Tácticas de poder
Lo que decimos ya no se desenvuelve en un medio de oposiciones y contrastes. Como nosotros, las palabras hacen lo que pueden. Pero no se sabe qué es lo que pueden. No obstante, si es dable otorgar un aspecto menos azaroso a la cuestión, es necesario señalar que las palabras formuladas están condicionadas por el contexto en que son pronunciadas, más allá quién sea el que las pronuncie.
De repente, unas palabras ganan la escena. Cada frase derrama sobre sus términos una andanada de presunciones, tácticas y estrategias. Esos términos alcanzan una creciente multiplicidad de sentidos sin colmarse por completo. Aparenta ser siempre posible remitirlos a una táctica más de incautación, confiscación, retención, usurpación, expropiación, adjudicación. Como consecuencia de semejante discurrir, el modo en que forjamos las palabras tiene un efecto pegajoso, la variedad de supuestos, reseñas y apreciaciones dificulta velozmente cada vocablo. Parece que en ocasiones, a contracorriente de nuestro saber crítico mejor formado, fuese necesario desaprender a complejizar los términos. En ocasiones es preciso abandonarse a tácticas de simplificación.
Querría plantear a partir de esto una fórmula que luego se verá qué grado de pertinencia tiene, y es la de violencia discursiva. De ser posible, mostraré de la manera más sencilla que esté a mi alcance esta modalidad de establecimiento de discurso y los efectos que estas intervenciones analíticas tienen en el modo de ejercitar cierta práctica teórica. Aclaro en primer término que no es mi intención considerar esta violencia discursiva que entiendo se plantea desde el psicoanálisis como perteneciente de manera unilateral a tal o cual línea teórica, como para que este desarrollo no se pierda rápidamente en la viscosidad del medio, debido a que esta violencia discursiva ha sido instalada de forma tal que aparece como lo definitivo. Pero surge aquí una cuestión: ¿Será que de una manera casi inadvertida nos hemos ido instalando cómodamente en el centro de una violencia discursiva, como si esta fórmula instituyera un estado fundamental de nuestra práctica actual? ¿Es esta violencia discursiva un agregado o el ineludible medio de transmitir una experiencia, forma de reconocerse en una misma parroquia científica? El desarrollo del presente escrito nos llevará, espero, por las condiciones de posibilidad de establecimiento de estas premisas.
A partir de aquí sería preciso puntualizar algunas cuestiones que abran la perspectiva desde la cual analizar esta violencia discursiva. Estimo imperativo hacer a un lado la lectura de dicha violencia cifrada en clave de mal, para tomarla como una cuestión en apariencia irreductible en el presente contexto.
Entonces, en primer lugar, en el momento en que un sistema de comunidad analítica marcha, en el momento en que se representa conforme a su propio modelo resulta, -más allá de la justicia de sus actos, del gozo por la realización de las pretensiones del conjunto y demás fantasías ideales-, la violencia es ostentada justamente en el lugar en que naufragan los lazos de esa comunidad de analistas. Entiendo el concepto "violencia discursiva" como aquello que brota o aparece intempestivamente ahí donde aparece interrumpido o comprometido lo que hace vínculo entre los analistas, el discurso y las prácticas que sostienen dicha comunidad, lo que provoca que esa entidad psicoanalítica sea definida como tal. Y la violencia discursiva emerge en los márgenes del discurso, puesto que justamente por fuera del discurso no hay nada que decir. No hay nada que decir no porque no haya nada, sino porque aquello que es dable decirse, no hay enunciado que consiga crear sentido. Entonces, es exclusivo de la violencia discursiva ubicar en su lugar los cuerpos que ese orden comunitario necesita para recrear su propia ley, que es la ocupación precisa de los espacios dentro de una comunidad determinada. Resultado: violencia discursiva normalizadora.
Asimismo, existe una clase de violencia que no está afectada por aquello que queda por fuera de una serie de vínculos en la estructuración de esa comunidad analítica, que acaso ocurra en los períodos en que se modifica lo propio de dichos vínculos, en que cambia el ideal de vínculo que organiza el reconocimiento de un analista, por otro o por sí mismo. Entiendo esos vínculos en la estructuración de una comunidad como la ficción eficaz de discurso que promueve que un conjunto de individuos compongan una comunidad de analistas, y también a la inversa, es decir la ficción comunitaria que funda los analistas como miembros de esa comunidad/institución. Esta puesta en claro de un lugar común desde el cual reconocerse como partícipes, es el establecimiento de una sociedad para los analistas, del mismo modo que la institución de la clase de analistas aptos para esa puesta en común de un lugar de pertenencia.
De a poco vamos bordeando la cuestión. Por un lado, la violencia ocurre en los bordes del discurso: insensiblemente algo opera como pura fuerza cuando el discurso no puede hacer sentido. Por otra parte, el debilitamiento de una ficción torna inoperante al discurso. En otras palabras, la zona de lo que opera como pura fuerza, cuando el discurso no hace sentido, queda indeterminada expansivamente. Cito a Freud en el libro El chiste y su relación con lo inconciente: "Es más fácil y cómodo desviarse de un camino de pensamiento emprendido que mantenerse en él, y confundir lo diferente que ponerlo en oposición; y muy en particular lo es entregarse a modos de inferencia desestimados por la lógica y, por último, en la trabazón de palabras y de pensamientos, prescindir de la condición de que hayan de poseer también un sentido." Con recelo, entonces, se constata que no se amplía la violencia discursiva, sino que violencia es lo que hay, por lo cual podríamos conjeturar que esto tal vez no sea un síntoma de nuestro medio sino que ES nuestro medio.
Sale al cruce otra cuestión. Líneas arriba señalaba que el discurso hace lazo, pero también puede deshacerlo. ¿Por qué? Porque lenta pero progresivamente se ha ido retirando todo un encadenamiento de discursos que hacían lazo. Si, como reza la propuesta de estas jornadas, "Es nuestra responsabilidad dar cuenta de nuestras intervenciones y de los efectos que ellas provocan", puedo citar aquí un ejemplo, extraído de un ensayo expuesto en el año 2000 en un congreso de psicoanálisis: "Tenemos claro que si el significante de la falta en el Otro cava el vacío que ordena la pulsión se produce un buen ajuste simbólico (a predominio de) real que produce el acto (lo nuevo), se constituye por el significante de la falta en el Otro un clivaje por medio del cual se constituye la pantalla" Forzando un poco los términos, cito aquí a Freud cuando afirma: "...los afanes de sobreponerse a las limitaciones aprendidas en el uso de las palabras se desquitan deformándolas por medio de determinados apéndices, alterándolas a través de ciertos arreglos (reduplicaciones, jeringozas) o aún creando un lenguaje propio para uso de los compañeros de juego, empeños estos que vuelven a aflorar en ciertas categorías de enfermos mentales."
Con esta retirada discursiva, al sacar de circulación una serie de discursos entera y al emplazar en el centro como hegemónica y única una discursividad en que cada persona se autoriza como miembro de una parroquia por giros más escuchados que comprendidos, se muestra una realidad unidimensional, lo cual permite fundamentar la marginación y la condena "científica" de todos los hechos de discurso considerados disruptivos y que podían comprometer la imagen autoidealizada de los sectores de poder. De esta manera como la imposibilidad de apreciar el ajuste discursivo es consecuencia del mismo ajuste discursivo, por lo cual la fórmula es sencilla: menos discurso, menos lazo.
¿Qué acontece con aquellos que quedan excluidos de esa comunidad parroquial? Mientras el ajuste discursivo resulta a cada paso más efectivo, en la medida en que cada vez hay menos palabras haciendo sentido, queda cada vez una menor porción de psicoanalistas por fuera del discurso, excluidos de la posibilidad de comunicarse con otros colegas por no tener un lenguaje mediante el cual entablar esa comunicación, cuando imaginariamente resulta al revés. Lo real sería por excelencia el lugar del simulacro, de la invisibilidad de todo aquello que bien pudiera, bajo otro registro de inscripción, pasar por abundante. Quienes quedan marginados de esa comunidad parroquial, sin pretensión de ser incluidos, quedan asimismo por fuera del universo de discurso. La secuela del ajuste se reduplica. Resultado: abrumador, debido a la imposibilidad de emprender alguna oposición o resistencia diferente del acto frágil, puro, sin discurso. Ante un horizonte de respuesta sin discurso, ¿Cabe la posibilidad de pensar dicha respuesta de otra manera que no sea violenta? Se plantea violenta en razón de no poder constituirse como o con discurso.
Nos topamos con los argumentos que fundan un signo violento de las respuestas en lo particular de nuestros insensibles dispositivos de excomunión. Tomemos en cuenta que el comienzo de la modernidad puede ser establecido situando como base la invención del sujeto de la razón, que le dice adiós a Dios. De esta manera, la conciencia se sitúa en la base de la experiencia humana. A partir de la perspectiva de la correspondencia entre salud mental y violencia social, resulta revelador que para instaurar la experiencia en la razón de movida fue preciso excluir la locura. No es que nuestra modernidad burguesa impugnara la locura sino que trataba a los excluidos como locos. La instauración de la locura, con sus manicomios y sus psiquiatras, sus peritajes y sus estatutos, cambiaba a un tiempo lo excluido del discurso en parte del discurso. Dicha institución goza, en principio, de una tarea de elección, no ya de personas como de saberes. Y profesa ese rol por esa clase de dispensa de hecho, que hace que un saber que no sea originario de ese sino institucional, el saber en estado salvaje, el saber nacido en otro lugar resulte, desde el comienzo y de modo automático, no íntegramente excluido, pero sí al menos descalificado a priori.
Con el comienzo de una modalidad de control en el dispositivo, y por lo tanto en el orden interno de los saberes, desde ese instante se puede desistir sin problemas de algo que sería viable nombrar como "ortodoxia de los enunciados". Ortodoxia que no es gratuita, ya que esta antigua ortodoxia, este principio que operaba a la manera del funcionamiento religioso de control sobre el saber, era preciso la suposición de la condena, la exclusión de cierta cantidad de enunciados, científicamente verdaderos y fecundos. La disciplina suple dicha ortodoxia -que volvía sobre los enunciados y optaba por los que están enderezados y los que no, los admisibles y los inadmisibles-, por otra cosa: un control que no se despliega sobre el contenido de los enunciados, su adaptación o no a cierta verdad, sino sobre la regularidad de las enunciaciones. La cuestión será quién ha hablado y si goza de la capacidad para hacerlo, cuál es el nivel de ese enunciado, en qué conjunto conseguimos reintroducirlo, en qué sentido y medida está de acuerdo con otras formas y tipologías de saber. Lo cual admite a un tiempo un conservadurismo en un sentido que, si no es incierto, al menos sí resulta mucho más vasto en relación al contenido de los enunciados y, por el otro, un control enormemente más duro, universal, extenso en su superficie de sustento, en el nivel de los procedimientos de la enunciación. Como consecuencia de ello se sigue una emergencia de rotación sensiblemente más grande de los enunciados, una caída en desuso mucho más rápida de las verdades. Si a la ortodoxia referida a lo incluido en los enunciados le había sido dado dificultar la transformación del caudal de los saberes científicos, la disciplinarización en el horizonte de las enunciaciones consintió la renovación a mucha mayor velocidad de los enunciados. Se fue de la censura de los enunciados a la disciplina de la enunciación, o bien de la ortodoxia a algo que Foucault llamó "ortología", que es la modalidad de control practicada ahora, que da comienzo con la disciplina.
Una vez que llegamos a este punto, es factible una nueva interrogación acerca del establecimiento de la violencia discursiva. No es sólo arbitrariedad disciplinaria, aunque algo de eso haya, porque esta condición, que preconfigura nuestra comprensión de la violencia de discurso, presume actos idóneos como para ubicarse en el interior de un discurso que les de sentido, y al que a su vez dan sentido. Nuestra violencia está compuesta por arrebatos sin discurso. Según el enfoque tradicional, dichos actos no tienen justificación, razón o sentido discursivo. No son la consecuencia de una serie ordenada de operaciones necesarias para llevar a cabo un proyecto, sino que confirman la separación por agotamiento discursivo de una constelación de trazos imaginarios. Sin un artificio en condiciones de inscribir la condición de semejante, parece que opera la antigua ley del más fuerte. ¿Por qué ley? Porque la idea misma de ley hace sospechar una exacta observancia de situaciones que han de cumplirse por estar así convenidas, reglas que no son ciertas o manifiestas en nuestro entorno actual. Tal vez estos actos no estén carentes de discurso; tal vez sea otra forma de producción de sentido, privándose de discurso.
Si es viable recalcar la cuestión postulada al principio, sería posible llamarla, entonces, violencia discursiva. Tal período de violencia discursiva podrá definirse como un conjunto de factores extraños para nuestras teorías, pero no extraños en sí: una situación sin lazo. Si volvemos otra vez sobre las expresiones tradicionales de inclusión y exclusión, la violencia generalizada podrá definirse al menos en dos escenarios posibles: por un lado, los dispositivos de inclusión no dan origen al lazo entre los incluidos y, por otro, los dispositivos de exclusión tampoco hacen lazos entre los excluidos. También hay que agregar que sin estos átomos de vincularidad, no hay modo de comprobar ningún lazo entre excluidos e incluidos.
Consecuentemente, será imposible cualquier representación de vida en un medio cuya característica es la violencia discursiva. Mi intención no es ser alarmista al afirmar que la violencia discursiva es lo único que cunde; indudablemente otros espacios organizan, en entornos específicos, unos filamentos de confiabilidad. Mi propósito es mostrar una característica que distingue nuestra violencia discursiva actual: su carácter de estado generalizado de experiencia. Tal vez sea una de las primeras ocasiones en que esta violencia se generaliza. Estamos comenzando a descubrirlo, estamos comenzando a pensarlo. Como pasa en casi todo últimamente, estamos comenzando.