida. Este último recién reconocido el siglo pasado, comenzando a legislarse los derechos del menor. Aunque se mantienen la esclavitud y el mercadeo en formas solapadas, ya tienen reconocimiento de delitos. A principios del siglo XX se ganaba en Gran Bretaña un juicio defendiendo a un menor apelando a las leyes de protección al animal. Los esclarecimientos al respecto del psicoanalista argentino Arnaldo Rascovsky han recorrido el mundo, se han incorporado a la cultura de tal modo, que un periodista deportivo en Londres, hace dos años, lo nombraba en un artículo para graficar un conflicto. Saliendo de la indiferenciación primaria (indiferencia por el otro observable en el enamoramiento idealizado), es el odio más primitivo que el amor.

Lo propio y lo ajeno: objetos

La metáfora paterna permite recorrer las ligaduras y articulaciones entre el deseo y la ley. El deseo, anudando la pulsión, tiene un objeto a partir de la interdicción. La imbricación entre la fuerza pulsional, el erotismo como borde y la auto conservación, hacen aparecer un objeto. Primero será una proyección indiscriminada del propio ser, para irse recortando en algo que constituirá esa “realidad exterior” llena de objetos como proyecciones yoicas, hasta encontrar aquello que el yo no duplique, que llamaremos con Lacan “real”, que se reconocerá como extraño, imposible de asimilación. Este registro será constitutivo de la realidad psíquica cuando se emerge del “sentimiento oceánico”. La aparición de los objetos en el recorte de “yo” y “no/yo”, tendrán como primer objeto a ese mismo Yo. Y culminarán en el objeto prohibido, el objeto incestuoso, fundador de lo humano como legal en la triangulación edípica. Nada de esto es evolutivo, los efectos anteceden y crean las causas.
En la ley aparece un anudamiento entre la exigencia de la pérdida de gozo, (la renuncia a la fusión oceánica) y la auto conservación. El reconocimiento de su bondad es un arduo proceso, que sólo será posible cuando el pensamiento posibilite su entendimiento. Pero su acatación exige premura, y ésta se dará por amor. La humanización que implica el paso de vivir “en lo natural” del instinto para habitar el mundo de los seres queridos exige la renuncia de la pérdida de la cosa real (das Ding) para aceptar su sustituto, su representación (die Sache). Esa ley fundamental se articulará en la historia edípica para encontrar palabras y metaforización adecuada, en cada cultura con diferencias.
Los objetos de intercambio son consuelo al dolor de la pérdida, y alientan vivir. Palabras de amor a cambio de las heces en el sitio correcto, exigido a los padres por la cultura que los antecede. El lenguaje incorporado pasivamente hasta ese momento pasa a ser proferido, activamente, comienza el intercambio y las transacciones. Precios que se van pagando para poder apropiarse de un lugar en ese mundo. Itard descubre la enfermedad como avance de la humanización: El joven estornuda, reflejo que no tenía por más que su nariz estuviese llena de mucosidades: el cuidado de su nodriza, sus palabras, hacen aparecer un cuerpo sensible que parecía perdido.
Habrá siempre metas que respetar y deudas que pagar. Porque si la metonimia del deseo lo desplaza, el objeto causa creará otra meta ilusoria, que prometerá que “ahora sí”, pero al mismo tiempo sólo la certeza de que no permitirá el encuentro permite el avance. Si la seducción histérica no da lugar a la resolución fálica el crecimiento de angustia llevará al acto desbordado. Lo mismo que la postergación permanente del obsesivo. Se irán anudando en el suceder de la historia los aconteceres y sus objetos que constituirán la novela personal.
 Por eso precios, regalos, premios, amenazas y castigos, se inscriben en el deslizamiento del significante. Un regalo es y debe ser señuelo, ya sea expresión de amor, pedido de perdón, o cualquier otro significado posible.  Inscribirse en la cultura es perder para siempre una sola relación del significado con el significante, para entrar en el mundo del malentendido, con focalizaciones pregnantes.
Hay una diferencia a destacar entre valorización e idealización como procesos semejantes pero no iguales. El valor tiene reconocimiento de beneficio, es algo agregado, que nos enriquece, por lo tanto no estaba previamente. Al ser atravesado por la ley, se acepta estar en falta, no ser todo: el otro es necesario y valorado. La idealización entraña la hostilidad de la aniquilación, solo se existe como modelo o ideal del otro, en cambio en la valoración se acepta que alguien tiene algo distinto para dar. Puede ser ayudante u objeto de amor.
Otra diferencia sugestiva se podría hacer entre ligadura y sublimación. La elección de la palabra, en este último caso, ha llamado muchas veces la atención: Un pasaje directo de sólido a gas, sin licuación intermedia. Implicaría un “salto” sobre un proceso habitual. Hace pensar en lo que Lacan llamó synthom, cuando una articulación no habitual consigue “coser” algo sin seguir el procedimiento convencional. Eso que falta tiene una marca especial, puede liberar pulsión de muerte por su renuncia a la satisfacción sensorial. La “perdida” de los artículos freudianos al respecto, las referencias a ellos, incompletas, son significativas. Su educación, judía, implicaba una prohibición a lo imaginario para acceder a lo simbólico. Exigencia de sublimación, sin el estado intermedio. La ligadura implica los tres registros: real, imaginario y simbólico.

 Desestructuración de la ley en las situaciones límites

El Señor de las Moscas, es una narración magistral que le valió el premio Nóbel a William Goldling. Relata la aparición de un grupo de niños en una isla, sin adultos.
La isla es generosa, la necesidad no está en juego, tampoco hay amenazas naturales.
El fuego aparece como “señal” para ser rescatados. Se habla poco del accidente aéreo que los puso allí, pero se tangencia “el piloto murió”, y “acciones de guerra”. Parecen haber formado parte de un grupo de evacuación.
Dos niños se presentan en la primera escena, claramente diferenciados: un líder carismático y un intelectual. Por sugerencia del segundo el primero sopla una caracola para convocar otros posibles supervivientes, constituyéndose esa caracola en el símbolo de orden entre ellos. Aparece un coro comandado por su director, un adolescente. El y el líder compiten por el mando, votan, gana el líder. Nunca consiguen organizarse lo suficiente para hacer un recuento. Se le encomienda la tarea al intelectual, denostado por el grupo desde el principio (Piggy) y éste se cobija en la queja y no lo hace. Hay un grupo de “pequeños”,  entre ellos uno con la cara manchada. Se logra el fuego gracias a los lentes de Piggy y el primer accidente: un incendio. El niño con la cara manchada no es visto nuevamente. Nadie lo menciona.
Poco a poco lo civilizado en los niños se irá desestructurando, primitivizándose a tal punto que matan desaprensivamente a dos de ellos (los que atacan con pensamientos) y persiguen como cazadores al último bastión, el líder, hasta casi matarlo.
El conjunto configurado como “coro” se transforma en “los cazadores”, y la cohesión, cambiando el ideal, los transforma en asesinos. Un coro, sostenimiento de la tradición cultural de la  música, convertido en una banda.
El “abandono protector” que sugiere Golding en las guerras, alejando a los niños de la barbarie adulta, los sorprende cuando los niños también vuelven a ella. La hipocresía cultural, delatada también por Freud , se castiga desde el retorno de lo desmentido.

Lo denunciado virtualmente desde la infancia en una sociedad desbordada generalmente es reprimido o desmentido. Cada niño en la isla muestra los recursos de su estructura según lo que ya se había configurado. La crisis de la función paterna, agudizada en el  siglo XX,  es denunciada por múltiples pensadores, entre ellos Lacan. La terceridad ausente, exige “aguantar solo”, en ideologías individualistas: Eso implica re-enviar a la duplicidad del propio narcisismo. Padres maltratados y desconsiderados por sus símbolos paternos (jefes, líderes, autoridades) se presentan debilitados y humillados ante su prole. Bajar la edad de la imputabilidad del delito en nuestro país recuerda la desgraciada anécdota del ejército brasilero, que en vez de programar una campaña de nutrición porque sus soldados no llegaban a la estatura requerida, (por las malas condiciones de las cuales venían), modificó la estatura convenida.
La cultura, nos dice Freud ,  nos protege generando malestar. Existe el mito que resignar el salvajismo debilita para cierta vida animal, pulsional, para la cual parecen estar mejor dotados los cazadores. Sin embargo no es así: el salvajismo termina tragándose a sus generadores. Los estudios sobre otros niños como el estudiado por Itard, y casos de personas perdidas al estilo de Robinsoe Crusoe, cuestionan las ventajas de la pérdida de lucidez y recursos educativos: son siempre estos últimos los que dan más chance de sobrevivir.
Poder reconocer la barbarie como propia, en la mirada del oficial que encuentra los niños, evoca lo siniestro, lo ominoso, la transformación de lo familiar en extraño. No puede reconocerse en la imagen vista, el efecto de siniestro evoca al doble, no al enemigo. “Yo hubiera pensado que un grupo de niños británicos... sois todos británicos, ¿no es cierto?”. Su duda es existencial: son,... somos ¿qué somos?. A igual de la apuesta de Freud sobre el nivel cultural alemán, también siniestra.
La no posibilidad de hacer un recuento y una lista con nombres, en los niños, muestra esa indiscriminación donde no llegan a número, son solo marca. En la medida en que un líder podía cohesionar, era modelo y reflejo. Pero cuando la frustración es más fuerte, deja de ser idealizado para volverse “mensajero de la muerte”. Ante las dificultades, se regresa a la indiscriminación de la masa. Solo aquellos que mantienen pensamiento propio son capaces de agresividad y no furia de contagio.
En el enemigo, heredero del rival como lugar narcisístico, se dirimirá la primera ley, aquella que sanciona el asesinato de Abel en manos de Caín. El respeto por él será una paso fundamental. La ley desarticula el goce, detiene la desestructuración del caer del amor al odio. Por eso la amistad, los sentimientos tiernos, son un logro fundamental, en todas las estructuras sociales

 Castigos (Las Moscas-Sartre)
Cuando el castigo pierde su fuerza

El castigo es un instrumento representacional de la ley: cuando acaece en lo real denuncia su falla como alerta o amenaza. Encierra, como el síntoma, los diversos componentes de afluencia que lo constituyen. Cuando una alerta no es atendida descubre lo morboso, mortífero de esa fuerza superior al freno de la amenaza, que puede arrasar. El castigo cobija en su seno al goce. Aunque su presencia imaginaria sea en el futuro, implica paradojalmente la caída en lo “anterior”, si pudiese ponerse tiempo a la atemporalidad de la pulsión. En el psiquismo, la amenaza previene su existencia real, configurándolo simbólicamente antes que su causa. Fracaso de ligadura, su ejecución implica la tragedia, la caída en la tentación, la no posibilidad de sostenerse en la legalidad.

Freud: “Este ser azotado es ahora una conjunción de conciencia de culpa y erotismo; no es solo el castigo por la referencia genital prohibida, sino
también su sustituto regresivo, y a partir de esta última fuente recibe la excitación libidinosa que desde ese momento se le adherirá y hallará descarga en actos onanistas” .

Orestes quiere castigar a Egisto y a Clitemnestra, y la ambivalencia reina en esos tronos. Castigos y culpas se entrecruzan, remordimientos confunden. Y otra vez lo individual y social se diferencian y articulan. Culpa y responsabilidad se contraponen. La culpa miente una responsabilidad que trampea. Como queloide, cubre algo que no cicatriza, no “cose”, no anuda. No exige trabajo, prefiere el castigo. La responsabilidad, en cambio, se inscribe en la legalidad: debe evitar que ocurra algo malo, previene, amenaza, impide la caída.
La metáfora del exilio como echada del paraíso era pregnante en la antigüedad, y lo sigue siendo. Y no hay otro paraíso que aquel mítico, que estuvo antes de reconocer la dependencia de otro. Orestes se refiere a ello como habiendo sido privado de lo propio, y no pudiendo adquirirlo tardíamente: “Si hubiera un acto que me diera derecho de ciudadanía..., si pudiera apoderarme, aún a costa de un crimen, de sus memorias para colmar el vacío de mi corazón, aunque tuviera que matar a mi propia madre...”. Esa madre que anulando la ley paterna lo dejó en la inclemencia de la no pertenencia a un lugar con código compartido en las vivencias. Que negándole al padre lo envía al “extranjero”, a ser extranjero él mismo, perdiendo sus olores junto con su padre.
Hay algo torcido, sin duda: una madre que mata al padre y expulsa. En ese orden, porque lo “salva” enviándolo lejos. Del paraíso hay que irse, también por estructura. Exiliarse de los olores es exigido por la humanización: la posición erecta, en la especie y en la evolución personal. El alejamiento de la cosa es un exilio, que produce una alienación primigenia, primer eslabón de otras, que alejan de la sensorialidad, pero no necesariamente la excluyen.
Desde el cobijo de sus padres adoptivos parte, como Edipo, en busca de su destino. Júpiter, Dios de la muerte, lo sigue, cultivando la tragedia. De los padres adoptivos (únicos posibles) a los “reales”, solo hay retorno siniestro.
Encuentra un pueblo sumido en el gozo del arrepentimiento. Todos han sido cómplices al permitir el anunciado asesinato de Agamenón, y siguen siéndolo al no denunciar el delito. Se “castigan” regodeándose en oscuros remordimientos. El castigo no está exento de éxtasis, lo incluye. Allí no hay lazo social, hay acusaciones mutuas.
El estanque de Narciso succiona. Abandonar el esfuerzo vital al que envían los imperativos categóricos (en los “mandamientos” religiosos aparecen como ley del padre) es una tentación que configura escenas distintas según la estructura. Si la catástrofe adviene el ideal parece denostado, pero más bien muestra su cara voluptuosa.
Los pecados capitales ejemplifican dónde el objeto de goce espera con sus tentaciones.  Amenazan con la destrucción si se cae en ellos, por su poder de atracción: Gula, lujuria, ira, envidia, soberbia, avaricia y vanidad, muestran que aquello más anhelantemente deseado, debe ser evitado.
El peligro que implican, distinto para cada individuo, dependerá del mapa erógeno. Corrientes psíquicas y series complementarias diseñarán dónde la fuente cargó libidinalmente algún borde, constituido en zona erógena: Oralidad, deseo exhibicionista, retención infinita, desborde aniquilatorio, amenazarán con intensidades distintas según las estructuras y los frenos logrados. No todos somos vulnerables a las mismas tentaciones, por lo tanto somos echados de distintos paraísos. Las defensas se orientarán en la dirección que la atracción indique, logrando si es posible transacciones adecuadas
Vengar a su padre se impone como mandato desde Electra (hermana), desoyendo a su preceptor que le aconseja irse y vivir. Venganza no es justicia, es su desborde, y la potenciación fraterna lo envía  al matricidio anunciado. Donde hay tragedia no se escribe un drama, ni se posibilita la novela personal. El castigo es el triunfo de la muerte sobre la vitalidad. Es desintegración, aniquilación, desunión. Pero ocurre por pasividad, no por fuerza. No arrasa sino caen los diques que mantienen el deseo canalizado. La desmesura es para cada estructura distinta, y solo la conoceremos si escuchamos cuidadosamente el discurso. El peligro de caer en las normas, nos puede convertir en buenos moralistas, o educadores, pero malos analistas. Conocer el qué para quién, es saber de su ley. O su falta. Eso posibilita descubrir transgresiones que impliquen cambios, nuevas situaciones, sin confundirlas con actos destructivos. Diferenciar infracciones de delitos, ya que éste implicará daño y no reacomodación. Destrucción, no cambio de ligaduras.
Es complejo reconocer el delito como tal, pero necesario, tomando distancia para su condena. La desmesura del castigo solo premia al que cometió la transgresión, y arrastra al juez al mismo lugar que al delincuente. Cuando las leyes sociales advierten que es más peligroso condenar a un inocente que perdonar un culpable, coinciden con la alerta de Sartre con sus Moscas, recreado también en el flautista de Hamelin (Hameln). Es fácil y peligroso sucumbir al encanto hipnotizante de las turbas (fenómeno de masas) sin detenerse a hacer un frío análisis de la situación. La seducción es un ingrediente fundamental del estanque narcisístico, sería menos complejo si mostrase su final mortífero. Y esa seducción se ejerce desde palabras con empatía afectiva, ¡a nadie le gusta ponerse en guardia contra ellas!.
Por otro lado, el temor al castigo excesivo impide pensar sobre los daños causados, jerarquizando la culpa sobre la responsabilidad. Discriminar y aceptar lo incorrecto, aceptar la tentación del delito, evita lo admonitorio para dar lugar a juicios de condena: rescata y dignifica las fuerzas pulsionales evitando represiones, que envían a la neurosis; o desmentidas, que escinden patológicamente. Implica un gran esfuerzo aceptar la complejidad, a eso se refiere Freud como “exigencia de trabajo para el psiquismo”.
Si la ley intrapsíquica, los imperativos categóricos, no tienen eficacia, el desborde (castigo-caída) se puede dar de distintos modos. Uno es la carga del polo perceptivo, que produce la alucinación y toda la gama de deformaciones en la percepción. Esto corresponde a estructuras esquizoides. Cuando no es la imagen, sino la representación, se cree más en las palabras que en lo visto: Es el delirio. El castigo por desatender lo perentorio se siente como dilución del propio ser, pérdida de corporeidad.
El desborde afectivo es más familiar para los neuróticos. El asco, la desolación, la desesperación, el dolor moral, la humillación, la vergüenza, acaecerán, caerán con toda su saña si no podemos sostener el aprecio del  super-yo, si hay acercamiento a lo prohibido.
En las estructuras perversas la articulación entre lo deseado y lo prohibido, respetando la necesidad de satisfacción erógena, no hay sido lograda; el super-yo aparecerá proyectado en el exterior como en la infancia. Similar al niño que ante la mirada de su padre sabe cómo está actuando, y lo desafía hasta que puede identificarse y así no perderlo (valerse de él para poder prescindir), el perverso sigue repitiendo la escena dónde lo legal lo abandona, y el castigo reemplaza la ligadura.
El castigo corporal a través de la enfermedad requiere alguna reflexión. No perteneciente a ninguna estructura en particular (la histeria encarna la metáfora, el psicosomático deja un agujero irrepresentado, la hipocondría crea un delirio desatendiendo ligaduras) la frase “bajas defensas” cobra cierto efecto de sentido. Si las defensas se bajan, el ataque del exterior está facilitado. El auge de las alergias, donde el cuerpo aparece enloquecido por un estímulo “menor”, requiere más entendimiento significante.

Cuando la epistemología moderna, con Popper y Kuhn, hablan de los nuevos paradigmas y su modo de evolución por sumatoria o por reacomodación, evocan la inferencia teórica acerca del conocimiento que hace Freud con el “nuevo acto psíquico”. Ya nada podrá ser visto como antes. Algo se coaguló, se articuló, se abrochó, de otra manera. Allí quiero apuntar: cada ligadura legal cambia para siempre lo anterior estructuralmente. En el devenir del parloteo, donde cada símbolo está anillado, cada tanto ocurre un switch y las cosas se ordenan de otro modo. Como en un caleidoscopio, lo de antes es inaccesible.
La organización familiar y social, y el entramado psíquico que de ellas se engendra, puede cambiar. Lo que no puede hacerlo es que debe haber una ligadura articulante.  La madre actual representa la desmesura y el padre la ley, puede que otras articulaciones sean posibles. La aniquilación tendrá que ser frenada, eso es necesario y no contingente, esté donde esté representado. Lo irreductible en lo virtual del otro, cuando reconocido, hace nacer el respeto: por egoísmo y por temor, frena el ataque, y posibilita el amor.
Por eso mi conclusión es que la ley es un vértice en la triangulación.

 Citas

(1) Sigmund Freud: Pulsiones y destinos de Pulsión.
(2) S. Freud: Tres ensayos de Teoría Sexual.
(3) S. Freud: Pulsiones y destinos de pulsión.
(4) S. Freud: Psicología de las Masas.
(5) S. Freud: Introducción del Narcisismo.
(6) Guillermo Maci: La otra escena de lo Real
(7) S. Freud: Introducción del Narcisismo.
(8) J. Lacan: El estadio del espejo.
(9) S. Freud: El Yo y el Ello.
(10)S. Freud: El Malestar en la Cultura.
(11)S. Freud: El Malestar en la Cultura.
     (12)S. Freud: Pegan a un niño.

Bibliografía del seminario:

Sobre la conquista del fuego. 1931/32  t.22 -*-
Contribuciones para un debate sobre el onanismo. 1912 t.12 -*-
Tipos libidinales. 1931  t 21 -*-
La novela familiar del neurótico. 1908/9. tomo 9. -*-
Fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad. 1908. tomo 9. -*-
Análisis de la fobia de un niño de cinco años. 1909.t. 10
Pulsiones y destinos de pulsión. 1915. tomo 14
Pegan a un niño. 1919. tomo 17. -*-
Sobre las teorías sexuales infantiles. 1908. t.9 -*-
La organización genital infantil.
Puntualizaciones sobre el amor de transferencia.1914/15 t.12 -*-
Psicología de las Masas. 1921 t. 18
La Represión. 1915. 14


Bibliografía general

“La Gradiva”,  de W. Jensen
“El Señor de las Moscas”, de William Golding
“Las Moscas”, de J. P. Sartre
“The wild boy of Aveyron”, by J.M.G. Itard.
“No and Yes”, by R. Spitz
“Robinson Crusoe”, de Daniel Defoe

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