María Patricia Romero Day
SOÑAR, PENSAR ....

(Publicado en Actualidad Psicológica en 1999)

Me atrapo pensando en un insomnio pertinaz, en alguien cuya vida ha atravesado varias pesadillas. Por qué la captura: fundamentalmente por la impotencia que provoca que un síntoma permanezca inamovible después de cierto tiempo de análisis.

Nunca se habla demasiado en sesión sobre el problema específico: Toma unas pastillas, recomendadas y prescritas por una psiquiatra hace ya bastante tiempo, y cada vez que trata de disminuirlas, o cambiarlas por algo más suave, el insomnio reaparece. Tocar el tema es golpearse contra una pared, sensación transferencial frustrante e inútil, por lo tanto prefiero establecer las condiciones para que las pesadillas aparezcan y sean conjuradas en el discurso, y la medicación caiga sola.

---¿Quién es?

Lo recibo como paciente en un pedido "de favor", debido a que había mucha angustia y poca plata. Es un dato relevante, ya que la vulnerabilidad emocional que esto le provocaba era mucha. Esta situación inicial es una escena, que de distintos modos con otros protagonistas, se repite. Favores, desprotección, angustia, y sentimiento de pobreza son significantes de una estructura a analizar. Así como las permanentes amenazas de su cuerpo y sus vínculos. (dos problemáticas narcisísticas)

Se había enterado hacía poco que su mujer consumía drogas y confesaba una actitud prejuiciosa y censurante al respecto. Las asociaciones con su propia adicción medicamentosa para dormir eran infructuosas. Le provocaba mucho rechazo, podía darse cuenta que ella lo necesitaba, pero no podía hacer el esfuerzo de ayudarla:- "Es más fuerte que yo". Al rechazo se sumaba el miedo, el desconocimiento de ella (lo familiar transformado en desconocido crea el sentimiento de siniestro), y el vacío representacional para enfrentar la situación. Otra pared a golpear, los prejuicios evocan fantasmáticas que conviene abordar sorteando el propio rechazo.

En todo parece faltar ley y desarrollo simbólico. Respuestas primitivas de furia, insidia, violencia, reemplazan las discusiones. La pelea, aún con algún cachetazo impotente, es seguida de un abandono miedoso al enfrentamiento. En análisis se repite la misma situación: Cuando el analista trata de mostrarle los matices, se pone furioso, increpa, acusa de no comprender nada; o toma las palabras del analista como órdenes, tareas a ser cumplidas, y no reflexiones en una cadena discursiva. Interrogarse sin ser abrumado por la angustia o la culpa le es casi imposible: se siente sancionado, o desesperado por la impotencia.

HISTORIA

Aparece la pesadilla de su infancia. Su familia, europea y judía, huyó durante la guerra dejando atrás ese infierno del que ya nadie es ignorante. Quedaron algunos parientes, que como las tías de Freud puede suponerse un final terrible, abandonados de la mejor manera posible por los que huían. El éxodo no fue nunca sencillo, tampoco en este caso. Casi nunca fue directo, aquí tampoco. Idas y vueltas, traslados parciales, grupos familiares y de amigos que de algún modo se apoyaban ante el horror del desprendimiento de todo lo conocido, la fragmentación, el desperdigamiento y la pérdida. Multitud de pequeños y grandes sufrimientos que a él le cuesta convertir en relato. Dice no haber tratado el tema en su análisis anterior, a pesar de la psicosis de su madre, abandonada por su marido (y padre adoptivo del paciente), que había sido el detonante de aquella consulta. De la fragmentación (importante a tener en cuenta por sus síntomas somáticos), no puede pasar a la nominación, a las palabras. No hay un cuerpo que unifique, desde varios puntos de vista: historias deshilachadas, diferentes lugares, distintos idiomas.

No hay historización de esta infancia, no hay escritura, al decir de Semprun. Donde no hay relato hay vacío, y ese vacío que encubre las imágenes del horror, comienza a aparecer en situaciones actuales donde la arbitrariedad y el despotismo lo tienen constantemente como víctima. Lo que no prolifera en palabras, sí prolifera celularmente en un cáncer, que felizmente es extraído sin metástasis posteriores. Lo solapado de esta enfermedad tiene aquí mucha importancia, por su carácter persecutorio.

Su madre cambia de pareja en medio de la travesía hacia su destino final. Su padre también. Van quedando en distintos países, como parte de las pérdidas de la huida. Como si fueran lastre, que hay que tirar, para poder llegar a algún lado. Todo se complica para su identidad, ya complicada por ser judío. Un recuerdo muy temprano, en un hotel de tantos que habrán pasado en el éxodo, es representativo de su posición: Se despierta a la noche, y está solito. Tendría 5 años. Sale a buscar a sus padres, y no recordaba qué nombre tenía que dar si se le pedía. No pasó nada grave, pero no saber bien a quien buscar, no saber bien qué decir, no saber si la situación de desaparición era normal después de tanta desaparición traumática... No saber dónde está parado y que seguridad tiene, se vuelve un síntoma.

"Arreglarse solo", y sin nombre. Solo con su espejo, ¡y que espejos!. Nadie a quien recurrir que sea confiable: Una madre psicótica, un padre perdido en el deambular hacia la vida, los nazis como depredadores de los que se huía..., el interlocutor era difícil. Podemos inferir que en estas situaciones los pequeños "molestan" con sus problemas, ante la seriedad de las problemáticas adultas, ya que el abrumamiento de las situaciones vividas, la búsqueda de un lugar de anidamiento, barren con la posibilidad de continencia que necesita un niño. Y lo concreto toma el lugar de lo importante, para poder sobrevivir.

Solo con su cuerpo, y solo con sus vínculos, estos se presentan como amenazantes en su desconocimiento de las reglas. Por lo pronto, la vivencia de que esos "otros" no se ajustaban precisamente a leyes comunes, por un lado los déspotas, por otro los supervivientes, los cambios permanentes de idiomas y culturas, reforzaban la sensación de un desvalimiento traumático. La obviedad de las cosas debe haber hecho, piensa él, que no se hablase de ellas. Lo cierto es que no recuerda que se le hayan dado parámetros para entender lo que pasaba, sino más bien "todo cocinado". Cuando la situación tuvo cierta normalidad, en la época de la escolaridad, solo recuerda que sus padres respondían maníacamente ante sus problemas: "-Te peleaste con un compañerito, salgamos, compremos ..." No se detenían a hablar del dolor: No había representación de él, que como un golpe, concretamente, dañaba.

-análisis--

Por eso no invento un nombre para él en este espacio. No saber qué nombre dar, no saber quién se es, esa función paterna faltante que deja sin un piso seguro, es central en su paso de sobrevivir a vivir.

Empieza análisis muy angustiado. Había tenido "caídas" (las llama), importantes: A la pérdida de su empresa, se sumó el cáncer, y luego la crisis matrimonial.

Muchos golpes, muy vapuleado, hijos que mantener, y poco donde sostenerse. Una marcada tendencia a la depresión, tristeza y enojo persistentes, poco sentido del humor, e insuficiente curiosidad por el entorno.

Escucha demandando soluciones, habla de su análisis como: "Quiero que lo trabajemos". Acusa a su analista de sarcasmo cuando quiere abrir su visión de las cosas. Tiene una furia ciega, que deviene de su impotencia para hallar una solución a su bienestar, a pesar de tener los recursos. Hay una gran falla en la apertura del registro imaginario, por eso la oscilación entre las "prescripciones", y la furia.

En mi transmisión de este caso, doy relevancia al quehacer, porque éste suele tomar el lugar del apellido. Es más, muchos apellidos europeos están formados a partir de un oficio ejercido. Considero que el peso puesto en la remuneración, y en cubrir necesidades no siempre representativas del paciente, debe ser analizado cuidadosamente, y más en este caso particular.

Trabajo- Supervivencia- Recursos

Es inteligente, culto, sabe varios idiomas. Además es buen administrador, por lo tanto, la supervivencia no debiera ser un problema si la neurosis no se encargara de producirlos. Su elección vocacional, de gran utilidad en la resolución de historias traumáticas como la suya, no tuvo nunca el suficiente apoyo interno ni externo. No pasó de ser un hobbie. La cultura es un adorno, un placer que ayuda a vivir, pero no una herramienta utilizable para ganar dinero. Los escritores no viven de eso, puede hacer una lista notable.

Nos podemos perder en sus mismas racionalizaciones, diciendo que necesitaba el dinero producto de su trabajo, y que su vocación no se lo podía asegurar. Que tenía que asegurar un techo a sus hijos, comida y educación. Conoce a gente que se exilió en España (en el nuevo éxodo, de los años negros argentinos) y cuyo exilio resultó configurante de otro estilo de vida, pero reconoce que ni se lo podría plantear. La deambulación infantil no procesada, actúa traumáticamente para considerar soluciones de esa índole. Además, llama la atención la aparente indiferencia por los que sucesivamente pasan por lo mismo que él pasó. Durante la guerra en Bosnia ni siquiera se notaba que la tuviese presente como algo que pasase en el mundo dónde él vivía. O justamente, no es tan amplio el mundo donde vive, no va mucho más allá de su trabajo y su casa.

Desanudar versiones estáticas, poder entender que allí donde alguien hace algo hay una infinidad de posibilidades de hacer otras cosas, es algo que hay que tener mucho cuidado de plantearle, porque puede enfurecerse entendiendo: o que es una orden, o que se lo está inferiorizando mostrándole modelos ideales. La resistencia a encontrar recuerdos si mira más allá de la rutina, le restringen sus posibilidades. Ultimamente, ha podido verbalizar que no es que no le interesen algunas situaciones, sino que es tal el dolor que le provocan que prefiere evitar su contacto.

Una de esas situaciones era la arbitrariedad y el despotismo en su lugar de trabajo. Por un lado, se inhibía en la crítica porque el trabajo había aparecido "de favor". Pero por otro, era plenamente capaz de darse cuenta que el favor lo hacía él, aportando su capacidad e idoneidad laboral por un sueldo muy inferior al merecido. Su edad, y la realidad del desempleo, lo entrampaban a aceptar lo inaceptable otra vez. Los extremos de la aceptación acrítica, o la expulsión furiosa marcan el cuidado del abordaje a la problemática.

En la postura acrítica hay una desubicación sintomática, que he encontrado también en una paciente que ha sobrevivido al terrorismo militar en nuestro país, perdiendo a su marido y gente cercana: su lenguaje no es el del opresor (conocemos la identificación peligrosa en esos casos) sino el del marginal, indiferente a esa guerra.

Por otro lado, su identificación con las injusticias sufridas por la gente a su cargo son a veces tan extremas, que se enferma. Llega allí a tener que plantearse si va a soportar. Tiene la orden de no echar a nadie, para no tener que pagarle, pero debe encargarse de que se vayan. La palabra utilizada es "despachalo/a". Esto es una invitación a ejercer crueldad sobre otros, postura que éticamente le repugna. En vez de poder pensar salidas, se desespera y enceguece, sintiéndose preso y sin opciones.

Trabaja muchísimo, más de lo pedido y pagado. Es un recurso obsesivo, pero tiene la virtud de enfrentarlo a su capacidad. Hace un trabajo difícil, creativo, y le reconocen mucha eficacia. La bronca por ser explotado, y al análisis de sus dificultades para pelear su lugar se van abriendo con cuidado. La sensación es que tiene que atravesar ese maltrato para ponerse a buscar otra cosa. No acepta sugerencias sin sentirse atacado. Un gozo mortífero lo atrapa en su representación del "campo", de dónde piensa que no puede salir. Pero comienza a aceptar un poco de humor, y a vislumbrar que "algo" subjetivo puede haber en ese encierro.

El pánico está puesto en otro lugar: en que su mujer dañe a sus hijos, o lo ataque, y es allí donde aparecen escenas persecutorias claramente evocadoras de otras, donde los recursos legales no existían. El desvalimiento legal que atravesamos en la Argentina, ya desde hace tanto, posiblemente contribuya a la confusión de realidades.

La escena de "por mientras", que él plantea al aceptar el trabajo, alerta sobre el sobrevivir deambulatorio de su infancia. Plantearse, poder pensar un puerto, pone en juego la pregunta sobre quien se es y quien se quiere ser. Los ideales, convertidos en hobbies, perpetúan la ensoñación, sin comprometerse y exponerse a la castración. La agresividad no está puesta en juego en la competencia. Él es el "pobre" entre sus amigos, que viven haciéndole favores. La agresividad queda en el vínculo de dependencia, "de favor".

La disociación entre trabajo y vocación muestra crudamente que el trabajo está profundamente arraigado al trauma de sobrevivir. Por eso el verdadero trabajo, el que lo representa, no puede ser más que un hobbie, una realidad a ser soñada y no realizada. El fantasma de la indefensión, la pobreza, el desvalimiento, no ha podido ser todavía debidamente conjurado, para dar paso al vivir.

Que toda la vida es sueño...
Acusado de no hacer lo correcto por sus imperativos superyoicos, (articulados, como siempre, con algo de la realidad que se encuentra al respecto), no encuentra paz ni satisfacción suficiente. Pensar, como el devenir de ese pensar inconsciente que es la búsqueda pulsional de la satisfacción, lo angustia. Soñar provoca tristeza, por la lejanía de los ideales. Y actuar... está suspendido en cuanto huella fundante. Es una depresión sin nostalgia: no hay un objeto buscado como perdido. El lugar de "aquello" quedó tan rodeado del espanto, que tratar de acercarse es el duro camino del análisis.

Ser requerido como sostén familiar, cuando sus recursos están tan vapuleados, lo enfrenta con los sentimientos de pobreza e impotencia que lo deprimen. Teniendo los recursos simbólicos (cultura, experiencia, etc.) para hacer frente a la situación, la inhibición de lo imaginario, como recurso lúdico generador de pensamiento, bloquea la articulación de buenas respuestas. No poder soñar (ensoñación diurna), impide pensar. Y el no poder soñar (formación de sueños), impide el dormir.

El descubrimiento de la adicción de su esposa (notablemente negada, como suele ocurrir), lo derrumba. Lo prolijamente armado durante años, en un matrimonio feliz, con hijos, se venía abajo. No solo se venía abajo el matrimonio, crisis habitual, dolorosa en sí: había perdido su subsistencia y su cuerpo se rompía. Lo que él creía logrado era el sueño del anidamiento, la estabilidad, el cobijo. Cuando aparecen tantas problemáticas, la impotencia de resolverlas se potencia por el sentimiento apocalíptico de la escena repetida. El abrumamiento traumático invade el psiquismo, impidiendo la conciliación del ensueño diurno y del sueño nocturno.

Al principio de su análisis decía constantemente: "Me metería en la cama y no me levantaría más. Me taparía la cabeza con la colcha y no respondería a nadie"

Pero no podía dormir, y comienza a trabajar doce horas diarias. Dormir sin soñar no es fácil. No se puede conciliar el sueño si se está habitado de pesadillas. Muchas veces, estando él en sesión, me planteé que había poca luz en el consultorio. Cuando me di cuenta que era con él que se me planteaba ese juicio, pensé hasta dónde la sombra de algo nos abarcaba.

Si desestimaba el soñar con su trabajo como realización que lo representase, ofrendándolo al sacrificio de la supervivencia cotidiana; si el matrimonio había tenido más la representación del nido logrado, otorgando la lucidez de su criterio para mantenerlo, con la ceguera consiguiente ... y el cuerpo en vez de erotismo sentía dolor, o el dolor como erotismo ... el soñar, no protegía al dormir.

Conciliar el sueño, poder dormir, es poder suspender los requerimientos de la realidad que exigen solución inminente refugiándose en el mundo imaginario donde el deseo juega su escena. Se abre un paréntesis, y se deja para "mañana" lo que no tuvo resolución hoy. Cuando el abrumamiento traumático no permite esa coraza, ese refugio, el dormir no es posible: los sueños insistirán en la resolución de lo traumático, repitiendo el trauma. No dependerá de la magnitud del problema solamente, sino de la capacidad del psiquismo de abstraerse de su intimación. Hay palabras que faltan para tranquilizar de los miedos fantasmáticos o reales: las representantes de las canciones de cuna, perdidas en lugares de paso, y en idiomas olvidados.

Cuándo empecé a escribir este trabajo, le pregunté como estaba durmiendo. Contestó: "-Bien, siempre con las pastillas, pero creo que es un placebo. Las reduje y duermo igual, tomo la mitad de lo anterior. Por ahora ni pienso arriesgarme a dejarlas." Casi tomando el lugar de objeto transicional, acompañantes simbólicos y no ya química real, me siento alentada a seguir trabajando.

Volver a los Artículos Publicados

¡Escríbannos!

Han visitado esta página personas desde el 22 de julio, 2002