Carlos D. Pérez Carlos D. Pérez

Carlos D. Pérez

El perro amor y la correa

Interpretar es, sin lugar a dudas, una actividad humana. Al escuchar el sonido que produce la correa cuando la descuelgo de su lugar habitual en la cocina, mis perros interrumpen lo que sea, vienen a la carrera y al llegar a mi lado comienzan a girar y a saltarme sobre el pecho, para consternación de mi camisa; presintiendo la salida se disponen, ansiosos, a llevarme de paseo. A veces pienso en su generosidad, en cuánto me han enseñado, sin saberlo o quizá intuyéndolo, a caminar sin rumbo. Suelo recordar la vez que a la vuelta de un viaje a Tandil le conté a un amigo que había llevado a Malevo, mi querido Beagle, a la sierra. "Tendrías que haberlo visto -le dije- cómo iba de un lado para otro saltando las piedras, persiguiendo lagartijas, saludando con un chorro cada árbol, era feliz". "Sí, claro -respondió mi amigo socarronamente-. Y yo imagino cuando de vuelta fueron a la plaza y se encontró con algún perro amigo; le habrá contado que te llevó a la sierra y vos, feliz con el paisaje ibas de un lado para otro, incluso haciendo pis en algún árbol". Agradecí a mi amigo la ironía y me quedé pensando en su interpretación. Cuando llegué a casa miré a mi perro con cariño indescriptible, deseando hubiera sido capaz de la perspicacia de mi amigo. Entonces comprendí que la amistad, quizá el amor correspondido, es un modo de entregar algo íntimo a quien disponga el sostén que nos permita ser. Y no hay mejor soporte que un hombro en el que apoyar la vacilante cabeza, porque el hombro -hembra o macho, mejor si lo primero para mi gusto- es más fuerte que la cabeza. Al decir hombro digo perro, mano fiel sobre el hombro convertido en cabeza, caricia, abrazo, aliento digo, tantas cosas...

Del amor solemos afirmar que es esto o aquello; "lo que falta al yo para alcanzar el ideal" escribió Freud. No obstante, arriesgo que del amor se alcanza una concepción según el singular momento de cada cual. Porque hay amores que matan, otros que confortan, o que desesperan, o que dan paso al odio o que impensadamente se disgregan. Es hábito inferir, a propósito de la tesis freudiana, el vector narcisista del anhelo ideal, prefiero conjeturar que el amor sea la diferencia entre el yo y el ideal, un espacio caleidoscópico en el que cabe un mundo de posibilidades y cada cual se las arregla como puede.

Volviendo ahora al ejemplo perruno, cabe desglosar diversas instancias: en primer término la de mis perros, que implacables ignoran las variantes. El sonar de la correa ni siquiera se traduce en otra cosa, es de por sí la inminencia de la salida a la calle, por más que alguna vez, por ejemplo, haya sonado el teléfono en ese momento y la salida fuera anulada. Puedo imaginar que se niegan a otra alternativa, que la descartan en la premura de su deseo, pero ya les estaría adjudicando categorías difíciles de constatar, como las del deseo y la negación. No obstante, la cuestión no es tan simple, ya que alguna vez que uno de mis hijos ha tomado la correa para sacarlos estando yo presente han venido en mi busca para llevarme con ellos. ¿Porque soy su amo? ¿Porque me aman? ¿Porque se divierten conmigo? ¿Por mero reflejo condicionado? No sabría responder al estilo de un múltiple choise, sólo descarto, por pavloviana, la última alternativa.

Sea como fuere, mis perros no interpretan el sonido de la correa como invitación a una salida porque están imposibilitados de concebir las posibles variantes: que la correa haya caído al suelo, que yo la hubiera retirado para limpiarla o, lo que toca el fundamento de la cuestión, que los pudiera estar engañando, gastándoles una broma. No, se trata pura y rotundamente de la secuencia ruido de correa-paseo. O quizá ese ruido actúe menos como presagio que formando parte de un paseo que se inicia. Y decir paseo es, obviamente, interpretación de mi parte, viciada de proyección, porque soy yo quien pasea.

De este modo desemboco en una segunda instancia: en la interpretación que les adjudico creo leer en ellos lo que íntimamente me concierne; no porque esté implicado, eso es obvio, sino que infiero algo atinente a mi deseo, incluido el deseo de que ellos tengan deseo de mí. Y esto no es cualquier cosa, poco hay más difícil de soportar que un deseo carente de reciprocidad. Esto nos llevaría a problemas complejos, no sólo dignos de la etología, pues todo aquél que tiene perros cree saber de la alegría con que mueven la cola. Tal vez no advertimos nuestra alegría cuando la cola se agita. A esta altura, quienes en vez de perros tengan gatos en la casa o ningún animal -dicho con todo respeto- podrán preguntarse adónde los quiero llevar. Pues bien, a lo siguiente: a la dificultad de salvar el movimiento que producimos al arriesgar una interpretación, que puede consistir en tan sólo soltar un deseo, adjudicándolo al semejante. La perspicacia de mi amigo, poniendo del revés el paseo por la sierra tandilense, lo vuelve evidente. Esa adjudicación resulta notoria en los fenómenos de animismo, donde la naturaleza es interpretada, el trueno como furia, la lluvia como desconsuelo o lo que fuere; menos evidente cuando elegimos seres vivientes como en los ejemplos que acabo de emplear y menos que menos cuando desplegamos el afán interpretativo entre humanos.

Coloquémonos ahora del otro lado: ¿Y si cuando creemos interpretar estuviésemos procediendo como mis perros? Sí, ya sé, piensan que me he vuelto loco, pido un momento para explicarme: No es desatinado suponer que también nosotros escuchamos la correa. ¿No se entiende? Paso a aclararlo con un ejemplo: Cierta vez, un analista presentaba un caso en un ateneo clínico. A cada parlamento del sufrido paciente, el buen hombre procedía según el manual, interpretando una y otra vez el Edipo: que el padre esto, que la madre aquello, el deseo de muerte, el incesto, desplegando el arsenal de alguien entrenado en la vieja tradición. Rápidamente se había desembocado en un callejón sin salida. Entonces intervino Enrique Racker -el ejemplo tiene su antigüedad- quien, palabra más, palabra menos dijo: "El problema no es que te equivoques, al contrario, porque si interpretas el Edipo no te equivocas nunca". Entiéndase: para un analista formado en esa tradición, todo discurso neurótico es relativo al conflicto edípico, por lo tanto, se impone interpretarlo. No quiero abundar, pero desde la técnica kleiniana la intervención del analista debía ser en el "aquí, ahora y conmigo", según el imperativo sanmartiniano de interpretar lo se debe y si no, no interpretar nada. A este modo de traducir, que se supone interpretativo, llamo escuchar la correa por la inmediatez carente de variantes, esta sí pavloviana, entre estímulo y respuesta. Quizá nos mueva a risa, porque ha perdido actualidad, pero menos gracioso resulta encontrar esa modalidad lapidaria en que hoy se difunde. Cuando escucho lo que con tanta facilidad se dice, por ejemplo acerca de lo que no hay, no existe, falta, fue perdido o es imposible, encerrado en fórmulas carentes de incertidumbre, encuentro un callejón sin salida, el golpear de una correa que a ningún lado lleva.

Obviamente, quien esté dispuesto a la interpretación ha de contemplar que aquello a ser desentrañado presenta innúmeras variantes, ni qué decir si la operación presume de psicoanalítica, por cuanto debe atender a una lógica extraña al suceder habitual de nuestro modo de pensar, no en vano Freud escribe aquello de que "la interpretación de los sueños es la via regia de acceso a lo inconsciente"; ni más ni menos que una estrategia que para ser llevada a cabo requiere una disposición similar a la del trabajo del sueño. Por aquí desembocamos en ese texto princeps, que tanto hemos leído, La interpretación de los sueños. No es el momento de repasar los conceptos fundamentales, sólo quiero tomar noticia, y decirlo, de la distancia que se abre entre la enigmática posición en que se ubica quien pretenda interpretar y la solución ilusoria que presentan los axiomas, que por razonada reducción al absurdo pueden llevarnos a escuchar un decir como ruido de correa, con la diferencia de carecer de la simplicidad de los perros. Y aquí soy yo quien la oye, porque los perros no son simples, sólo quizás no interpretan. Pero a esta altura sólo puedo decir quizás, mi amor hacia ellos me obliga a la cautela.

Los humanos somos interpretantes, no hay quien para bien o para mal no lo sea. Empezamos con la inmediatez de las sensaciones, haciendo pecho de una convexidad pletórica de leche, sufrimos lo cóncavo, nos exponemos al dolor de un vacío que luego llenamos de conceptos, en el espejo dibujamos un ideal y lo interpretamos como nosotros mismos (así nos va) y de por vida devanamos el módico alfabeto, extendiendo la interpretación a los discursos, sean cartas, mapas, cuerpos, variadas geografías, animales o más y menos semejantes hasta descubrir, para cubrir de inmediato con pasión, descreimiento, fe o escepticismo, el enigma del amor. Y algunos, cafishios de la angustia, creyendo la teoría caemos en lo peor, queriéndonos profesionales de la interpretación. Hasta que a punto de emitir un ladrido obcecado, vacilamos. Tal vez la interpretación deba comenzar por una sospecha acerca de las convicciones, propias y por extensión ajenas.

Mis perros, carentes de mentira, me devuelven la felicidad de la ignorancia. ¿Es posible amar por eso? Por una vez, así lo interpreto desde mi lado. No diré que cuanto más conozco a la gente más amo a mis perros, pero sí que el amor ignorante por ellos me enseña el modo de amar a la gente, alguna. Queridos ignorantes de un mundo expuesto a la interpretación.

Volver al índice de Artículos Publicados

Han visitado esta página personas desde el 24 de enero, 2006