Los pacientes llegan con "verdades" espléndidamente orquestadas haciéndonos escuchar las sinfonías más dolorosas. Estas verdades, tan organizadas, siempre versan sobre la imposibilidad, ya sea por temor, culpa u otras yerbas. Pero, si llegan, es porque alguna sospecha del orden de la ficción tuvo que filtrarse en sus creencias.
Ahora bien, ¿ante qué nos enfrentamos cuando definimos algo como ficción?
Sabemos de lo verdadero por comparación, por oponerse a la idea de falso, a partir de convenciones de realidad construidas desde la permanencia de lo posible. Lo posible nos permite marcar la diferencia, funcionando como un tejido de sostén de donde tomarnos y así denominar a lo que queda por fuera como imposible, ubicándolo en el terreno de la ficción.
Pero, diccionario mediante, una de las definiciones de ficción es "acción y efecto de simular o fingir", y es aquí donde nos topamos con una pregunta, ¿si en la ficción hay un acto de simulación, podría hacerse lo propio con la realidad o la verdad?
Los abogados al referirse a un hecho, dicen que la única realidad es la que consta en el expediente, coincida o no con la verdad de lo sucedido.
Desde esta mirada, realidad y ficción serían sinónimos, contraponiéndose a la verdad que quedaría así oculta por conveniencia o por temor.
Con esta figura, es posible enfrentar la realidad a la verdad como opuestos posibles, construyendo escenas diferentes con los mismos elementos; en una de ellas se ocultaría la verdad, la cual desde las sombras sostiene a la otra en la que se exhibe una falsa realidad.
Para que la mentira conserve su condición es necesario que se le oponga otra escena, pues si la verdad oculta nos sostuviera la comparación y la diferencia, la mentira irremediablemente ocuparía su lugar.
Un síntoma neurótico es una formación de compromiso, donde en algunos casos la "mentira" se arroga la representación de la "verdad", quedando ésta oculta para la conciencia; pero en otros casos, esta "verdad" es relativamente consciente y comparte cierto protagonismo que le permite al sujeto saber de la mentira representada. Este movimiento es observable en los síntomas obsesivos, donde un paciente puede decir: "yo sé lo que tengo que hacer, pero no puedo" o "yo se que puedo, pero me da miedo".
Ahora, si hablamos de lo que se muestra y lo que se oculta en estos términos, es necesario decir que tanto la realidad como la verdad constituyen una doble ilusión que sólo puede anclarse en el terreno de indefensión del sujeto.
En filosofía el término ilusión se vincula a la engañosidad de los sentidos instalando la noción de apariencia, la cual se funda en la desconfianza en la percepción sensible. El mundo de la apariencia es el mundo de la ilusión. Según Kant, la verdad o la ilusión no están en el objeto sino en el juicio sobre él, ya que se apoya en principios subjetivos que aparecen como si fueran objetivos.
Sostenidos de esta idea podríamos decir entonces que la ilusión está tanto en la "verdad" como en la "realidad", ya que no pertenece al mundo imaginario quedaría así ubicada en el terreno del deseo.
La astuta creencia sintomática que permite a un sujeto decir frases como: "no puedo", "eso es demasiado bueno para ser cierto", etc., siempre está edificada sobre algo del orden de lo posible y, por supuesto, que involucre el deseo; la fobia de un porteño nunca se organizará temiendo a los tigres de Bengala, la imposibilidad sintomática se funda sobre lo más deseado que como sabemos, siempre es lo más temido. Por tanto, lo que se intenta sofocar es el deseo y para ello el juego de la doble escena ofrece la fuerza de una buena defensa, sin olvidar que esta defensa está dotada de todo el malentendido sintomático; lúdica construcción que se eleva en terreno tan singular e ilusorio como "la verdad".
En El Yo y el Ello nos dice Freud: "el carácter del yo es una sedimentación de las investiduras de objeto resignadas, contiene la historia de las elecciones de objeto"; luego agrega: "conflictos entre el yo y el ideal, reflejan en último análisis la oposición entre lo real y lo psíquico, el mundo exterior y el mundo interior".
Vemos pues, que el yo se ve enfrentado al ello, subrogándolo ante el mundo exterior, quien impone sus propias leyes, las cuales debe acatar bajo la fina mirada del super yo, que no cesará de compararlo con un ideal a alcanzar que lo impulsará a organizar las escenas más diversas para lograrlo.
¿Y la verdad?, una respuesta nos la da Nietzsche al decir: "el hombre si no se contenta con la verdad en forma de tautología, entonces trocará continuamente ilusiones por verdades".
Las imposibilidades sintomáticas sólo son movimientos metafóricos con la misma consistencia de verdad que "la palabra", un equívoco predestinado.
Si dichas creencias de imposibilidad actúan funcionalmente en el marco de una ilusoria realidad, esto nos permitiría confirmar la existencia de una otra escena, la cual cumpliría los efectos de sostén y diferencia; en ella el sujeto "sabe" de su deseo, un saber ensombrecido por un gran telón que a la vez no deja de presentar algunas rasgaduras, por las cuales, según la ubicación de la luz en el escenario, es posible vislumbrar; "saber" que se filtra, que se devela, produciendo un estado ominoso de desasosiego. Freud lo definirá como "aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido de antiguo, a lo familiar desde hace largo tiempo". Lo heimlich, nos advierte "no es una palabra unívoca, sino que pertenece a dos círculos de representaciones que sin ser opuestos son ajenos entre sí: el de lo familiar o agradable y el de lo clandestino, lo que se mantiene oculto", y agrega que el concepto unheimlich "es todo lo que estando destinado a permanecer en secreto ha salido a la luz".
Fantasía y realidad se indiferencian y lo primariamente reprimido se filtra, se introduce, se devela y por un momento la ilusión de la verdad se presenta como cumplimiento de tendencias que insisten, denunciando el desamparo.
El yo, para engrosar nuevamente sus fronteras utiliza su arma más poderosa, la angustia, que a modo de diligente organizador rearma el escenario para que la función pueda continuar, sostenida en la diferencia entre lo buscado y lo obtenido.
Voy a utilizar el sueño de un paciente, mejor dicho, mi relato de su relato, no como ejercicio teórico clínico, sino como una forma de dar cuenta de este movimiento escenográfico que roza lo ominoso, la angustia, la ilusión y un falso alivio, tan falso como el vino con el que sueña. Dice así: Difícil tarea la de diferenciar lo exquisito de lo inmundo cuando, arrastrado por ella queda mezclado inexorablemente entre ambos extremos.
La escena se le impone, su cuerpo paralizado nada puede hacer para defenderse; por ello y sin sorpresa frente a lo obsceno, queda expuesto expulsando sus productos, sin pudor, con una lógica absurda y desafiante, una lógica que le permite a su madre catalogar sus desperdicios con el mismo rigor de un joyero enfrentado a una pila de diamantes.
Con mucho de temor y algo de vergüenza, logra aferrarse a lo conocido haciendo que el agua corra y arrastre así el objeto tan preciado.
El intento es fallido ya que el insípido elemento es confundido, por ella, con un vino exquisito, en el que introduce sus dedos en un acto de confirmación para luego lamerlos suave y placenteramente; y en ese momento, otra vez, se hunde en la creencia. Su defensa se diluye, queda arrasada por esta mezcla aterradora entre ella, él, el vino y la mierda; toda la escena es lógica, todo es normal, todo es un poco placentero. Queda fascinado en su protagonismo y una intensa sensación de familiaridad se apodera de él, logrando que lentamente se entregue a perderse en esta mezcla.
De pronto todo se le hace ajeno, asfixiante, brutal, y desde lo más desconocido de su alma surge una ola gigantesca que se expande sin que pueda detenerla, un grito mudo, una señal de alarma que atraviesa su garganta sin que su voz logre representarla.
No sabe qué pensar ¡¿cómo saberlo?!
Se siente inpelido a encontrar una certificación externa del error, alguien más que marque la diferencia. Sale desesperado buscándolo, sólo él podrá discernir, poner verdad y juicio a esta locura, lo busca, lo llama, lo grita. Su perturbada acción se ve satisfecha sólo por una carta que su padre dejó en algún incierto momento, y en ella dice: "¡No es vino!". Llora, se alivia, se atemoriza; corre a mostrarle a ella el papel escrito, el certificado de su error, pero éste sólo aparentemente es aceptado. Sabe que no es sincera, conoce esa mirada que logra velar la razón con un manto de sospecha, haciendo que su intento de exponer la verdad lo haga sentir en falta; observa su conmiseración, es mirado como sólo puede serlo un niño que no sabe nada de "las cosas de la vida".
Se siente un vencedor vencido, sabe que una carta no alcanza, nunca alcanza, que su presencia lo hubiera salvado, sólo su presencia podría interponerse entre esa mirada y él.
Está atrapado, sabe que no vendrá, ella ya se lo dijo una vez. Guarda la carta sabiendo que es poco y que a lo largo de su vida, siempre terminará buscando en los lugares más insólitos ese pedazo de papel que insiste en traspapelarse.
En medio del sudor y con un temor que con el tiempo aprendió a ocultar, se despierta, se reconoce tendido en su cama, y aliviado por una certeza: "sólo fue un sueño".
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Last updated 13.7.2003