
Viena, fines y comienzos de siglo
Louis XVI sale de cacería cierta
mañana de 1789; al atardecer, ya en su residencia, escribe en su
diario: "Hoy no ha sucedido nada". Ese día se produce
la toma de la Bastilla, símbolo de la caída del mundo conocido
hasta entonces, comienzo de la Revolución Francesa y de un
proceso de racionalización como forma de comprender y
estructurar un nuevo mundo, la historia y el lugar del hombre en
esa historia, conocido con el nombre de modernidad.
Proceso racionalizador caracterizado por la
esperanza de la ilustración en el progreso indefinido apoyado en
la capacidad civilizadora que consolidaría la felicidad para el
ser humano. Nace el mundo de los "grandes relatos",
así se llama a los grandes discursos liminares, fundadores de
otros relatos y del proceso moderno, que concibe al
sujeto centrado en su conciencia, con poder de definir,
describir y conocer los regímenes de levedad, que ostenta el
anhelo de perfeccionar el ajuste entre palabra y realidad.
Cien años después, Viena es el paradigma de
la modernidad. ¿Por qué elegirla? Porque es un elocuente
cruce de caminos. Ciudad provinciana, alejada de Londres o de
París, es el centro del imperio de los Habsburgo. Maravillosa
Viena que en medio de una estrepitosa debacle política construye
fastuosos edificios y se vuelve cada vez más bella y majestuosa.
Contradictoria Viena que alterna los cafés, donde se reúne la
brillante intelectualidad en interminables tertulias acunadas por
el vals y regadas con champagne, con los barrios más pobres, la
refinada moralina belle époque con los más altos índices de
prostitución.
Una Viena donde dos jóvenes que creen en el
poder de la palabra a través de los medios piensan que desde un
periódico porque no tienen más que eso- pueden hacer una
revolución y desde allí dirigir a los trabajadores del partido
en Rusia. Ellos, Lenín y Trotsky, ignoran que a esa misma ciudad
ha llegado otro joven, que deslumbrado por su grandiosidad quiere
estudiar diseño y arquitectura, pero fracasa en el ingreso a la
universidad y permanece mendigando comida de puerta en puerta,
pintando acuarelas en las plazas, durmiendo en los locales del
Ejército de Salvación mientras piensa y repiensa su propia
revolución para conferir dignidad al nuevo hombre que sueña.
Este hombre es Adolf Hitler, él también desde su infeliz
perspectiva impregnado por la tendencia moderna a construir
utopías, aún las más siniestras o aterradoras. Porque en el
sueño de la modernidad todo es alcanzable, racional, mística,
guerrera y científicamente.
Pero este cruce de caminos también tiene el
germen de su propia destrucción, y si en un café alguien lee el
modo en que Nietzsche ha matado a Dios, en otra mesa Wittgenstein
podía estar centrando su atención en los efectos de los
discursos, mientras un tercero quizá pasaría por la acera,
absorto con el descentramiento de la conciencia y el perpetuo
desajuste de una verdad que comienza a intuir organizada como una
escritura de raigambre inconsciente. Se trata de Sigmund
Freud.
Hay otro hombre, llamado Karl Kraus, maestro
de una generación de intelectuales y creadores que vislumbran
una catástrofe y no la realización de los sueños de la
modernidad. Este satírico polemista dirige otro periódico, La
antorcha, que escribe y edita por sí solo y mantiene
ininterrumpidamente por treinta años. En sus páginas denuncia
las imposturas de la época y anuncia la catástrofe espiritual
del hombre moderno. Descubre el secreto de una sociedad que se
desconoce a sí misma, que transcurre entre irracionalidades y es
manipulada mientras se cree dueña de la razón y la verdad.
Postula que la gran prensa no refleja los hechos sino que los
produce. Viena es definida por él como el barómetro del fin.
Kraus sostiene que el mundo pasa por el tamiz de la palabra para
ser mundo y cuando descubre que Hitler avanza exitosamente con su
proyecto racista afirma que hay sólo una posibilidad de detener
su avance: "Si se salva la lengua nos salvamos".
Todavía moderna y utópicamente piensa en la defensa de la
lengua. "Temo al abismo que se abre debajo del lugar común,
de la información cliché. Yo trabajo sobre los escombros y la
ruina del lenguaje", arriesga con lucidez. Efectivamente,
trabaja sobre la palabra y sobre la impostura del Otro.
Pero la lengua no se salva y al estallar la guerra cierra el
periódico, se llama a silencio. Ante el reclamo de los lectores
contesta, lacónico: "Cuando los hechos de la realidad
superan nuestra imaginación más febril ya no hay nada que
decir". A menos que uno advierta que al menos eso puede ser
dicho.
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