Diego M. Pérez

Diego M. Pérez

 Sobrevivir

             ¿Qué significa el término del título? Algo que debiendo haber muerto, aún vive. Con el pensamiento de este aún, con una detención o aplazamiento de muerte, se presenta una cuestión acerca del tiempo. Cuestión planteada a la relación del ser con su comienzo y su fin. Planteada la cuestión de la supervivencia, podemos pensar en relación a qué vida es que el sobreviviente sobrevive. Se supone que sobrevive a una muerte pero ¿Cuál? Es, según Hegel retomado por Lyotard, “la muerte que es relevada por la vida del espíritu, muerto para la instancia que él mismo fue”[1]. Tal espíritu es un duelo, en el sentido freudiano, donde el “espíritu” es una formación que queda investida proyectada al mundo exterior para poder conocerla; ella deviene así muerte (o muerta) para él en una formación nueva. Esta nueva objetivación contiene y conserva la anterior pero de otro modo, transformada, con la particularidad que la formación anterior no está más viva, ya no puede decir yo. Yo, actual, no puedo hablar más de eso sino en tercera persona, tengo que designarla como “entonces”.

            Según el pensamiento planteado, donde nada se pierde, podemos entender sobrevivir como ser todavía según la modalidad del poder, potencial o probabilidad, algo que, en tanto indeterminable, ocurre todavía; mientras que, si se entendiese, a mi modo de ver erróneamente, que nada se conserva, sería como pensar algo carente de atributo, lo sin relación, un absoluto. Aquel tiempo es el de la conciencia y su sobrevivencia está asegurada, como su continuo morir. Asegurada porque es una muerte retenida en el yo de ahora y en el que era entonces.

            Pero hay algo que parece pasar por una trampa, y es si no se ha olvidado algo que no sobrevive en una formación nueva, un resto que no resta. Lo que aparenta estar necesariamente perdido es la presencia en aquel momento de lo que ahora es pasado. Porque lo que ahora resulta necesario o incambiable, entonces era contingente. Lo que ahora carece de poder (posibilidad) antes sí resultaba poder o potencia. En relación al duelo planteado y lo retenido/transmitido, hay una tristeza que resulta casi mortal. Tristeza de lo que está ligado. La tradición de lo que entonces se experimentaba, en el presente es su traición. El pasado es traicionado porque la presencia que el era es puesta, ahora, en ausencia. Hay una modalidad que le falta, la de lo vivo si se quiere, a despecho que se lo recuerde. Por esto es que la fidelidad al pasado es relativa.

            La contingencia de la que hablaba resulta, en palabras de Arendt retomadas nuevamente por Lyotard, una “desoladora contingencia”, porque no viene mansa al pensamiento que liga causa con efecto. Pero desoladora porque la memoria común no puede sino perderlo. No es muy difícil recordar aquí a Proust, y el muchas veces citado encuentro con la magdalena: ¿Tiene ese sabor lugar alguna vez? ¿No es un resultado sólo de haberse acordado? ¿Es otra cosa que un efecto de falta, es decir que la memoria falte (muera) en el acto de recordar? Está planteado aquí el instante, aquello que puede aportarnos un razonamiento acerca de la supervivencia. Lo que es, existe en tanto vivo, pero contiene su no todavía, la posibilidad de su traición, donde lo que ES está ya muerto. La traición del vivo está contenida en su traición por el sobreviviente. Se la trae para que una marca devenga huella de lo que era entonces, pero necesariamente alterada. El recuerdo es siempre un mal recuerdo, un traidor; pero, de todas maneras, testimonia.

            También es posible decir que si dentro de esta problemática se designa la posteridad del recuerdo como una supervivencia, no es para destacar aquello que permanece, sino que el acento recae en la ausencia, en lo que se pierde de lo conservado. Podemos plantearnos, entonces, una nueva pregunta: si el pasado es, como presente entonces,  un desastre, o no, o más o menos, o se lo vuelve desastroso el reverlo. Si el duelo por la presencia pasada se hace imposible, como imposible reconducir sus tentáculos hacia nuevos objetos, lo llamamos melancolía. Tal vez no tanto a la imposibilidad de realizar el duelo, como sí a la imposibilidad de dejar de subrayar la pérdida irremediable de presencia, es decir la muerte, lo que fue. Según este razonamiento podríamos pensar en una melancolía preventiva, aquella que “sufre” el presente, que puede ser sentido como condenado a no existir más. Esta melancolía preventiva podría estar preguntándose: ¿No está muerto en el presente, aquello que parece tan vivo?

            El nacimiento mismo, o incluso cualquier comienzo, se juzga melancólicamente como una ilusión. El instante como algo que acontece, el llegar fuera de la nada, está condenado a volver a la nada, según reza una discutida formulación. El eterno presente, el presente que se considera vivo, está radicalmente, para siempre, ausente. Aquella melancolía es usual encontrarla en el pensamiento que tropieza con su fracaso que es casi sinónimo de su temporalidad.

            Una manera de no traicionar la presencia, para el pensamiento, sería refugiarse en la melancolía. Estar atento al retiro del ser verdadero. La serie de entes, instantes e instancias que no hacen otra cosa que poner en evidencia una innumerable serie de falsos nacimientos, son otras tantas desapariciones de lo verdadero. Imaginemos una situación, que es un ejemplo conocido, en que un hombre dice a una mujer: “no quiero un hijo porque sería un desempleado más.” Los presentes quedan como sin empleo en lo que se presenta. Este hombre intenta poner en palabras su melancolía; es que no quiere traicionar. Siente que la transmisión de la vida es una traición a la verdad, que estaría en otra parte. En cuanto al modo auténtico de la presencia, modo que nadie conoce, todo ente es un sobreviviente.

            Retomo lo de la melancolía y la desaparición. El ser se ofrece en objetos para olvidarse en ellos, pero termina dándolos. Sería decir que lo que la melancolía dice es que “hay algo más bien que nada.” Y por ello mismo hay nacimiento y muerte o, si se prefiere, invirtiendo los términos al pensar el nacimiento como muerte y la muerte como nacimiento... a la verdad.

            Si seguimos con la melancolía, esta pregunta: si la verdad es que verdaderamente no hay nada, ¿Por qué parece haber algo? Podríamos ver en ese “verdaderamente no hay nada” la respuesta en el “no hay nada, hay algo”, o ¿Por qué la verdad miente, por qué la muerte está en la diferencia entre muerte y vida? Parecería ser que con Freud del “Más allá...”, no hay otra diferencia entre vida y muerte que no sea de ritmo. Si la vida se va complejizando, no sería más que suspender lo simple de la falta de ritmo; si esta simplificación es cierta, ¿Es posible considerar la vida como una supervivencia?

            El instante que nombraba antes, o acontecimiento, es posible relacionarlo con aquello que no tiene ninguna relación: el nacimiento contado por otros, la muerte contada por la muerte de otros, mis relatos y los de los demás. Así es que, al ser fundamental esta relación con la nada (de donde vengo y hacia donde voy), el que ella misma sea relacionada, también es de vital importancia a la presencia de la ausencia la relación con los otros de quienes esa presencia de ausencia me vuelve.

            De esta última parte parece desprenderse que sólo el ser y la nada son los felices poseedores de la verdad, y la vida sólo supervivencia que pone el ritmo del comienzo y del fin. Pero, ¿Y si invertimos los términos? Si no reside ahí toda la verdad, si el acontecimiento o instante no es todo ilusión, donde se pone en funcionamiento lo enigmático de comenzar, esa supervivencia puede trocarse en verdad y esa presunta vida en la supervivencia muerta de ese nacimiento (melancolía). ¿Esta verdad es producto de la razón? Lo que sea el contenido de esta razón puede ser entendido como que habrá tenido razón desde siempre, desde el principio como principio de la vida, y por eso se convierte en el fin de todos los fines, en su finalidad última. La búsqueda de la verdad se vuelve más fuerte cuanto más improbable es, y por esto más enfrentada con su aniquilación, es decir cada vez más enfrentada con la verdad de la nada.

            Ese pensamiento de la vida como enigma del comienzo puede ser pensado como escrúpulo, entendido como la puntillocidad y esmero con que se lleva a cabo alguna tarea. El escrúpulo de un como si, cuyo efecto es la infancia, que sabe del dolor de la impotencia por no poder realizar determinadas cosas, por ser demasiado pequeña, de estar rezagada en relación con los demás, de amargura por decepciones, de predisposición a las historias. Es posible entender aquí la infancia como una deuda, ya sea de tiempo, deuda de vida, de acontecimientos, que la muerte impedirá dejar saldada porque llegará demasiado pronto, y se puede caer en la maldad de intentar morir último, es decir, la maldad de sobrevivir para dar testimonio, sobrevivir para contar.



[1] J-F. Lyotard: Lecturas de infancia. Joyce, Kafka, Arendt, Valery, Freud. P. 63. Eudeba, Buenos Aires, 1997

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