Zumbidos de moscas guían
el recorrido de este escrito. Comienzan en “La Gradiva”, de Jensen; siguen
en “El Señor de Las Moscas”, de William Golding; y se detienen
en “Las Moscas”, de Sartre. Música de fondo: Nicolai Rimsky-Korsacov:
“The flight of the bumblebee” (El vuelo del moscardón). Posiblemente
hay algo más anodino e insoportable que una mosca, pero sirve para
empezar a desplegar alguna pretensión de vuelo.
En mi lectura de “La Gradiva”, de Jensen, las moscas marcan
una línea: primero son molestas, insoportables y despreciables,
llamativamente comparadas a las parejas de tórtolos enamorados
(Norbert las llama August y Gretel, cuya presencia lo inquietan); luego
permiten la corporización del contacto: hay un manotón espantando
una de ellas que lleva a tocar a Zoe, que muestra que no es una ilusión;
para finalmente provocar el juego de “comerse la mosca” que culmina en
el beso, la salida del delirio y el comienzo de una historia.
Insignificantes pero fundamentales para la consecución
de la trama. Como la pulsión o el instinto. Como “eso” o “ello”,
o lo real.
Dos exigencias ineludibles plantea Freud
para el sujeto: lo pulsional, y el mundo externo . Y dos amenazas: Castración
y retiro de amor. Se impone algún desarrollo metapsicológico
que explique diferencias entre afuera, adentro, yo/no yo, sujeto, objetos,
etc. Y…¿Qué es lo que corta un estímulo para que
no sea permanente?. La huida sirve con el mundo exterior, la satisfacción
mediante acción específica para algunas necesidades (comer,
por ejemplo), o la alteración interna para otras (respirar, entre
ellas). Si es desatendido, por degradado que parezca, puede crecer y llevar
al límite de la locura, provocar gastos de protección excesivos,
o teorías. Porque hay un fluir del pensamiento que se detiene y
coagula, que hace decir a Keats en su poema 23: “Contemplé un instante”,
o a Borges en el Aleph: “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo:
lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin
embargo, recogeré.”
Aquello que se plasma en un aforismo, que
frena una desmesura que no se capta y así se apresa, … o se pretende
al menos, insiste en recuperar lo posible de esa experiencia en la cual
lo fundamental se escurre.
Más humildes que el arte, las teorías pretenden
lo mismo.
En el recorrido bibliográfico llevada
por las moscas partí de la curación de un delirio por amor,
La Gradiva, para continuar con la desconstitución de la legalidad
en un grupo de jóvenes, y finalicé en la búsqueda de
justicia de Orestes por la muerte de su padre Agamenón. No necesitaba
más. En ese suceder de la búsqueda de una temática
algo aconteció, “cortó” el seguir a las moscas y dar comienzo
a la escritura. Y desde allí comienza un nuevo suceder, que con
algunos límites puestos devendrá algo, aunque el producto
nunca se parecerá a lo que se empezó buscando. Pero es el
caminar trás el “objeto causa de deseo” lo que provocará aconteceres
vitales que realimenten, con la frustración consiguiente, el deseo
a seguir trás él.
Articulación entre
Ideales, leyes y castigos
Aclarando que “aquello” que zumba no lo
hace igual para todos, lo vemos representarse en distintos planos, no
precisa ser una mosca. Insistiendo en ser atendido no siempre lo
consigue. Muchas veces al surgir es sofocado. Otras, encuentra una solución
adecuada, eficiente sólo si es acorde al estímulo. Si desespera
desbordará la posibilidad de ligadura, reinará la angustia,
y exigirá más trabajo al psiquismo. Cuando éste claudica
creará realidades delirantes, la angustia provocará ligaduras
inadecuadas, o perforará el cuerpo allí donde el simbolismo
no lo alcanzó en la metamorfosis en Yo. La escena no se articula,
o se sale locamente de ella.
Esto trae evocaciones de las teorías pulsionales:
Freud: “El progreso del conocimiento no
tolera rigidez alguna, tampoco en las definiciones.... un concepto convencional
de esa índole...es el de pulsión” Ella es “la
agencia representante psíquica de una fuente de estímulos
intrasomática en continuo fluir...” a diferencia del “estímulo”
de influencia acotada. Los “estímulos exteriores plantean una única
tarea: sustraerse de ellos”, “si el sistema nervioso se basara en la constancia,
los molestos estímulos pulsionales exigen un trabajo plus porque
no se puede huir de ellos”. De ellos depende el progreso, dice, porque
exigen el invento de la ligadura.
De allí arranca mi teorización
de la ley, de la necesidad de ligar la desmesura. Circunscribe lo
intocable, lo imposible. Prohíbe el exceso para permitir la vida.
Mientras más acotada sea su prohibición, mayor será
el universo sin conflicto como objetos disponibles.
Cada significante es un aleph de posibles
significados, que se coagulan en un nombre y una imagen para presentarse
ante otro que lo decodifique; la ley es un significante princeps que se
presentifica en la metáfora paterna.
Articula, anilla lo real con el lenguaje.
Se ubica entre el ideal y el castigo, y en la topología del psiquismo
muestra la imbricación de los diferentes registros y sistemas.
Su falta disgrega, desarma, destruye.
Ideales y virtudes
La relación de la pulsión
con el ideal es un punto de anudamiento inicial: la turbulencia emocional
ante la cercanía del ideal delata la presencia pulsional. Esto configura
puntos de anclaje que mapean el psiquismo de cada individuo en su unicidad.
Configuran rasgos, que pueden ser virtudes o su contracara (defectos) por
identificación con rasgos del modelo.
La diversidad exige un reconocimiento de
mayor envergadura del que ha sido logrado científicamente.
Sigue siendo peleado el concepto que aquello que no puede ser estandarizado
no es ciencia. Los criterios normativos están tan incorporados a
la cultura actual, con la estadística como creencia aseguradora de
verdad, que el “deber ser” pasa por norma, mediana y media, desconfiando
de todo aquello original y creador. Cultura de paradojas y contradicciones,
que insertan desde el primer lenguaje en el absurdo: la crueldad es estadísticamente
normal, matar una prohibición cuestionable, amar un mandato vacío.
Al ideal hay que tender por estructura:
heredero del modelo o ideal del desdoblamiento narcisístico con
el semejante , “objeto que puede llamarse de apuntalamiento” (tipo anaclítico)
, convoca la fuerza pulsional necesaria para impeler a su búsqueda.
Por alejado que parezca de los primeros objetos, la turbulencia emocional
delata su origen. El super-yo deberá proteger que la metonimia
siga su curso, con aconteceres que permitan su cercanía en semblantes
permitidos, pero no el contacto directo. Tampoco el ideal es el
mismo para todos. Hay muchos: Belleza, verdad, justicia … Tomemos “La
copa de las Hadas”, poesía de Rubén Darío para definir
desde alguien lo deseable, mezclando dones y virtudes. Las hadas han hecho
una copa maravillosa:
………
La copa hecha se pensó
en qué se pondría en ella
(que es el todo, niña bella,
de lo que te cuento yo).
Una dijo: —La ilusión;
otra dijo: —La belleza;
otra dijo: —La riqueza;
y otra más: —El corazón.
La Reina Mab, que es discreta,
dijo a la espléndida tropa:
—Que se ponga en esa copa
la felicidad completa.
Dejó caer la divina
Reina de acento sonoro,
algo como gotas de oro
de una flauta cristalina.
Ya la Reina Mab habló;
cesó su olímpico gesto,
y las hadas tanto han puesto
que la copa se llenó.
Amor, delicia, verdad,
dicha, esplendor y riqueza,
fe, poderío, belleza...
¡Toda la felicidad!...
Es importante discriminar. Los dones son recibidos
como predisposiciones que pueden o no desarrollarse, pero están otorgados
por la herencia. No así las virtudes, que como rasgos de carácter,
se desarrollarán a veces hasta en la carencia de dones. El tesón
que mucha gente adquiere desde una inhabilidad o discapacidad física
es conocido ampliamente. Con humor, Alejandro Casona hace decir a una dama
en “Prohibido suicidarse en Primavera”: Linda se nace, elegante se trabaja
para serlo. Clara diferencia.
La satisfacción narcisística que producen las
virtudes sostiene y estructura, permitiendo renuncias pulsionales muy
importantes. Son una conquista psíquica, se doblegan las pulsiones
para satisfacer al modelo, por eso el super-yo, su heredero, castigará
duramente su pérdida. Toda la latencia será un renunciar por
amor y temor, y dedicar toda la energía psíquica a volverse
“bueno”, virtuoso. El imperativo de prepararse para trabajar, estudiando,
y la aparición en la conciencia de la muerte del padre, su caída
del ideal, ocuparán esos años.
Es el super-yo, dice Freud, el que va a constituir los ideales.
También la conciencia moral y la auto-observación . Va a
estructurar las leyes admonitorias y gratificadoras mediante imperativos
categóricos. En el caso de la neurosis va a imponer castigos valiéndose
de los afectos, que al ser irreprimibles, cambiados de signo dejarán
sin la satisfacción esperada.
La conformación del super-yo y la formación
del carácter organizan la vida pulsional dentro de una legalidad.
Se interrelacionan directamente, porque el super-yo ofrece los ideales,
que es una de sus funciones, y el yo tratará de asumirlos, configurándose,
si es posible, a su imagen y semejanza.
En la medida que el aparato psíquico se va constituyendo,
el preconciente se complejiza, y las representaciones ofrecidas por
el lenguaje (en forma de valores) van a servir de ligadura a mociones
pulsionales que deberán abandonar su satisfacción sexual
configurándose en virtudes. No hay sublimación sin que se
produzca un rasgo de carácter, huella del autoerotismo en retirada
de su zona erógena. Si la ligadura fracasa, el abanico de posibilidades
patológicas dependerá del juego caleidoscópico que
se dé. Si los ideales no ceden su lugar a los valores, (que implican
una relativización que cobija el respeto a los ideales ajenos, otorgándoles
un lugar), el triunfo narcisístico mostrará el lado estéril:
no se generará nada nuevo, diferente.
Se une aquí la relación entre el yo-ideal y
el ideal del yo. Para el yo-ideal la desestructuración, la caída
en el cuerpo despedazado es lo temido, pero para las estructuras más
elaboradas que coexisten con él (yo real definitivo) el desastre
se juega en relación a la pérdida de algo valorado (castración).
Aparece una gama de afectos como el asco, la desesperación, la
humillación, la furia, la vergüenza, profundamente ligados
a la amenaza. Lo más temido se expresa como soportar un afecto
que desestructura. El dolor allí es psíquico. El dolor físico
toma un sentido diferente según la fantasía que lo acompañe.
En los cuadros psicosomáticos no se “registra” justamente por la
imposibilidad de fantasear, el psicosomático tiene un mundo de
fantasía muy pobre. En la hipocondría el temor delirante
no sirve de defensa. Es en las neurosis, con sus síntomas, donde
el sufrimiento psíquico está anudado al corporal. Allí
las ligaduras permiten placer y dolor con efecto de sentido.
Volviendo a las moscas, ideales diferentes se juegan en Norbert
(La Gradiva) u Orestes (Las Moscas), y en los niños de la isla
(El Señor de las Moscas). El delirio amoroso de Norbert remite a
la alucinación infantil. El objeto amado se “ve” por la potenciación
del polo perceptivo arrasado por el deseo, anegado por su base pulsional.
El efecto de sentido se estructura en un campo distinto al que el sujeto
cree comprender, y de acuerdo a leyes que le son desconocidas. “Esa significancia
ordenada por una legalidad expresada por diversas metáforas
y teorías, constituyen en Freud una legalidad tópica” . Aquello
que retorna como exterior restituye un saber que fue sustraído, por
lo tanto es de total desconocimiento, el ideal aparece habitualmente cambiado
de signo.
El primer ideal que podemos inferir es corporal, de satisfacción
absoluta de la fuente de necesidad. El anhelo por conseguirlo hace que
la pulsión desborde el incipiente psiquismo y produzca la alucinación.
Aparece una imagen que descentra el cuerpo, pero todavía no unifica
las distintas zonas erógenas.
En la alucinación hay un encuentro con el objeto en
un vínculo de ser. Se es el objeto creado por el psiquismo. Pero
esta fusión generalmente es destruida porque la necesidad insiste,
la pulsión insiste, el cuerpo insiste, y hay que reacomodar la realidad
en la que se cree.
Con el “nuevo acto psíquico” del narcisismo , el estadio
del espejo , el cuerpo se unifica, se coagula en una imagen: Ése
soy yo. Alteridad inicial que nos desdobla para siempre. Encontrarnos en
uno ha sido perdernos como múltiples fuentes expresándose.
El cuerpo ya no es “yo”, es ese cuerpo “mío”.
El ideal narcisista es el encuentro de uno mismo afuera,
pero no solo en el efecto siniestro del doble alucinado. También
en un Yo proyectado en realidad psíquica. Encontrarse cómodo,
encontrarse gratificado, o que esa imagen donde me encuentro refleje aspectos
maravillosos. Es maravilloso encontrarse, lo desastroso es perderse. Si
me encuentro soy, mantengo el vínculo de ser. La proyección
del aparato imbricada en lo real de la percepción crea una realidad
única para cada sujeto. (Freud: Conclusiones, Ideas, Proyectos. 1938)
En el enamoramiento, como le ocurre a Norbert, Eros insiste,
y el ideal cae para convertirse en objeto de amor: El otro no duplica,
tiene un núcleo irreductible que exige ser reconocido como diferente.
Allí se juega, en la bisagra entre la duplicidad narcisista
y objetal, el paso del enamoramiento al amor. La renuncia a los fines
egoístas se transforma en un nuevo ideal a lograr. El “no”
introducido por la legalidad ante el objeto incestuoso, enloquecedor,
debe entrañar el “sí” que permite e impele el desplazamiento
metonímico hacia la exogamia. Otros objetos son posibles, desplazados
del ideal, por lo tanto ya no “perfectos” (en paridad con la propia descompletud).
En las abstracciones, como verdad o justicia, orden,
libertad, etc., el mismo fenómeno puede llevar al fanatismo,
ya que la pulsión carga una idea y la satisfacción sexual
queda ausente. La pulsión de muerte es liberada por la falta de
satisfacción sensible, la inmolación del cuerpo conduce
imaginariamente a ser sólo espíritu unido a la idea. En la
clínica insistimos con los idealistas en que concreten, que
hablen de un hecho de su vida que ilustre aquello que sienten, para poder
por vía asociativa acercarnos a la ligadura con la fuente que alimentó
esa supuesta idea pura.
El ideal en ese caso no es otra cosa que un lugar psíquico,
donde la sexualidad cede sus metas para enaltecer conquistas culturales.
Si la imbricación es exitosa encontraremos ligaduras o sublimaciones
logradas, que semblanteen el horror, lo insoportable. Si el velo cae,
da paso a lo que se oculta: Atrás de cada ideal podemos ver un estilo
de satisfacción sexual a la que se le ha denegado su satisfacción
directa, y que ha debido transitar el largo camino del desplazamiento
para volver, deserotizado, transformado en ideal social.
El procesamiento psíquico que desde lo pulsional culmina
en el rasgo de carácter o en las virtudes, es el camino que va
desde el autoerotismo, o el cuerpo despedazado, transitando el narcisismo
hacia el complejo de Edipo y la resolución de la amenaza de castración,
con su especificidad en cada individuo. El carácter, como mapa,
punteará los aconteceres que acercaron al sujeto al ideal y cual
fue su resolución legal.
En el rasgo se hace carne una ilusión de reencuentro.
Pero no necesariamente va a conservar el sentido ideal de las primeras
identificaciones. Los defectos también surgen por identificación,
pero ésta es al rasgo donde el modelo muestra su falla. Esta denuncia
narcisística es un intento frustrado de elaborar la caída
del ideal. Se asume la falta como hablando del ser del sujeto, por lo
tanto no es falta. En la caracteropatía histérica el ideal
estético aparece caricaturizado, y en el carácter obsesivo
el deseo hostil se disfraza de limpieza y orden, pero en su modalidad se
delata. El ideal, como motor del deseo, posibilita la vida, pero con la
vuelta de lo reprimido se transforma en su enemigo.
Articulación entre “la ley” y “las leyes”
La interrelación entre el psiquismo
y los padres reales, que serán la matriz de las identificaciones,
es muy difícil de delimitar. Sin duda el deseo paterno es fundante
de la subjetividad, no hay niño sin padres, el hospitalismo o los
niños-lobos de Aveyron u otros bosques lo demuestran. Es interesante,
al respecto, el relato de Jean-Marc-Gaspard Itard, en 1801, sobre el tratamiento
de uno de esos niños. Con las teorías de Rousseau frescas
y vigentes como código de saber, Pinel en su cúspide profesional,
siete años después de la Revolución, empiezan a aparecer
relatos de estos niños encontrados en los bosques. Itard tenía
25 años y acepta el desafío que le lanza uno de ellos, desde
una mirada “con intención comunicativa”. Con más recursos
teóricos que él a esta altura del siglo XXI sigue siendo difícil
recoger ese guante. Pinel había visto al niño y lo había
desahuciado, y viniendo de él no era por falta de humanismo.
En nuestro país, el Dr. Escardó alertó
sobre lo que llamó hospitalismo, antes que los experimentos de
Spitz en Minnesota estandarizaran el fenómeno y lo denominaran
depresión anaclítica. Sin embargo, excepciones a la regla
aparecen relativizando y haciendo dudar de descubrimientos absolutos.
En el caso de Itard, queda la duda si el niño fue
abandonado por discapacitado, después de haber vivido en una familia;
o si su discapacidad deviene de no haber sido introducido a tiempo en
los códigos humanos. Pero fue viable, logró nutrirse y
deambular, mostrando cierta curiosidad por las personas que veía.
Por eso pudo ser rescatado e incorporado a la comunidad de sus semejantes.
En el orfelinato de Minnesota se “investigó” hasta
qué momento un niño podía ser rescatado sin que se
abandonara a la muerte, manteniéndolo sin contacto humano, alimentado
mecánicamente. Eso llevó a una consideración de meses,
y la ética de la experiencia hace pensar en el valor relativo que
tenían esos niños para los experimentadores, y cómo
la suerte de alguno de ellos podía cambiar si alguien “trampeaba”
la experiencia y los tocaba (¡o miraba!) con afecto. La duda de qué
mató a unos y salvó a otros no se puede simplificar en el
acotamiento de ese suceso. Solo alerta a que el abandono y la crueldad no
son buenos alimentos para un bebé, aunque se le dé leche con
un aparato mecánico. La selva fue más benévola, los
lobos (claramente observado en los perros pastores también), tienen
tendencia al maternaje de crías muy diversas. No solo en los bosques
franceses, también en los italianos abundan las leyendas, entre
ella la de Rómulo y Remo.
El misterio de cómo alguien se apropia o no de lo
ofrecido, o busca recibir lo que necesita (esa “mirada con intención
comunicativa” de la que habla Itard), sigue siendo un interrogante.
La conjunción entre niño demandante y madre que puede
o no hacer lugar a dicha demanda, padre que terceriza o abandona, etc.
son una conjunción que en la clínica encuentra un abanico
desconcertante. No hay una relación matemática, o las matemáticas
no tienen la relación unívoca que en algún momento se
les confirió.
Para que haya subjetivación debe haber cuerpo, y éste
no es tan “natural” como suponemos. No hay conciencia de exceso de temperatura
en Víctor (el joven salvaje), ¡pero tampoco hay quemadura!,
y eso asombra cuando lo vemos también en los hospicios. No hay
reflejo para estornudar hasta que no lo adquiere “culturalmente”.
No presta atención a explosiones fuertes y sí a la fractura
de una nuez. Parece mucho menos inteligente, nos dice Itard, que cualquiera
de nuestros animales domésticos, que no hubieran sobrevivido sin
embargo en la intemperie. La inclusión necesaria parece distar
de ser sólo en el lenguaje hablado: para que alguien viva tiene
que ser invitado, convocado, a habitar en códigos de sensaciones,
signos sensoriales, que no existen sino pueden ser nominados. Como tampoco
hay enfermedades hasta su reconocimiento. Aparecen “nachträlich”,
a posteriori. No se ve si no se sabe qué mirar. O qué amar,
en ese embrión de interés, esa intención que busca
en el otro narcisísticamente algo: Existir en otro para que pueda
volverse razón de existir, fundante del objeto prohibido y a la
vez perdido para ser causa de búsqueda de su semblante. Atemporalidad,
coexistencia, dificultad de captar, Keats, Borges, Freud, con sus señalamientos
esclarecedores.
Para que haya vida debe haber deseo de vivir en circulación.
“Llevo la vida sobre el deseo de vivir”, dijo Cervantes poco antes de
su muerte. Y para que esto ocurra un objeto debe empujar proyectos: ese
que evoque al que fue uno en fusión completa, y perdido se busque.
Sino, habrá melancolía, desinvestimiento de la realidad.
Nada que encontrar, ni tampoco encontrarse, la pérdida total,
vacío.
El abandono al gozo de ceder y no luchar produce horror.
Este abandono a las metas pulsionales las convierte en pura pulsión
de muerte. La ley pierde la fuerza de esa fuente para su mandato fundamental:
la desfusión del narcisismo, exigiendo trabajo al psiquismo y escisión
al Yo. Hay muchos modos de caer al estanque maravilloso, pero todas tienen
como premisa el abandono de las metas vitales que implican trabajo, respeto
a la ley, amor al padre. Porque por amor a él, representante del
ideal simbólico, se puede renunciar al ideal “carnal” de la pura
voluptuosidad.
Pensar el deseo como heredero del deseo de dar vida de los
padres es interesante por su proyección social. La ambivalencia
paterna encierra como componente al odio como respuesta vital primaria.
Desde lo social la ley aparece para limitar el odio parricida, fratricida
y filicida. Este último recién reconocido el siglo pasado,
comenzando a legislarse los derechos del menor. Aunque se mantienen la
esclavitud y el mercadeo en formas solapadas, ya tienen reconocimiento
de delitos. A principios del siglo XX se ganaba en Gran Bretaña un
juicio defendiendo a un menor apelando a las leyes de protección
al animal. Los esclarecimientos al respecto del psicoanalista argentino
Arnaldo Rascovsky han recorrido el mundo, se han incorporado a la cultura
de tal modo, que un periodista deportivo en Londres, hace dos años,
lo nombraba en un artículo para graficar un conflicto. Saliendo
de la indiferenciación primaria (indiferencia por el otro observable
en el enamoramiento idealizado), es el odio más primitivo que el
amor.
Lo propio y lo ajeno: objetos
La metáfora paterna permite recorrer
las ligaduras y articulaciones entre el deseo y la ley. El deseo, anudando
la pulsión, tiene un objeto a partir de la interdicción.
La imbricación entre la fuerza pulsional, el erotismo como borde
y la auto conservación, hacen aparecer un objeto. Primero será
una proyección indiscriminada del propio ser, para irse recortando
en algo que constituirá esa “realidad exterior” llena de objetos
como proyecciones yoicas, hasta encontrar aquello que el yo no duplique,
que llamaremos con Lacan “real”, que se reconocerá como extraño,
imposible de asimilación. Este registro será constitutivo
de la realidad psíquica cuando se emerge del “sentimiento oceánico”.
La aparición de los objetos en el recorte de “yo” y “no/yo”,
tendrán como primer objeto a ese mismo Yo. Y culminarán
en el objeto prohibido, el objeto incestuoso, fundador de lo humano
como legal en la triangulación edípica. Nada de esto es
evolutivo, los efectos anteceden y crean las causas.
En la ley aparece un anudamiento entre la exigencia de la
pérdida de gozo, (la renuncia a la fusión oceánica)
y la auto conservación. El reconocimiento de su bondad es un arduo
proceso, que sólo será posible cuando el pensamiento posibilite
su entendimiento. Pero su acatación exige premura, y ésta
se dará por amor. La humanización que implica el paso de
vivir “en lo natural” del instinto para habitar el mundo de los seres queridos
exige la renuncia de la pérdida de la cosa real (das Ding) para
aceptar su sustituto, su representación (die Sache). Esa ley fundamental
se articulará en la historia edípica para encontrar palabras
y metaforización adecuada, en cada cultura con diferencias.
Los objetos de intercambio son consuelo al dolor de la pérdida,
y alientan vivir. Palabras de amor a cambio de las heces en el sitio
correcto, exigido a los padres por la cultura que los antecede. El lenguaje
incorporado pasivamente hasta ese momento pasa a ser proferido, activamente,
comienza el intercambio y las transacciones. Precios que se van pagando
para poder apropiarse de un lugar en ese mundo. Itard descubre la enfermedad
como avance de la humanización: El joven estornuda, reflejo que
no tenía por más que su nariz estuviese llena de mucosidades:
el cuidado de su nodriza, sus palabras, hacen aparecer un cuerpo sensible
que parecía perdido.
Habrá siempre metas que respetar y deudas que pagar.
Porque si la metonimia del deseo lo desplaza, el objeto causa creará
otra meta ilusoria, que prometerá que “ahora sí”, pero al
mismo tiempo sólo la certeza de que no permitirá el encuentro
permite el avance. Si la seducción histérica no da lugar a
la resolución fálica el crecimiento de angustia llevará
al acto desbordado. Lo mismo que la postergación permanente del
obsesivo. Se irán anudando en el suceder de la historia los aconteceres
y sus objetos que constituirán la novela personal.
Por eso precios, regalos, premios, amenazas y castigos,
se inscriben en el deslizamiento del significante. Un regalo es y debe
ser señuelo, ya sea expresión de amor, pedido de perdón,
o cualquier otro significado posible. Inscribirse en la cultura
es perder para siempre una sola relación del significado con el
significante, para entrar en el mundo del malentendido, con focalizaciones
pregnantes.
Hay una diferencia a destacar entre valorización e
idealización como procesos semejantes pero no iguales. El valor
tiene reconocimiento de beneficio, es algo agregado, que nos enriquece,
por lo tanto no estaba previamente. Al ser atravesado por la ley, se acepta
estar en falta, no ser todo: el otro es necesario y valorado. La idealización
entraña la hostilidad de la aniquilación, solo se existe
como modelo o ideal del otro, en cambio en la valoración se acepta
que alguien tiene algo distinto para dar. Puede ser ayudante u objeto de
amor.
Otra diferencia sugestiva se podría hacer entre ligadura
y sublimación. La elección de la palabra, en este último
caso, ha llamado muchas veces la atención: Un pasaje directo de
sólido a gas, sin licuación intermedia. Implicaría
un “salto” sobre un proceso habitual. Hace pensar en lo que Lacan llamó
synthom, cuando una articulación no habitual consigue “coser”
algo sin seguir el procedimiento convencional. Eso que falta tiene una
marca especial, puede liberar pulsión de muerte por su renuncia
a la satisfacción sensorial. La “perdida” de los artículos
freudianos al respecto, las referencias a ellos, incompletas, son significativas.
Su educación, judía, implicaba una prohibición a
lo imaginario para acceder a lo simbólico. Exigencia de sublimación,
sin el estado intermedio. La ligadura implica los tres registros: real,
imaginario y simbólico.
Desestructuración de la ley en las situaciones
límites
El Señor de las Moscas, es una narración
magistral que le valió el premio Nóbel a William Goldling.
Relata la aparición de un grupo de niños en una isla, sin
adultos.
La isla es generosa, la necesidad no está en juego,
tampoco hay amenazas naturales.
El fuego aparece como “señal” para ser rescatados.
Se habla poco del accidente aéreo que los puso allí, pero
se tangencia “el piloto murió”, y “acciones de guerra”. Parecen
haber formado parte de un grupo de evacuación.
Dos niños se presentan en la primera escena, claramente
diferenciados: un líder carismático y un intelectual.
Por sugerencia del segundo el primero sopla una caracola para convocar
otros posibles supervivientes, constituyéndose esa caracola en
el símbolo de orden entre ellos. Aparece un coro comandado por
su director, un adolescente. El y el líder compiten por el mando,
votan, gana el líder. Nunca consiguen organizarse lo suficiente
para hacer un recuento. Se le encomienda la tarea al intelectual, denostado
por el grupo desde el principio (Piggy) y éste se cobija en la
queja y no lo hace. Hay un grupo de “pequeños”, entre ellos
uno con la cara manchada. Se logra el fuego gracias a los lentes de Piggy
y el primer accidente: un incendio. El niño con la cara manchada
no es visto nuevamente. Nadie lo menciona.
Poco a poco lo civilizado en los niños se irá
desestructurando, primitivizándose a tal punto que matan desaprensivamente
a dos de ellos (los que atacan con pensamientos) y persiguen como cazadores
al último bastión, el líder, hasta casi matarlo.
El conjunto configurado como “coro” se transforma en “los
cazadores”, y la cohesión, cambiando el ideal, los transforma en
asesinos. Un coro, sostenimiento de la tradición cultural de la
música, convertido en una banda.
El “abandono protector” que sugiere Golding en las guerras,
alejando a los niños de la barbarie adulta, los sorprende cuando
los niños también vuelven a ella. La hipocresía cultural,
delatada también por Freud , se castiga desde el retorno de lo
desmentido.
Lo denunciado virtualmente desde la infancia en una sociedad
desbordada generalmente es reprimido o desmentido. Cada niño en
la isla muestra los recursos de su estructura según lo que ya se
había configurado. La crisis de la función paterna, agudizada
en el siglo XX, es denunciada por múltiples pensadores,
entre ellos Lacan. La terceridad ausente, exige “aguantar solo”, en ideologías
individualistas: Eso implica re-enviar a la duplicidad del propio narcisismo.
Padres maltratados y desconsiderados por sus símbolos paternos
(jefes, líderes, autoridades) se presentan debilitados y humillados
ante su prole. Bajar la edad de la imputabilidad del delito en nuestro
país recuerda la desgraciada anécdota del ejército
brasilero, que en vez de programar una campaña de nutrición
porque sus soldados no llegaban a la estatura requerida, (por las malas
condiciones de las cuales venían), modificó la estatura convenida.
La cultura, nos dice Freud , nos protege generando
malestar. Existe el mito que resignar el salvajismo debilita para cierta
vida animal, pulsional, para la cual parecen estar mejor dotados los
cazadores. Sin embargo no es así: el salvajismo termina tragándose
a sus generadores. Los estudios sobre otros niños como el estudiado
por Itard, y casos de personas perdidas al estilo de Robinsoe Crusoe,
cuestionan las ventajas de la pérdida de lucidez y recursos educativos:
son siempre estos últimos los que dan más chance de sobrevivir.
Poder reconocer la barbarie como propia, en la mirada del
oficial que encuentra los niños, evoca lo siniestro, lo ominoso,
la transformación de lo familiar en extraño. No puede reconocerse
en la imagen vista, el efecto de siniestro evoca al doble, no al enemigo.
“Yo hubiera pensado que un grupo de niños británicos...
sois todos británicos, ¿no es cierto?”. Su duda es existencial:
son,... somos ¿qué somos?. A igual de la apuesta de Freud
sobre el nivel cultural alemán, también siniestra.
La no posibilidad de hacer un recuento y una lista con nombres,
en los niños, muestra esa indiscriminación donde no llegan
a número, son solo marca. En la medida en que un líder podía
cohesionar, era modelo y reflejo. Pero cuando la frustración es
más fuerte, deja de ser idealizado para volverse “mensajero de
la muerte”. Ante las dificultades, se regresa a la indiscriminación
de la masa. Solo aquellos que mantienen pensamiento propio son capaces
de agresividad y no furia de contagio.
En el enemigo, heredero del rival como lugar narcisístico,
se dirimirá la primera ley, aquella que sanciona el asesinato
de Abel en manos de Caín. El respeto por él será
una paso fundamental. La ley desarticula el goce, detiene la desestructuración
del caer del amor al odio. Por eso la amistad, los sentimientos tiernos,
son un logro fundamental, en todas las estructuras sociales
Castigos (Las Moscas-Sartre)
Cuando el castigo pierde su fuerza
El castigo es un instrumento representacional
de la ley: cuando acaece en lo real denuncia su falla como alerta o
amenaza. Encierra, como el síntoma, los diversos componentes
de afluencia que lo constituyen. Cuando una alerta no es atendida descubre
lo morboso, mortífero de esa fuerza superior al freno de la amenaza,
que puede arrasar. El castigo cobija en su seno al goce. Aunque su presencia
imaginaria sea en el futuro, implica paradojalmente la caída en
lo “anterior”, si pudiese ponerse tiempo a la atemporalidad de la pulsión.
En el psiquismo, la amenaza previene su existencia real, configurándolo
simbólicamente antes que su causa. Fracaso de ligadura, su ejecución
implica la tragedia, la caída en la tentación, la no posibilidad
de sostenerse en la legalidad.
Freud: “Este ser azotado es ahora una conjunción de
conciencia de culpa y erotismo; no es solo el castigo por la referencia
genital prohibida, sino
también su sustituto regresivo, y a partir de esta
última fuente recibe la excitación libidinosa que desde
ese momento se le adherirá y hallará descarga en actos onanistas”
.
Orestes quiere castigar a Egisto y a Clitemnestra, y la ambivalencia
reina en esos tronos. Castigos y culpas se entrecruzan, remordimientos
confunden. Y otra vez lo individual y social se diferencian y articulan.
Culpa y responsabilidad se contraponen. La culpa miente una responsabilidad
que trampea. Como queloide, cubre algo que no cicatriza, no “cose”, no
anuda. No exige trabajo, prefiere el castigo. La responsabilidad, en cambio,
se inscribe en la legalidad: debe evitar que ocurra algo malo, previene,
amenaza, impide la caída.
La metáfora del exilio como echada del paraíso
era pregnante en la antigüedad, y lo sigue siendo. Y no hay otro
paraíso que aquel mítico, que estuvo antes de reconocer
la dependencia de otro. Orestes se refiere a ello como habiendo sido privado
de lo propio, y no pudiendo adquirirlo tardíamente: “Si hubiera
un acto que me diera derecho de ciudadanía..., si pudiera apoderarme,
aún a costa de un crimen, de sus memorias para colmar el vacío
de mi corazón, aunque tuviera que matar a mi propia madre...”. Esa
madre que anulando la ley paterna lo dejó en la inclemencia de la
no pertenencia a un lugar con código compartido en las vivencias.
Que negándole al padre lo envía al “extranjero”, a ser extranjero
él mismo, perdiendo sus olores junto con su padre.
Hay algo torcido, sin duda: una madre que mata al padre y
expulsa. En ese orden, porque lo “salva” enviándolo lejos. Del
paraíso hay que irse, también por estructura. Exiliarse de
los olores es exigido por la humanización: la posición erecta,
en la especie y en la evolución personal. El alejamiento de la cosa
es un exilio, que produce una alienación primigenia, primer eslabón
de otras, que alejan de la sensorialidad, pero no necesariamente la excluyen.
Desde el cobijo de sus padres adoptivos parte, como Edipo,
en busca de su destino. Júpiter, Dios de la muerte, lo sigue,
cultivando la tragedia. De los padres adoptivos (únicos posibles)
a los “reales”, solo hay retorno siniestro.
Encuentra un pueblo sumido en el gozo del arrepentimiento.
Todos han sido cómplices al permitir el anunciado asesinato de
Agamenón, y siguen siéndolo al no denunciar el delito.
Se “castigan” regodeándose en oscuros remordimientos. El castigo
no está exento de éxtasis, lo incluye. Allí no hay
lazo social, hay acusaciones mutuas.
El estanque de Narciso succiona. Abandonar el esfuerzo vital
al que envían los imperativos categóricos (en los “mandamientos”
religiosos aparecen como ley del padre) es una tentación que
configura escenas distintas según la estructura. Si la catástrofe
adviene el ideal parece denostado, pero más bien muestra su cara
voluptuosa.
Los pecados capitales ejemplifican dónde el objeto
de goce espera con sus tentaciones. Amenazan con la destrucción
si se cae en ellos, por su poder de atracción: Gula, lujuria,
ira, envidia, soberbia, avaricia y vanidad, muestran que aquello más
anhelantemente deseado, debe ser evitado.
El peligro que implican, distinto para cada individuo, dependerá
del mapa erógeno. Corrientes psíquicas y series complementarias
diseñarán dónde la fuente cargó libidinalmente
algún borde, constituido en zona erógena: Oralidad, deseo
exhibicionista, retención infinita, desborde aniquilatorio, amenazarán
con intensidades distintas según las estructuras y los frenos logrados.
No todos somos vulnerables a las mismas tentaciones, por lo tanto somos
echados de distintos paraísos. Las defensas se orientarán
en la dirección que la atracción indique, logrando si es
posible transacciones adecuadas
Vengar a su padre se impone como mandato desde Electra (hermana),
desoyendo a su preceptor que le aconseja irse y vivir. Venganza no es
justicia, es su desborde, y la potenciación fraterna lo envía
al matricidio anunciado. Donde hay tragedia no se escribe un drama, ni
se posibilita la novela personal. El castigo es el triunfo de la muerte
sobre la vitalidad. Es desintegración, aniquilación, desunión.
Pero ocurre por pasividad, no por fuerza. No arrasa sino caen los diques
que mantienen el deseo canalizado. La desmesura es para cada estructura
distinta, y solo la conoceremos si escuchamos cuidadosamente el discurso.
El peligro de caer en las normas, nos puede convertir en buenos moralistas,
o educadores, pero malos analistas. Conocer el qué para quién,
es saber de su ley. O su falta. Eso posibilita descubrir transgresiones
que impliquen cambios, nuevas situaciones, sin confundirlas con actos
destructivos. Diferenciar infracciones de delitos, ya que éste
implicará daño y no reacomodación. Destrucción,
no cambio de ligaduras.
Es complejo reconocer el delito como tal, pero necesario,
tomando distancia para su condena. La desmesura del castigo solo premia
al que cometió la transgresión, y arrastra al juez al mismo
lugar que al delincuente. Cuando las leyes sociales advierten que es más
peligroso condenar a un inocente que perdonar un culpable, coinciden con
la alerta de Sartre con sus Moscas, recreado también en el flautista
de Hamelin (Hameln). Es fácil y peligroso sucumbir al encanto hipnotizante
de las turbas (fenómeno de masas) sin detenerse a hacer un frío
análisis de la situación. La seducción es un ingrediente
fundamental del estanque narcisístico, sería menos complejo
si mostrase su final mortífero. Y esa seducción se ejerce
desde palabras con empatía afectiva, ¡a nadie le gusta ponerse
en guardia contra ellas!.
Por otro lado, el temor al castigo excesivo impide pensar
sobre los daños causados, jerarquizando la culpa sobre la responsabilidad.
Discriminar y aceptar lo incorrecto, aceptar la tentación del
delito, evita lo admonitorio para dar lugar a juicios de condena: rescata
y dignifica las fuerzas pulsionales evitando represiones, que envían
a la neurosis; o desmentidas, que escinden patológicamente. Implica
un gran esfuerzo aceptar la complejidad, a eso se refiere Freud como
“exigencia de trabajo para el psiquismo”.
Si la ley intrapsíquica, los imperativos categóricos,
no tienen eficacia, el desborde (castigo-caída) se puede dar
de distintos modos. Uno es la carga del polo perceptivo, que produce
la alucinación y toda la gama de deformaciones en la percepción.
Esto corresponde a estructuras esquizoides. Cuando no es la imagen, sino
la representación, se cree más en las palabras que en lo
visto: Es el delirio. El castigo por desatender lo perentorio se siente
como dilución del propio ser, pérdida de corporeidad.
El desborde afectivo es más familiar para los neuróticos.
El asco, la desolación, la desesperación, el dolor moral,
la humillación, la vergüenza, acaecerán, caerán
con toda su saña si no podemos sostener el aprecio del super-yo,
si hay acercamiento a lo prohibido.
En las estructuras perversas la articulación entre
lo deseado y lo prohibido, respetando la necesidad de satisfacción
erógena, no hay sido lograda; el super-yo aparecerá proyectado
en el exterior como en la infancia. Similar al niño que ante
la mirada de su padre sabe cómo está actuando, y lo desafía
hasta que puede identificarse y así no perderlo (valerse de él
para poder prescindir), el perverso sigue repitiendo la escena dónde
lo legal lo abandona, y el castigo reemplaza la ligadura.
El castigo corporal a través de la enfermedad requiere
alguna reflexión. No perteneciente a ninguna estructura en particular
(la histeria encarna la metáfora, el psicosomático deja un
agujero irrepresentado, la hipocondría crea un delirio desatendiendo
ligaduras) la frase “bajas defensas” cobra cierto efecto de sentido. Si
las defensas se bajan, el ataque del exterior está facilitado.
El auge de las alergias, donde el cuerpo aparece enloquecido por un estímulo
“menor”, requiere más entendimiento significante.
Cuando la epistemología moderna, con Popper y Kuhn,
hablan de los nuevos paradigmas y su modo de evolución por sumatoria
o por reacomodación, evocan la inferencia teórica acerca
del conocimiento que hace Freud con el “nuevo acto psíquico”.
Ya nada podrá ser visto como antes. Algo se coaguló, se
articuló, se abrochó, de otra manera. Allí quiero
apuntar: cada ligadura legal cambia para siempre lo anterior estructuralmente.
En el devenir del parloteo, donde cada símbolo está anillado,
cada tanto ocurre un switch y las cosas se ordenan de otro modo. Como
en un caleidoscopio, lo de antes es inaccesible.
La organización familiar y social, y el entramado
psíquico que de ellas se engendra, puede cambiar. Lo que no puede
hacerlo es que debe haber una ligadura articulante. La madre actual
representa la desmesura y el padre la ley, puede que otras articulaciones
sean posibles. La aniquilación tendrá que ser frenada,
eso es necesario y no contingente, esté donde esté representado.
Lo irreductible en lo virtual del otro, cuando reconocido, hace nacer
el respeto: por egoísmo y por temor, frena el ataque, y posibilita
el amor.
Por eso mi conclusión es que la ley es un vértice
en la triangulación.
Citas
(1) Sigmund Freud: Pulsiones y destinos de
Pulsión.
(2) S. Freud: Tres ensayos de Teoría Sexual.
(3) S. Freud: Pulsiones y destinos de pulsión.
(4) S. Freud: Psicología de las Masas.
(5) S. Freud: Introducción del Narcisismo.
(6) Guillermo Maci: La otra escena de lo Real
(7) S. Freud: Introducción del Narcisismo.
(8) J. Lacan: El estadio del espejo.
(9) S. Freud: El Yo y el Ello.
(10)S. Freud: El Malestar en la Cultura.
(11)S. Freud: El Malestar en la Cultura.
(12)S. Freud: Pegan a un niño.
Bibliografía del seminario:
Sobre la conquista del fuego. 1931/32
t.22 -*-
Contribuciones para un debate sobre el onanismo. 1912 t.12
-*-
Tipos libidinales. 1931 t 21 -*-
La novela familiar del neurótico. 1908/9. tomo 9.
-*-
Fantasías histéricas y su relación con
la bisexualidad. 1908. tomo 9. -*-
Análisis de la fobia de un niño de cinco años.
1909.t. 10
Pulsiones y destinos de pulsión. 1915. tomo 14
Pegan a un niño. 1919. tomo 17. -*-
Sobre las teorías sexuales infantiles. 1908. t.9 -*-
La organización genital infantil.
Puntualizaciones sobre el amor de transferencia.1914/15 t.12
-*-
Psicología de las Masas. 1921 t. 18
La Represión. 1915. 14
Bibliografía general
“La Gradiva”, de W. Jensen
“El Señor de las Moscas”, de William Golding
“Las Moscas”, de J. P. Sartre
“The wild boy of Aveyron”, by J.M.G. Itard.
“No and Yes”, by R. Spitz